Quizás te haga gracia saber que no escribo en papel pautado a sabiendas de que mi letra todavía se tuerce en los días de viento (que son muchos) y en la pizarra (la falta de experiencia).
Quizás te sorprenda saber que todavía recuerdo cómo cerraste la puerta del coche aquel día de invierno, cómo temblaban mis manos en el volante y las tuyas en el salpicadero. Ni una palabra y tanto sentimientos, nuestro disco favorito y unas cuantas miradas.
Recuerdo tu sonrisa al preguntar "¿Dónde vamos?" y el tacto de mi meñique en tu rodilla al meter quinta antes de contestarte en un susurro.
Recuerdo la playa en tus ojos, la arena y en tus manos y en tus pies. Recuerdo el viento mezclando nuestro olor, encogiéndome los pulmones, precipitando las discretas bocanadas de aire que cogí deseando poder así captar un mínimo porcentaje del sabor de tus labios. Y los recuerdo entreabiertos, llenos de sal y de historias que nunca sabrás contarme. (De historias que invento).
Recuerdo aquellas nubes negras mojándonos, la carrera hasta el Ford Fiesta y el corazón latiéndome en el pecho como cuando descubren tu escondite en el patio del colegio y tienes que salir corriendo para el "por mí y por todos mis compañeros".
Recuerdo las carcajadas y aquel anochecer repentino sobre tu hombro. El olor a hogar de tu sonrisa tras el primer beso, la respiración entrecortada, tus manos en mi piel.
Recuerdo la vuelta a casa con tus cuentos de vidas pasadas, la luna en el retrovisor, sobre el cazasueños, y cómo jugueteaste con sus plumas.
Recuerdo las luces de las farolas rompiendo el encanto de la noche, el cruce de nuestras miradas.
Quizás te sorprenda saber que en los días de viento todavía recuerdo tus manos en mis mejillas y tu beso en mi pelo. Tu silueta alejándose y mi vuelta a casa.
Quizás te haga gracia saber que sonó nuestra canción en el garaje y que me quedé a oscuras dejándola terminar.
Mostrando entradas con la etiqueta Poison. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poison. Mostrar todas las entradas
sábado, 10 de febrero de 2018
sábado, 7 de septiembre de 2013
IX. Anhelos de ti
Las palabras se me agolpan en la frente
y quieren estallar en mis labios, en mis ojos...
No hago más que pensar en ti.
En cómo decirte que
sigo entrando en las habitaciones
en busca
de tu sonrisa pícara,
de tu mirada de complicidad.
A veces
pienso que conozco hasta el último de tus lunares;
y luego
me doy cuenta de que todavía
me quedan por descubrir
miles de secretos
bajo tu piel.
Por las ventanas
entra una tenue brisa
que se detiene,
acaricia mi cuerpo
y se marcha sin decir
adiós.
El sonido de la lluvia
me golpea
esa zona del cerebro
donde sólo existen
anhelos de ti.
Hay momentos en los que mis palabras son sólo tuyas.
Y, ¿cómo decirte, amor, cómo decirte...?
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.
Las palabras se me agolpan en la frente
y quieren estallar en mis labios, en mis ojos...
para retornar a través de mis oídos
y acurrucarse como en los días de invierno.
y quieren estallar en mis labios, en mis ojos...
No hago más que pensar en ti.
En cómo decirte que
sigo entrando en las habitaciones
en busca
de tu sonrisa pícara,
de tu mirada de complicidad.
A veces
pienso que conozco hasta el último de tus lunares;
y luego
me doy cuenta de que todavía
me quedan por descubrir
miles de secretos
bajo tu piel.
Por las ventanas
entra una tenue brisa
que se detiene,
acaricia mi cuerpo
y se marcha sin decir
adiós.
El sonido de la lluvia
me golpea
esa zona del cerebro
donde sólo existen
anhelos de ti.
Hay momentos en los que mis palabras son sólo tuyas.
Y, ¿cómo decirte, amor, cómo decirte...?
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.
Las palabras se me agolpan en la frente
y quieren estallar en mis labios, en mis ojos...
para retornar a través de mis oídos
y acurrucarse como en los días de invierno.
martes, 27 de agosto de 2013
VIII. La atracción inevitable de aquello que es prohibido y peligroso
Vuelvo a caer de nuevo en la trampa.
Juro a los cuatro vientos
que ha pasado mucho tiempo
desde la última vez.
Pero eso,
ahora,
da igual.
Vuelvo a caer en la agonía lacerante de
tus palabras.
Una
tras
otra.
Como golpes.
Uno
tras
otro.
Y se me revuelven en la cabeza,
caóticas,
como el vuelo de un gorrión asustado.
Intento olvidarlas, a todas ellas,
a tus putas canciones,
a tus mentiras,
incluso a tus cuentos
de buenas noches.
Y, cuanto más lo intento, más me persigue
tu olor.
A veces me permito la indecencia de imaginarte
sentado ante el ordenador,
sumergido en un libro,
o llorando con un bending de guitarra.
Me pregunto cuál será tu comida favorita,
o si alguna vez
has soñado conmigo.
Entonces recuerdo tus ojos
enredados en mis labios,
y tus labios
enredados en mi pelo,
y tus manos
enredadas en mis manos,
y tu sonrisa.
Cómo me gustaría adherirme a tu espalda
y arquearme contigo...
Mientras, leo tus palabras,
escucho tus canciones,
continúo imaginándote
en esa vida
tan sencilla,
tan tuya,
y me hago de cristal.
¿Cómo ocultarte que incluso
una parte de mí
es tuya,
sin serlo?
Juro a los cuatro vientos
que ha pasado mucho tiempo
desde la última vez.
Pero eso,
ahora,
da igual.
Vuelvo a caer en la agonía lacerante de
tus palabras.
Una
tras
otra.
Como golpes.
Uno
tras
otro.
Y se me revuelven en la cabeza,
caóticas,
como el vuelo de un gorrión asustado.
Intento olvidarlas, a todas ellas,
a tus putas canciones,
a tus mentiras,
incluso a tus cuentos
de buenas noches.
Y, cuanto más lo intento, más me persigue
tu olor.
A veces me permito la indecencia de imaginarte
sentado ante el ordenador,
sumergido en un libro,
o llorando con un bending de guitarra.
Me pregunto cuál será tu comida favorita,
o si alguna vez
has soñado conmigo.
Entonces recuerdo tus ojos
enredados en mis labios,
y tus labios
enredados en mi pelo,
y tus manos
enredadas en mis manos,
y tu sonrisa.
Cómo me gustaría adherirme a tu espalda
y arquearme contigo...
Mientras, leo tus palabras,
escucho tus canciones,
continúo imaginándote
en esa vida
tan sencilla,
tan tuya,
y me hago de cristal.
¿Cómo ocultarte que incluso
una parte de mí
es tuya,
sin serlo?
domingo, 31 de marzo de 2013
El verbo "soler" carece de futuro, de condicional y de imperativo.
Solía escribir. Últimamente me dejo caer dentro de la página en blanco. No es miedo, no es esa estupidez de la huidiza musa, no. Es, sencillamente, cansancio. Me estoy llenando de Góngoras y Quevedos, y quiero vomitar. El otro día soñé que me comía a mi perro y, vaya, no sé si todo esto tendrá algo que ver. Yo quiero un Neruda que me grite cuando callo y un Bukowski que me susurre pájaros azules, o máquinas de follar. A mí qué más me da. Ojalá apareciera aquí Sábato diciéndome "nada" cuando en realidad está pensando en "todo", o Márquez con su "estamos solos en el mundo" a Delgadina. Estoy harta de las novelas picarescas y de los sonetos. Por Dios, nunca (me) escribas un soneto. Antes de escribir un soneto, sal a la calle, respira, fúmate un cigarro, echa un polvo, en el orden que quieras, y olvida la idea del soneto por siempre jamás.
Solía escribir. Ahora me duele un punto en la frente, justo entre los ojos, cada vez que lo intento. Leo. Leo artículos horribles sobre qué es la literatura. Y, hostia, no se aclaran. Que si la literariedad, que si la ficcionalidad, que si déjenmeleerenpaz-iedad. El problema reside en que todo me parece fascinante. Cómo el ser humano se puede complicar de esa manera tan retorcidamente magnífica. Cómo llegó a crear esos grandes mundos en los que evadirse. No sé si habrá vida más allá de la Vía Láctea, pero seguro que ellos no tienen literatura. Creo que eso será lo que escriba en el examen: "¿Que qué es la literatura? Mire, excelentísimo catedrático, yo no sé qué es la literatura, pero sé que los extraterrestres no tienen". ¡Un diez! Ya lo estoy viendo.
Solía escribir. Perdonen tanto rencor, pero hoy he visto tal cantidad de faltas de ortografía en personas adultas que me han dado ganas de llorar. Y ya la noticia del posible comienzo de una III Guerra Mundial, pues qué decir. Si de verdad empieza, todos a averiguar el método de Gregorio Samsa, porque sólo van a sobrevivir las cucarachas. Tómenselo a risa, pero yo le preguntaría a Kafka (mediante una sesión de espiritismo o algo así) de dónde sacó la idea, por si acaso. Y si llega y no hay método, que la muerte os pille abrazados a una puta o borrachos, o en el mejor de los casos abrazados a vuestra alma gemela o felices, pero nunca, repito: nunca escribiendo un soneto. No me jodáis, ¿eh?
Solía escribir(te). Y lo sigo haciendo, muy de vez en cuando. Quizás la muerte me pille así.
domingo, 20 de mayo de 2012
La carta infranqueable.
A veces, las palabras sobran. Y todo lo que quería decirte se desvanece en un eléctrico cruce de miradas.
Nunca te había sentido tan cerca. O ya no lo recordaba, al menos. Eres como esas tardes de invierno en casa, cuando llueve tras la ventana y un café se enfría lentamente en mis manos. Cálido y tranquilo, lleno de paz. He visto mil veces tu sonrisa, pero nunca me había fijado en la enredadera que se extiende alrededor de tus pupilas. Esa que un día, Dios sabe cómo, me atrapó; y en la que no había reparado aún.
Me enloquece la sola oportunidad de observar con detenimiento la línea invisible que separa la piel de tu rostro de la que conforma tus labios. O los pequeños surcos que la cruzan, testigos de cada una de tus expresiones.
Me devoran mis anhelos. Los contengo y me desgarran, pero soy más fuerte. Hay una delgada barrera entre los sueños y la realidad, cada vez estoy más segura. Y tú te deslizas entre ambos mundos con una facilidad envidiable y muy, muy peligrosa. Puedo observar cada detalle al milímetro mientras hablas sobre cualquier otra cosa y, después, responderte con toda la naturalidad de la que sea capaz. O quedarme callada, sonriéndote en silencio.

Luego, te escribo miles de palabras que no consiguen expresar nada. Y tú me sigues llamando tonta, y bonita, y niña. Y yo pienso que no puede haber nada mejor. Que traspasar esa barrera es una muerte segura. Que tocar un milímetro de esa piel llena de historias sería encontrar el veneno definitivo y letal. Y rompo las palabras, que se desintegran en las yemas de mis dedos.
Algún día muy lejano, quizás te envíe una carta de verdad.
Nunca te había sentido tan cerca. O ya no lo recordaba, al menos. Eres como esas tardes de invierno en casa, cuando llueve tras la ventana y un café se enfría lentamente en mis manos. Cálido y tranquilo, lleno de paz. He visto mil veces tu sonrisa, pero nunca me había fijado en la enredadera que se extiende alrededor de tus pupilas. Esa que un día, Dios sabe cómo, me atrapó; y en la que no había reparado aún.
Me enloquece la sola oportunidad de observar con detenimiento la línea invisible que separa la piel de tu rostro de la que conforma tus labios. O los pequeños surcos que la cruzan, testigos de cada una de tus expresiones.
Me devoran mis anhelos. Los contengo y me desgarran, pero soy más fuerte. Hay una delgada barrera entre los sueños y la realidad, cada vez estoy más segura. Y tú te deslizas entre ambos mundos con una facilidad envidiable y muy, muy peligrosa. Puedo observar cada detalle al milímetro mientras hablas sobre cualquier otra cosa y, después, responderte con toda la naturalidad de la que sea capaz. O quedarme callada, sonriéndote en silencio.

Luego, te escribo miles de palabras que no consiguen expresar nada. Y tú me sigues llamando tonta, y bonita, y niña. Y yo pienso que no puede haber nada mejor. Que traspasar esa barrera es una muerte segura. Que tocar un milímetro de esa piel llena de historias sería encontrar el veneno definitivo y letal. Y rompo las palabras, que se desintegran en las yemas de mis dedos.
Algún día muy lejano, quizás te envíe una carta de verdad.
sábado, 21 de abril de 2012
El acorde final.
Las calles de una ciudad desconocida siempre parecen más seguras. Elena pasea con el libro ardiendo bajo el brazo. Ha llovido esta mañana, y todavía quedan charcos en la carretera. La gente entra en las tiendas, compra, sale y vuelve a entrar en otras. Una niña camina junto a su padre, sopla suave y ríe al ver las pompas de jabón gravitar. Elena explota una con la punta de los dedos. La pequeña la mira con curiosidad y ella le guiña un ojo. Su sonrisa se ensancha.
Al lado izquierdo de la calle, sentado en un portal, un vagabundo da agua a su perro en un vaso de papel. Un poco más allá, un violinista intenta ponerle banda sonora a la tarde de compras, y a su propia vida. Elena camina un poco más, y se sienta sobre el muro que rodea el caserón de algún magnate. Cruza las piernas a lo indio y abre el libro. Comienza a leer y la obra la absorbe.
Cuando se quiere dar cuenta, está de pie, recitando al viento los diálogos, las descripciones, las intervenciones del narrador. Modula la voz y el fuego de la historia incendia sus mejillas. De repente, calla. Cierra el libro y se marcha. Los pocos que se habían parado unos segundos escucharla se encogen de hombros y siguen con sus itinerarios.
Elena no vuelve al día siguiente. Ni al otro. Ni en mucho tiempo. Pero, casi un mes después, vuelve a echarse a la calles de aquella ciudad desconocida, para inundarla con su historia. Los rayos del sol se esconden tras los altos edificios. El vagabundo duerme abrazado a su perro lobo y el violinista ha ganado algo de técnica y mejor sonido. Elena no se sienta esta vez. Abre el libro por la página en que se había quedado y acaba la frase que había dejado a medias, casi en un susurro.
Algunos paran a escucharla y sonríen al reconocer la obra. Otros la miran con extrañeza. Y la mayoría no se percatan de su presencia. Desde el otro lado de la calle, alguien la observa detenidamente. Cuando llega al final, entre toda aquella gente con prisa, se desanima y cierra el libro. Alza el rostro y se encuentra cara a cara con Él.
-Te falta el acorde final -dice.
-Pídeselo a aquel violinista de allí.
-Creo que tú lo afinarás mejor.
-Sabes perfectamente cuál es el acorde final, lo has escuchado miles de veces. ¿Para qué una más?
-Quizás esta es la definitiva...
-O quizás vuelvas a irte.
Sus ojos se tornan culpables. Ella evita mirarlo.
-Es posible -afirma Él-. Pero, ¿quién sabe? A lo mejor éste es nuestro destino, que las casualidades nos unan y separen... Quizás ésto es lo que debe pasar.
-¿Lo dice en serio? -responde Elena, haciendo del diálogo del libro sus propias palabras.
-Desde que nací, no he dicho una sola cosa que no sea en serio -dice Él, siguiendo el juego.
-¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?
Ambos ríen. La complicidad de cientos de miradas vuelve a instalarse en sus ojos. Él le coge las manos con delicadeza y le susurra observando sus iris canela:
-Toda la vida.
Aún mucho tiempo después se repetiría una situación parecida. Él volvería a por ella y le pediría el acorde final. Y esa vez, como todas las veces anteriores, lo haría con la frase de un personaje de novela. La que, a sus noventa años, podría considerar la última.
-Niña mía, estamos solos en el mundo.
Al lado izquierdo de la calle, sentado en un portal, un vagabundo da agua a su perro en un vaso de papel. Un poco más allá, un violinista intenta ponerle banda sonora a la tarde de compras, y a su propia vida. Elena camina un poco más, y se sienta sobre el muro que rodea el caserón de algún magnate. Cruza las piernas a lo indio y abre el libro. Comienza a leer y la obra la absorbe.
Cuando se quiere dar cuenta, está de pie, recitando al viento los diálogos, las descripciones, las intervenciones del narrador. Modula la voz y el fuego de la historia incendia sus mejillas. De repente, calla. Cierra el libro y se marcha. Los pocos que se habían parado unos segundos escucharla se encogen de hombros y siguen con sus itinerarios.
Elena no vuelve al día siguiente. Ni al otro. Ni en mucho tiempo. Pero, casi un mes después, vuelve a echarse a la calles de aquella ciudad desconocida, para inundarla con su historia. Los rayos del sol se esconden tras los altos edificios. El vagabundo duerme abrazado a su perro lobo y el violinista ha ganado algo de técnica y mejor sonido. Elena no se sienta esta vez. Abre el libro por la página en que se había quedado y acaba la frase que había dejado a medias, casi en un susurro.
Algunos paran a escucharla y sonríen al reconocer la obra. Otros la miran con extrañeza. Y la mayoría no se percatan de su presencia. Desde el otro lado de la calle, alguien la observa detenidamente. Cuando llega al final, entre toda aquella gente con prisa, se desanima y cierra el libro. Alza el rostro y se encuentra cara a cara con Él.
-Te falta el acorde final -dice.
-Pídeselo a aquel violinista de allí.
-Creo que tú lo afinarás mejor.
-Sabes perfectamente cuál es el acorde final, lo has escuchado miles de veces. ¿Para qué una más?
-Quizás esta es la definitiva...
-O quizás vuelvas a irte.
Sus ojos se tornan culpables. Ella evita mirarlo.
-Es posible -afirma Él-. Pero, ¿quién sabe? A lo mejor éste es nuestro destino, que las casualidades nos unan y separen... Quizás ésto es lo que debe pasar.
-¿Lo dice en serio? -responde Elena, haciendo del diálogo del libro sus propias palabras.
-Desde que nací, no he dicho una sola cosa que no sea en serio -dice Él, siguiendo el juego.
-¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?
Ambos ríen. La complicidad de cientos de miradas vuelve a instalarse en sus ojos. Él le coge las manos con delicadeza y le susurra observando sus iris canela:
-Toda la vida.
Aún mucho tiempo después se repetiría una situación parecida. Él volvería a por ella y le pediría el acorde final. Y esa vez, como todas las veces anteriores, lo haría con la frase de un personaje de novela. La que, a sus noventa años, podría considerar la última.
-Niña mía, estamos solos en el mundo.
lunes, 9 de abril de 2012
There's nothing worth running for.
No hay manera. No hay forma humana de controlar esto.
Los huracanes que destrozan mis cimientos.
Se desmoronan mis ciudades. Mis ideas tan cuidadosamente edificadas.
Las notas del piano me destrozan los oídos.
Y tu mirada.
Todavía no comprendo cómo pueden hablar de amor
como si fuera algo tan ligero, tan dócil, tan fácil.
Todavía quedan resquicios de tus palabras
que esperan ser pronunciadas algún día.
Y tus labios.
Mátame. Mátame de una vez por todas. O desapareceré.
Estaría ya muy lejos de no ser por ese pánico a la estaciones.
Nunca llegaré a comprender la mezcla entre la felicidad de la llegada
y la amargura de la despedida en el ambiente. Aeropuertos, buses, trenes.
Y tu sonrisa.
Ya no hay nada que valga la pena.
Nada por lo que luchar, nada por lo que gritar.
Ni siquiera consiguen meternos el suficiente miedo como para echar a correr.
No hay nada por lo que valga la pena correr.
Excepto...
Los huracanes que destrozan mis cimientos.
Se desmoronan mis ciudades. Mis ideas tan cuidadosamente edificadas.
Las notas del piano me destrozan los oídos.
Y tu mirada.
Todavía no comprendo cómo pueden hablar de amor
como si fuera algo tan ligero, tan dócil, tan fácil.
Todavía quedan resquicios de tus palabras
que esperan ser pronunciadas algún día.
Y tus labios.
Mátame. Mátame de una vez por todas. O desapareceré.
Estaría ya muy lejos de no ser por ese pánico a la estaciones.
Nunca llegaré a comprender la mezcla entre la felicidad de la llegada
y la amargura de la despedida en el ambiente. Aeropuertos, buses, trenes.
Y tu sonrisa.
Ya no hay nada que valga la pena.
Nada por lo que luchar, nada por lo que gritar.
Ni siquiera consiguen meternos el suficiente miedo como para echar a correr.
No hay nada por lo que valga la pena correr.
Excepto...
lunes, 26 de marzo de 2012
Photo.
Sostiene la foto entre sus manos y la mira ansiosamente. Él la observa inmortalizado desde el papel. A ella le tiemblan las manos. Más, un poco más. Se muerde el labio inferior. Se le llenan los ojos de suspiros. Un vacío se abre paso en su interior a grandes zancadas y lo ocupa, haciendo de todo nada. El lugar donde debería estar el corazón duele. Los gritos pujan por salir al exterior desde sus entrañas. Y los retiene, los retiene hasta que la vencen. Se derrumba. La foto cae a su lado en el colchón donde estaba sentada. Y entre los gritos ahogados logra susurrar: Sonríe, sonríe... es lo único que necesito.
Y es absurdo pedirle a una foto que sonría. Y lo sabe. Y por ello deja que los gritos le destrocen la garganta, y vuelve a la oscuridad. Hay cosas que no se pueden cambiar. Y ella nunca tendrá una foto de su sonrisa.
domingo, 29 de enero de 2012
Trop sensible.
Cherche en toi cette lumière
au coeur d'ange,
l'humain est bien plus beau
que ce qu'il n'y paraît.
martes, 6 de diciembre de 2011
La main sur le coeur.
Alguien me enseñó una vez que soñar despierto es la mejor forma de mantener el equilibrio. El término medio de Aristóteles. Pero, ¿son los sueños tan dulces como los pintan? Responded vosotros mismos. ¿Quién no ha soñado con alcanzar la meta? ¿Quién no ha caído en el camino? ¿A quién no se le ha roto el corazón cuando se ha visto derrotado?
Los sueños son crueles. Nos manejan a su antojo. Alimentan nuestras esperanzas. Nos quitan todo. Nos colman de recuerdos que muchas veces superan la realidad. Nos someten a la locura. Nos obsesionan y nos calman. Nos arrullan entre sus brazos infinitos. Nos tiran, nos ponen de nuevo en pie. Nos alojan en el hostal Felicidad, para dejarnos después en la calle Amargura. Dejan que seamos indigentes en los pasadizos de sus laberintos. Nos matan. Pero también nos dan la vida.
Alguien me enseñó una vez que volar no es imposible. Me mostró sus alas grises, hechas de aquel material tan fino y suave. El entrelazado de plumas invisibles que componían sus sueños. Y me ayudó a alzar el vuelo. Cada noche salgo en busca de nuevas ilusiones, me siento en los tejados y contemplo las estrellas. Los mortales no advierten mi presencia, están demasiado ocupados haciéndose la guerra. La luna me sonríe desde su posición privilegiada. Y sólo quiero que aparezca el hombre pájaro.
Alguien me enseñó una vez que es absurdo el miedo a las alturas. Que en pleno vuelo no podemos mirar atrás. Que los sueños nos mantienen en el aire, pero somos nosotros los que decidimos el rumbo, o nos dejamos caer.
Hablo de sueños y de hombres pájaro. Dicen que es imposible. Y puede que lo sea. Pero alguien me dijo una vez que las mejores historias eran las de cosas imposibles, incluido el amor.
Los sueños son crueles. Nos manejan a su antojo. Alimentan nuestras esperanzas. Nos quitan todo. Nos colman de recuerdos que muchas veces superan la realidad. Nos someten a la locura. Nos obsesionan y nos calman. Nos arrullan entre sus brazos infinitos. Nos tiran, nos ponen de nuevo en pie. Nos alojan en el hostal Felicidad, para dejarnos después en la calle Amargura. Dejan que seamos indigentes en los pasadizos de sus laberintos. Nos matan. Pero también nos dan la vida.
Alguien me enseñó una vez que volar no es imposible. Me mostró sus alas grises, hechas de aquel material tan fino y suave. El entrelazado de plumas invisibles que componían sus sueños. Y me ayudó a alzar el vuelo. Cada noche salgo en busca de nuevas ilusiones, me siento en los tejados y contemplo las estrellas. Los mortales no advierten mi presencia, están demasiado ocupados haciéndose la guerra. La luna me sonríe desde su posición privilegiada. Y sólo quiero que aparezca el hombre pájaro.
Alguien me enseñó una vez que es absurdo el miedo a las alturas. Que en pleno vuelo no podemos mirar atrás. Que los sueños nos mantienen en el aire, pero somos nosotros los que decidimos el rumbo, o nos dejamos caer.
Hablo de sueños y de hombres pájaro. Dicen que es imposible. Y puede que lo sea. Pero alguien me dijo una vez que las mejores historias eran las de cosas imposibles, incluido el amor.
Mantén el vuelo. Yo puedo ver tus alas. Y son hermosas.
domingo, 31 de julio de 2011
Arena y sueño.
He de admitirlo: a veces, pienso en ti. Mentiré y diré que no me suele ocurrir a menudo, sólo en momentos como este, cuando el mundo parece haberse callado por fin y sólo me acompaña la melodía gris de las teclas de un piano que confunden blanco y negro. Por supuesto, música reproducida en el ordenador. Las manos me tiemblan demasiado para tocar. Lo han hecho durante todo este tiempo. Y ya no creo que puedan parar.
La cama parece agrandarse cuando me decido a levantarme. Y no consigo alcanzar el borde. Me hundo en el colchón. Mi mundo se reduce entonces a cuatro paredes invisibles que me asfixian. Claustrofobia. Me cuesta respirar. En realidad, nunca aprendí a respirar bien, siempre lo hago a trompicones. Respiro hondo y expulso el aire lentamente. Repito la operación dos, tres, cuatro o cincuenta veces, no sé, he perdido la cuenta. Estoy demasiado cansada para pensar bien, y aunque todavía es pronto, se me cierran los párpados.
Oigo martillazos. Quizás sea el ruido del cerebro que intenta arreglar el corazón destrozado. No sé, tampoco importa. Estoy en una montaña rusa gigante que justo en ese momento se lanza en una caída libre sin frenos, sin raíles, sin vagones. Vuelo. Aprieto los puños instintivamente, me clavo las uñas. Tengo las manos heladas. Planeo sobre las casas hasta alejarme de la ciudad, en busca del mar.
Aterrizo cerca de la playa y nado hacia la orilla. Me dejo caer en la arena, exhausta. Está anocheciendo. Veo cómo el sol se torna rojo fuego y tiñe el cielo de color violeta. Miro alrededor, en busca de ayuda, y entonces me encuentro con tus ojos. Por un momento, quiero desaparecer, que no me encuentres, que te marches sin más. Alzas una mano y saludas, todavía impresionado. Yo simplemente te observo. Me siento en la arena con dificultad. Te acercas y te agachas. No dices nada. Sabemos que esto no es real.
Entonces, como si fuera lo más natural del mundo, me coges la mano y la envuelves en la calidez de las tuyas. Veo cómo se abren tus ojos y leo lo que estás pensando: "Está helada". Me abrazas entonces, cubriéndome todo lo que puedes. Paro de temblar. Te miro y sonrío. Me devuelves el gesto. Y nos quedamos mirando el mar. Nunca te he preguntado si te gusta el mar. Espero que sí, porque pasamos horas frente a ese mar que se bate en retirada con la marea.
Y en medio de esa calidez y esa paz que me transmites, se me vuelven a cerrar los párpados. Justo antes de irme, te miro fijamente, con la sonrisa torcida, y te recuerdo que no te echo de menos, que no eres tan importante para mí. Me duermo.
Cuando me despierto la luz del amanecer se filtra por la persiana y oigo a los gorriones piar como locos. El ordenador se quedó sin batería hace mucho y descansa a los pies de la cama. Me estiro como un gato y ruedo hasta el borde de la cama, que mantiene su medida. Bajo los pies y me levanto. El suelo está frío. Lo estoy consiguiendo, he vuelto a la realidad. Entonces descubro que tengo las manos llenas de arena. Odio la arena, pero sonrío. ¿Hasta qué punto sabíamos que aquel momento no era real?
La cama parece agrandarse cuando me decido a levantarme. Y no consigo alcanzar el borde. Me hundo en el colchón. Mi mundo se reduce entonces a cuatro paredes invisibles que me asfixian. Claustrofobia. Me cuesta respirar. En realidad, nunca aprendí a respirar bien, siempre lo hago a trompicones. Respiro hondo y expulso el aire lentamente. Repito la operación dos, tres, cuatro o cincuenta veces, no sé, he perdido la cuenta. Estoy demasiado cansada para pensar bien, y aunque todavía es pronto, se me cierran los párpados.
Oigo martillazos. Quizás sea el ruido del cerebro que intenta arreglar el corazón destrozado. No sé, tampoco importa. Estoy en una montaña rusa gigante que justo en ese momento se lanza en una caída libre sin frenos, sin raíles, sin vagones. Vuelo. Aprieto los puños instintivamente, me clavo las uñas. Tengo las manos heladas. Planeo sobre las casas hasta alejarme de la ciudad, en busca del mar.
Aterrizo cerca de la playa y nado hacia la orilla. Me dejo caer en la arena, exhausta. Está anocheciendo. Veo cómo el sol se torna rojo fuego y tiñe el cielo de color violeta. Miro alrededor, en busca de ayuda, y entonces me encuentro con tus ojos. Por un momento, quiero desaparecer, que no me encuentres, que te marches sin más. Alzas una mano y saludas, todavía impresionado. Yo simplemente te observo. Me siento en la arena con dificultad. Te acercas y te agachas. No dices nada. Sabemos que esto no es real.
Entonces, como si fuera lo más natural del mundo, me coges la mano y la envuelves en la calidez de las tuyas. Veo cómo se abren tus ojos y leo lo que estás pensando: "Está helada". Me abrazas entonces, cubriéndome todo lo que puedes. Paro de temblar. Te miro y sonrío. Me devuelves el gesto. Y nos quedamos mirando el mar. Nunca te he preguntado si te gusta el mar. Espero que sí, porque pasamos horas frente a ese mar que se bate en retirada con la marea.
Y en medio de esa calidez y esa paz que me transmites, se me vuelven a cerrar los párpados. Justo antes de irme, te miro fijamente, con la sonrisa torcida, y te recuerdo que no te echo de menos, que no eres tan importante para mí. Me duermo.
Cuando me despierto la luz del amanecer se filtra por la persiana y oigo a los gorriones piar como locos. El ordenador se quedó sin batería hace mucho y descansa a los pies de la cama. Me estiro como un gato y ruedo hasta el borde de la cama, que mantiene su medida. Bajo los pies y me levanto. El suelo está frío. Lo estoy consiguiendo, he vuelto a la realidad. Entonces descubro que tengo las manos llenas de arena. Odio la arena, pero sonrío. ¿Hasta qué punto sabíamos que aquel momento no era real?
miércoles, 29 de junio de 2011
La cajita de música.
Hay una cajita de música para cada amor imposible, para cada amor no correspondido, para cada amor roto. Sin embargo, lo primero que debes saber acerca de la cajita de música es que se muestra con una forma diferente ante cada persona. Mi cajita de música es de madera rojiza. Es rectangular y me cabe en la palma de la mano. Se abre con una pequeña llave plateada que guardo entre las páginas amarillentas de algún libro de mis estanterías. En la cerradura hay un grabado con forma de enredadera.
Al abrirla, se descubre el interior de la parte arrancada de mi alma. Una pareja de bailarines de cristal dan vueltas despacio al ritmo de una música lenta. Su silueta se refleja en el espejo que hay bajo la tapa. Pero, ¿qué hay dentro de la cajita de música? ¿Sueños, recuerdos, momentos? ¿Cartas, plumas, flores?
Dentro de la cajita de música hay una pequeña rosa seca, a la que se le han caído casi todas las espinas. El color de sus pétalos petrificados es carmesí oscuro. Y junto a ella guardo cada trocito de corazón que se me ha caído a lo largo del tiempo. Hay trocitos inmaduros, que se cayeron antes de tiempo por motivos que no valían la pena. Hay trocitos duros, que hicieron todo lo posible por no caer y que fueron arrancados con dolor. Y hay trocitos destrozados, casi irreconocibles, que cayeron tras aguantar miles de golpes, tras clavarles millones de espinas.
A veces, saco la cajita de música de su escondite y la abro. Contemplo los trocitos uno a uno y pienso que, aunque haya dolido, ha valido la pena tenerlos conmigo; y, aunque hayan caído al final, nada me proporcionó tanta felicidad y dicha como ellos mientras formaron parte de un corazón entero.
Mi cajita de música tiene también una conexión con las de las personas a las que pertenece cada trocito arrancado de mi corazón. Así, digamos que también guardo en ella trocitos de los corazones de otros.
Lo más curioso de la cajita de música es su olor. Al contrario de lo que podáis pensar, es decir, que huele a órgano putrefacto en descomposición, la cajita de música huele a libro viejo. La cajita de música huele a recuerdos. Y cada vez que la abro me envuelven y me miman durante un rato.
No suelo abrir la cajita de música a menudo. Quizás porque soy un tanto insensible, o me gusta aparentarlo, y no tengo ánimo para recordar esos momentos. Pero hoy me he visto obligada a hacerlo. He esperado paciente toda la noche escuchando su música, mientras un trocito de mi corazón pendía de un hilo. No era un trocito inmaduro, no era un trocito duro, no era un trocito destrozado. Era un trocito envenenado. Supongo que ya hace muchos años que está así, pero siempre encontraba de nuevo la cura. Esta vez, no ha llegado a tiempo. Y se ha caído.
He visto cómo ese trocito dejaba de latir y se rompía el hilo que lo unía a lo que me queda de corazón. Lo he cogido con ambas manos y lo he arrullado en ellas con cuidado. Le he dicho esas palabras que nunca oirás y lo he besado una sola vez. Me han atacado miles de recuerdos, pero he salido victoriosa de la batalla y no he derramado una lágrima. Nunca lloré por ti, y no lo iba a hacer ahora.
Entonces, ya en paz conmigo misma, lo he depositado en la cajita de música, en un lugar privilegiado, cerca de los dos bailarines que justo en ese momento habían dejado de dar vueltas. He girado la cajita de música y le he dado cuerda. Cuando la he soltado, el mecanismo se ha puesto en marcha de nuevo, los bailarines han comenzado su danza y el pequeño trocito de corazón ha empezado a latir.
¿Sabes a qué compás laten los trocitos de mi corazón que guardo en la cajita de música? A un cinco por cuatro, ese compás cojo y desamparado en el que nadie se atreve a componer.
Esta es sólo parte de la explicación, supongo.
[Esta es mi entrada número 100. Se merecía algo especial.]
miércoles, 22 de junio de 2011
I sing for absolution.
En mi particular locura, a veces me da por cantar. Lo hago donde me pilla en ese momento. Sin contemplaciones. Sin compasión por los pobres oídos que tengan la fatal suerte de escucharme. Tú me preguntas por qué canto. Y, ¿sabes? Es una razón muy sencilla...
Me acuerdo de tu mirada, de tu rostro, de tu voz. Comienzo a cantar bajito. Luego, recuerdo lo que decían las palabras de tu boca aquel día. Subo el volumen, en mi cabeza ya suena la batería y el bajo. Pum, pum, pum. Seguidamente, la imagen de tus cálidas manos envolviendo las mías, mi mirada incrédula ante ese gesto y el calambre que recorrió todo mi cuerpo. No me soltabas, no me soltabas. Hay un solo de guitarra. Un virtuoso sonido imaginario que toma posesión de mi cuerpo y hace que mis manos simulen el instrumento en el aire. Mi mente se adentra en los recuerdos prohibidos y en lo que sentí cuando me rodearon tus brazos. Apoyé mi cabeza en tu hombro, indefensa. Me tenías a unos milímetros, rozabas mi piel con tu piel, nos respirábamos en silencio. Temblábamos ante la idea de que alguien pudiera descubrirnos. Tú no me soltabas... y yo no quería que lo hicieras. Tengo miedo de que el volumen de la música me reviente los tímpanos. Tengo miedo de notar la sangre fluyendo hacia el exterior. Tengo miedo de no poder escuchar(te) nunca más. Tengo tanto miedo... y no lo ves, no lo ves. Canto. Canto hasta que no me queda voz; y aún así, continúo. En ese momento, habría hecho que cantaras conmigo. Para olvidarnos de todo. Para dejarnos mecer por la locura. Para hacerte sonreír también. Sigo cantando y... sé que, sea donde sea, cantarás conmigo.
Canto para recordarte. Canto para olvidarte. Canto para estar contigo, aunque no estés. Canto para alejarme de ti, cuando estás. Canto por placer y con dolor. Canto con alegría y por tristeza. Canto para ti, porque nunca me oyes. Y yo... me consumo entre acordes. Canto, simplemente. No hay que buscarle explicación. Ni a quiénes ni a qué somos. Ni a porqué canto. Ni a qué será lo que viene después. Canta conmigo, sea donde sea, canta conmigo.
Sing for absolution
I will be singing
And falling from your grace...
There's nowhere left to hide
in no one to confide
the truth burns deep inside
and will never die.
I will be singing
And falling from your grace...
There's nowhere left to hide
in no one to confide
the truth burns deep inside
and will never die.
miércoles, 4 de mayo de 2011
¿Qué te pasa, niña?
Camino tranquilamente, con el mp3 a todo volumen en los oídos, sin pensar en nada. El sol se esconde a lo lejos sobre el mar y el cielo se tiñe de colores cálidos. Una ligera brisa me revuelve el pelo. De repente, alguien me toca el hombro. Me da un vuelco el corazón, ¡qué susto!, y me doy la vuelta. Entonces, te veo. Y el corazón comienza a galopar, sin riendas, deshaciéndose de su jinete Don Cordura, tirándolo al suelo y pisoteándolo. Adiós, buen juicio.
No sé si prefiero saber que te voy a ver o encontrarme contigo por sorpresa. Si lo sé, puedo hacerme a la idea e imaginar de lo que hablaremos, pero se me instalan unos nervios inamovibles en el estómago. Y si me encuentro contigo... estoy perdida, soy vulnerable, me sube el pulso de golpe y tengo que estar con el cerebro al ciento cincuenta por ciento, pensando qué decir.
-¿Qué haces por aquí? -preguntas.
-Yo, bueno, ya ves, por aquí... ¿y tú?
Te acoplas a mi paso y caminas a mi lado. ¿Que por qué estoy aquí? Qué preguntas más extrañas. ¿Qué importa lo que esté haciendo por aquí? El caso es que nos hemos encontrado, y mira, antes no lo sabía, pero ahora quiero simplemente caminar contigo. No hace falta que digas nada. Y si lo dices, te expones a recibir mi silencio como respuesta, aunque grabe cada una de tus palabras en mi memoria para perderlas con el tiempo.
-Dando un paseo. Dicen que es bueno para el corazón.
Corazón. Eso es lo que a mí me falta. Un corazón bien fuerte y sano, sin ninguna herida, sin ninguna tirita, sin ninguna lágrima. Un corazón joven, pero sabio, que no se deje engañar por palabras bonitas y besos baratos. Corazón.
-Eso dicen.
Se me quiebra la voz. Mierda. Y tú, chico listo, callas y miras al frente, disimulando, pero ya sabes que pasa algo. Yo sé que lo sabes. Y ambos sabemos que acabaré diciéndote qué es ese algo. Pero, de momento, mantenemos la compostura. Seguimos caminando y, sin querer evitarlo, llegamos a nuestro lugar secreto. Nos quitamos las máscaras antes de entrar. Subimos las escaleras y paras. Frente a mí, estás frente a mí. Subo el último escalón y hago acopio de fuerzas para levantar la cabeza. Me encuentro con tu mirada. Tienes cara de interrogación. Suspiro. Sin maquillaje, sin máscara, sin coraza, soy mucho más débil.
-¿Qué te pasa, niña?
No sabría describir tu voz. Lo has dicho muy bajito, suave, amable. De una manera que deja la puerta abierta para contarte cualquier cosa. ¿Sabes? Eres la única persona sobre la tierra que me llama "niña" sin que le reproche. En boca de los demás suena a superioridad, pero cuando viene de ti no es así. Es otra forma de llamarme por mi nombre, que sólo tú y yo sabemos. Y suena cálido. La primera vez que lo hiciste me pareció raro, pero me acostumbré y, de alguna forma, te di permiso en silencio para llamarme así.
Te miro. Aguanto tu mirada y mi cerebro deja de funcionar. Lo sustituye mi maltrecho corazón.
-Me pasa... me pasan muchas cosas.
Se me vuelve a quebrar la voz. Nos sentamos uno frente a otro, a una distancia prudente. Se me echa todo encima, y tú lo sujetas mientras te lo cuento. Se me llenan los ojos de lágrimas, pero no las dejo salir. No delante de ti. Ni de nadie. Big girls don't cry. Tiemblo, pero me contengo. Se me quedan las manos heladas. Y, cuando acabo de contarlo, vuelvo a la realidad.
-No sé qué decir -susurras.
Apenas somos dos humanos. No podemos controlar el destino. Muchas veces, lo que necesito es simplemente que alguien me escuche. Un buen oído y una sonrisa. Y todo está mucho mejor. Sonrío.
-No hace falta que digas nada.
Siempre has creído que soy muy fuerte, que puedo con casi todo, pero no es cierto. Como dice una canción de Linkin Park: I'm strong on the surface, not all the way through. Como a una muñeca de porcelana, me han roto muchas veces. Pero he sabido pegar cada trocito con infinita paciencia, hasta recomponerme. Aún así, tengo varios talones de Aquiles, y cuando tocan alguno, me deshago de nuevo. Y se me van quedando trocitos diminutos por el camino.
Se nos acaba el tiempo. Nos levantamos. Nos quedamos uno frente a otro, a la salida de nuestro lugar secreto. Pones tus manos sobre mis hombros. ¿Qué haces? No me toques. Pero no me aparto, no me quejo. En realidad, está bien. Me relajo. Primer acercamiento superado. Resistencia igual a cero. Me obsequias palabras de ánimo y una tímida sonrisa sincera. Entonces, te acercas más y me rodeas con tus brazos. Apoyo mi cabeza en tu hombro. Me aprietas muy suavemente, pero ese gesto hace que yo suelte todo el aire que me queda en los pulmones y aspire después tu olor. Me lleno de él. De ti. Tu abrazo no dura más de unos segundos. Nos soltamos.
Te regalo una pequeña sonrisa y me pongo la máscara mientras salgo de nuestro lugar secreto. Caminamos en direcciones distintas. Miro hacia atrás antes de que te escondas tras alguna esquina. Sonrío de nuevo. Y desaparezco entre la multitud.
No sé si prefiero saber que te voy a ver o encontrarme contigo por sorpresa. Si lo sé, puedo hacerme a la idea e imaginar de lo que hablaremos, pero se me instalan unos nervios inamovibles en el estómago. Y si me encuentro contigo... estoy perdida, soy vulnerable, me sube el pulso de golpe y tengo que estar con el cerebro al ciento cincuenta por ciento, pensando qué decir.
-¿Qué haces por aquí? -preguntas.
-Yo, bueno, ya ves, por aquí... ¿y tú?
Te acoplas a mi paso y caminas a mi lado. ¿Que por qué estoy aquí? Qué preguntas más extrañas. ¿Qué importa lo que esté haciendo por aquí? El caso es que nos hemos encontrado, y mira, antes no lo sabía, pero ahora quiero simplemente caminar contigo. No hace falta que digas nada. Y si lo dices, te expones a recibir mi silencio como respuesta, aunque grabe cada una de tus palabras en mi memoria para perderlas con el tiempo.
-Dando un paseo. Dicen que es bueno para el corazón.
Corazón. Eso es lo que a mí me falta. Un corazón bien fuerte y sano, sin ninguna herida, sin ninguna tirita, sin ninguna lágrima. Un corazón joven, pero sabio, que no se deje engañar por palabras bonitas y besos baratos. Corazón.
-Eso dicen.
Se me quiebra la voz. Mierda. Y tú, chico listo, callas y miras al frente, disimulando, pero ya sabes que pasa algo. Yo sé que lo sabes. Y ambos sabemos que acabaré diciéndote qué es ese algo. Pero, de momento, mantenemos la compostura. Seguimos caminando y, sin querer evitarlo, llegamos a nuestro lugar secreto. Nos quitamos las máscaras antes de entrar. Subimos las escaleras y paras. Frente a mí, estás frente a mí. Subo el último escalón y hago acopio de fuerzas para levantar la cabeza. Me encuentro con tu mirada. Tienes cara de interrogación. Suspiro. Sin maquillaje, sin máscara, sin coraza, soy mucho más débil.
-¿Qué te pasa, niña?
No sabría describir tu voz. Lo has dicho muy bajito, suave, amable. De una manera que deja la puerta abierta para contarte cualquier cosa. ¿Sabes? Eres la única persona sobre la tierra que me llama "niña" sin que le reproche. En boca de los demás suena a superioridad, pero cuando viene de ti no es así. Es otra forma de llamarme por mi nombre, que sólo tú y yo sabemos. Y suena cálido. La primera vez que lo hiciste me pareció raro, pero me acostumbré y, de alguna forma, te di permiso en silencio para llamarme así.
Te miro. Aguanto tu mirada y mi cerebro deja de funcionar. Lo sustituye mi maltrecho corazón.
-Me pasa... me pasan muchas cosas.
Se me vuelve a quebrar la voz. Nos sentamos uno frente a otro, a una distancia prudente. Se me echa todo encima, y tú lo sujetas mientras te lo cuento. Se me llenan los ojos de lágrimas, pero no las dejo salir. No delante de ti. Ni de nadie. Big girls don't cry. Tiemblo, pero me contengo. Se me quedan las manos heladas. Y, cuando acabo de contarlo, vuelvo a la realidad.
-No sé qué decir -susurras.
Apenas somos dos humanos. No podemos controlar el destino. Muchas veces, lo que necesito es simplemente que alguien me escuche. Un buen oído y una sonrisa. Y todo está mucho mejor. Sonrío.
-No hace falta que digas nada.
Siempre has creído que soy muy fuerte, que puedo con casi todo, pero no es cierto. Como dice una canción de Linkin Park: I'm strong on the surface, not all the way through. Como a una muñeca de porcelana, me han roto muchas veces. Pero he sabido pegar cada trocito con infinita paciencia, hasta recomponerme. Aún así, tengo varios talones de Aquiles, y cuando tocan alguno, me deshago de nuevo. Y se me van quedando trocitos diminutos por el camino.
Se nos acaba el tiempo. Nos levantamos. Nos quedamos uno frente a otro, a la salida de nuestro lugar secreto. Pones tus manos sobre mis hombros. ¿Qué haces? No me toques. Pero no me aparto, no me quejo. En realidad, está bien. Me relajo. Primer acercamiento superado. Resistencia igual a cero. Me obsequias palabras de ánimo y una tímida sonrisa sincera. Entonces, te acercas más y me rodeas con tus brazos. Apoyo mi cabeza en tu hombro. Me aprietas muy suavemente, pero ese gesto hace que yo suelte todo el aire que me queda en los pulmones y aspire después tu olor. Me lleno de él. De ti. Tu abrazo no dura más de unos segundos. Nos soltamos.
Te regalo una pequeña sonrisa y me pongo la máscara mientras salgo de nuestro lugar secreto. Caminamos en direcciones distintas. Miro hacia atrás antes de que te escondas tras alguna esquina. Sonrío de nuevo. Y desaparezco entre la multitud.
miércoles, 27 de abril de 2011
I'm just human.
Salgo una hora antes de clase. No hay nadie en casa cuando llego. Pienso en ti. Creo que sé dónde estarás ahora mismo. Intento imaginarte. Lo hago demasiado bien y veo hasta los pliegues de tus labios en una sonrisa. Sonrío como una tonta. Alguien llega a casa. Te aparto de mi mente. Como sin hablar. Los demás comentan lo que pasa en la realidad, pero yo estoy muy lejos de allí. A las tres ya estoy encerrada en mi habitación. Pongo la música alta. Abro el correo y todas esas redes sociales en las que estoy metida. Nada interesante. Subo la música, a todo volumen. Cierro todas las ventanas y saco el estuche y la carpeta.
Hago deberes. Hago comentarios de texto toda la puta tarde. Sigue sonando la música. Voy a gastar todas las horas que me quedan de Spotify. No importa. Termino a las ocho. Guardo cada folio en su compartimento correspondiente dentro de la enorme carpeta. Preparo la mochila con los libros de mañana. Me espanzurro en la silla mientras sigue sonando música. Dejo que me llene y evito pensar. Pero eso es imposible.
Me vuelves a la mente. Cuento hasta cinco, contigo delante, y luego te echo. No te vas. Mierda. ¿Por qué no te vas? Desparece, joder. Fuera. Ya no sonríes. Me miras interrogante. ¿Dónde estoy yo? Muy lejos de aquí, te lo aseguro. ¿Qué me pasa? Me pasa la vida, me pasa el instituto, me pasa el echar(te) de menos, me pasa la desmotivación, me pasan ellos, me pasan ellas, me paso yo misma. ¿Lo has entendido? Bien, porque yo tampoco, pero sé que eso es lo que pasa.
Me levanto malhumorada de la silla. Noto cómo te esfumas. Me pongo los converse y saco a la perra. Cuando salgo de casa, el viento me da de lleno en la cara. Pero, no me molesta. Cierro los ojos y lo disfruto un instante. ¿Dónde coño estarás ahora? Bueno, yo me dirijo hacia la parte de atrás de mi edificio. Hay un campo medianamente grande, una pequeña "selva amazónica", como yo le llamo. Camino hasta el paseo y doy un par de vueltas. Mi perrita corre de un lado a otro con el pelo al viento. El cascabel de su collar tintinea. Me gusta ese sonido. Quizás tú también estés dando un paseo. O no. Hace una tarde preciosa. La puesta de sol colorea las nubes de color salmón. Ojalá pudiera ir a ver el mar, pero no me da tiempo, hoy no. Además, no quiero matar a la perra de cansancio. La llamo con un silbido. "Vamos, peludita., hay que ir a casa". Mueve el rabito mientras la acaricio. Subimos. Le lleno el comedero y le doy una galleta como premio.
Me cambio y me pongo la ropa de deporte. Pongo la alarma en el móvil y me coloco los cascos. Paso media hora en la máquina de ejercicio. Con rabia. Rápido. Despacio. Rápido. Despacio. Yo soy una sedentaria empedernida, ¿qué estoy haciendo? Olvidarme de ti, como sea. En los cascos, la música a todo volumen. En el aire, mi respiración. Suena tu canción. Bueno, tus canciones. Seguidas, además. Y vuelves. A saber dónde estarás ahora mismo. ¿Por qué apareces hoy? Estaba bien sin ti. No me hacías falta. Pero ya que estás aquí, escúchame. ¿Sabes? Creo que estoy en una mala racha que no quiere irse. No tengo ganas de nada. Y no sabría decir cuánto tiempo llevo así. Pocas cosas hacen que me ponga nerviosa y todo carece de interés. Enarcas una ceja. Sí, ni siquiera tú haces que se me revuelva un poco la sangre. Todo va de mal en peor. Tengo miedo. Tengo mucho miedo al día siguiente. Y, si te soy sincera, muchas veces no quiero que llegue. Quiero quedarme aquí. Suspendida en el tiempo y el espacio... Suena la alarma. Bajo de la máquina. Me duelen las piernas. Me deshago de la ropa por el pasillo y me meto en la ducha. Fría. Muy, muy fría. Helada. Has desaparecido.
Me pongo el pijama. Enciendo otra vez el ordenador. Pongo música. Lenta, muy bajita. Nada en el correo. Nada en las redes sociales. Mmmm... entonces me da la locura. Porque te has ido. Ya no vuelves. Por hoy ya ha sido bastante. Así que canto. ¿Qué? ¿Cantar? ¡¡No te imaginas los conciertos que me pego a tus espaldas!!
Y entonces pienso que quizás te guste esta canción. Vuelves. Me río. No puedo luchar contra ti. Porque siempre consigues hacer que todo sea un poco mejor... Te imagino con tu sonrisa. Y sonrío.
Hago deberes. Hago comentarios de texto toda la puta tarde. Sigue sonando la música. Voy a gastar todas las horas que me quedan de Spotify. No importa. Termino a las ocho. Guardo cada folio en su compartimento correspondiente dentro de la enorme carpeta. Preparo la mochila con los libros de mañana. Me espanzurro en la silla mientras sigue sonando música. Dejo que me llene y evito pensar. Pero eso es imposible.
Me vuelves a la mente. Cuento hasta cinco, contigo delante, y luego te echo. No te vas. Mierda. ¿Por qué no te vas? Desparece, joder. Fuera. Ya no sonríes. Me miras interrogante. ¿Dónde estoy yo? Muy lejos de aquí, te lo aseguro. ¿Qué me pasa? Me pasa la vida, me pasa el instituto, me pasa el echar(te) de menos, me pasa la desmotivación, me pasan ellos, me pasan ellas, me paso yo misma. ¿Lo has entendido? Bien, porque yo tampoco, pero sé que eso es lo que pasa.
Me levanto malhumorada de la silla. Noto cómo te esfumas. Me pongo los converse y saco a la perra. Cuando salgo de casa, el viento me da de lleno en la cara. Pero, no me molesta. Cierro los ojos y lo disfruto un instante. ¿Dónde coño estarás ahora? Bueno, yo me dirijo hacia la parte de atrás de mi edificio. Hay un campo medianamente grande, una pequeña "selva amazónica", como yo le llamo. Camino hasta el paseo y doy un par de vueltas. Mi perrita corre de un lado a otro con el pelo al viento. El cascabel de su collar tintinea. Me gusta ese sonido. Quizás tú también estés dando un paseo. O no. Hace una tarde preciosa. La puesta de sol colorea las nubes de color salmón. Ojalá pudiera ir a ver el mar, pero no me da tiempo, hoy no. Además, no quiero matar a la perra de cansancio. La llamo con un silbido. "Vamos, peludita., hay que ir a casa". Mueve el rabito mientras la acaricio. Subimos. Le lleno el comedero y le doy una galleta como premio.
Me cambio y me pongo la ropa de deporte. Pongo la alarma en el móvil y me coloco los cascos. Paso media hora en la máquina de ejercicio. Con rabia. Rápido. Despacio. Rápido. Despacio. Yo soy una sedentaria empedernida, ¿qué estoy haciendo? Olvidarme de ti, como sea. En los cascos, la música a todo volumen. En el aire, mi respiración. Suena tu canción. Bueno, tus canciones. Seguidas, además. Y vuelves. A saber dónde estarás ahora mismo. ¿Por qué apareces hoy? Estaba bien sin ti. No me hacías falta. Pero ya que estás aquí, escúchame. ¿Sabes? Creo que estoy en una mala racha que no quiere irse. No tengo ganas de nada. Y no sabría decir cuánto tiempo llevo así. Pocas cosas hacen que me ponga nerviosa y todo carece de interés. Enarcas una ceja. Sí, ni siquiera tú haces que se me revuelva un poco la sangre. Todo va de mal en peor. Tengo miedo. Tengo mucho miedo al día siguiente. Y, si te soy sincera, muchas veces no quiero que llegue. Quiero quedarme aquí. Suspendida en el tiempo y el espacio... Suena la alarma. Bajo de la máquina. Me duelen las piernas. Me deshago de la ropa por el pasillo y me meto en la ducha. Fría. Muy, muy fría. Helada. Has desaparecido.
Me pongo el pijama. Enciendo otra vez el ordenador. Pongo música. Lenta, muy bajita. Nada en el correo. Nada en las redes sociales. Mmmm... entonces me da la locura. Porque te has ido. Ya no vuelves. Por hoy ya ha sido bastante. Así que canto. ¿Qué? ¿Cantar? ¡¡No te imaginas los conciertos que me pego a tus espaldas!!
Y entonces pienso que quizás te guste esta canción. Vuelves. Me río. No puedo luchar contra ti. Porque siempre consigues hacer que todo sea un poco mejor... Te imagino con tu sonrisa. Y sonrío.
sábado, 9 de abril de 2011
Cicatrices.
Se acerca titubeante y dice un par de cosas que no llego a oír. Lo miro fijamente. De algún modo, sé que esconde una traviesa intención en su sonrisa. Observo cómo sus manos se deslizan hacia la cremallera del estuche mientras continúa hablando. Ahogo una protesta en mi garganta y permanezco en silencio. Abre el compartimento superior y echa un vistazo rápido, sin pedir permiso. Lo cierra de nuevo y forcejea con la cerradura del otro compartimento. Le ayudo a abrirla: "Aprieta hacia abajo", le digo. Lo consigue. Contengo la respiración mientras el ruido de las cremalleras al abrirse inunda mis oídos.
Levanta la parte superior y ve a mi pequeña, todavía cubierta por la pieza de terciopelo granate. Suelto todo el aire que he contenido. Descubre el instrumento con delicadeza, despacio, muy despacio. Tan, tan despacio, que me parece que pasan siglos mientras lo hace. Siento mi propio pulso en las muñecas, fortíssimo. Cuando la viola queda completamente visible, me siento cohibida. No puedo hablar. Como si una parte de mi alma hubiera quedado desnuda. Y siento la vibración del alma de mi pequeña dentro de su estuche, acariciada por unas manos desconocidas.
El alma de la viola es una pequeña barra cilíndrica de madera situada dentro de la caja de resonancia del instrumeto, en la parte cercana al puente, que sostiene ambas tapas de madera y evita que se chafen, dicho de modo coloquial. Sin el alma, el instrumento no podría sobrevivir.
Son apenas unos segundos. Siento cómo vibra ante el contacto desconocido y después me llama, confundida. Puede que sólo sea producto de mi imaginación.
-Qué bonita es -dice.
Sonrío. Pues claro que lo es. ¡A ver quién puede decir lo contrario!
Con rapidez, coloca de nuevo la pieza de terciopelo sobre mi pequeña, cierra las cremalleras y la cerradura. Me mira sonriente. No decimos nada más. No hace falta decir nada más. Ha vuelto a ver esa parte escondida de mi propia alma, sin pedir permiso. Y yo le he dejado, sin rechistar. ¿Por qué? Todavía no lo sé, pero confío. Porque, de vez en cuando, yo también veo partes escondidas de su alma entre sus miradas.
Cojo a mi pequeña y me alejo, no sin antes dedicarle una última mirada. Sabemos que la situación no volverá a repetirse hasta dentro de mucho tiempo. Quizás nunca.
Cuando llego a casa, me encierro en la habitación, pongo música lenta y abro el estuche. Me deshago del terciopelo y cojo el intrumento. Recorro cada una de sus curvas, cada una de sus cicatrices. Me gusta su olor a madera y metal mezclado. El olor a viejo y nuevo, a clásico y moderno, a pasado y presente. Al dejarla de nuevo en su lecho, veo un papelito caer. Lo recojo. Hay escritos una hora y un lugar, pero lo más importante es lo que pone detrás:
"Te he vuelto a ganar".
Sonrío. Eso ya lo veremos.
Levanta la parte superior y ve a mi pequeña, todavía cubierta por la pieza de terciopelo granate. Suelto todo el aire que he contenido. Descubre el instrumento con delicadeza, despacio, muy despacio. Tan, tan despacio, que me parece que pasan siglos mientras lo hace. Siento mi propio pulso en las muñecas, fortíssimo. Cuando la viola queda completamente visible, me siento cohibida. No puedo hablar. Como si una parte de mi alma hubiera quedado desnuda. Y siento la vibración del alma de mi pequeña dentro de su estuche, acariciada por unas manos desconocidas.
El alma de la viola es una pequeña barra cilíndrica de madera situada dentro de la caja de resonancia del instrumeto, en la parte cercana al puente, que sostiene ambas tapas de madera y evita que se chafen, dicho de modo coloquial. Sin el alma, el instrumento no podría sobrevivir.
Son apenas unos segundos. Siento cómo vibra ante el contacto desconocido y después me llama, confundida. Puede que sólo sea producto de mi imaginación.
-Qué bonita es -dice.
Sonrío. Pues claro que lo es. ¡A ver quién puede decir lo contrario!
Con rapidez, coloca de nuevo la pieza de terciopelo sobre mi pequeña, cierra las cremalleras y la cerradura. Me mira sonriente. No decimos nada más. No hace falta decir nada más. Ha vuelto a ver esa parte escondida de mi propia alma, sin pedir permiso. Y yo le he dejado, sin rechistar. ¿Por qué? Todavía no lo sé, pero confío. Porque, de vez en cuando, yo también veo partes escondidas de su alma entre sus miradas.
Cojo a mi pequeña y me alejo, no sin antes dedicarle una última mirada. Sabemos que la situación no volverá a repetirse hasta dentro de mucho tiempo. Quizás nunca.
Cuando llego a casa, me encierro en la habitación, pongo música lenta y abro el estuche. Me deshago del terciopelo y cojo el intrumento. Recorro cada una de sus curvas, cada una de sus cicatrices. Me gusta su olor a madera y metal mezclado. El olor a viejo y nuevo, a clásico y moderno, a pasado y presente. Al dejarla de nuevo en su lecho, veo un papelito caer. Lo recojo. Hay escritos una hora y un lugar, pero lo más importante es lo que pone detrás:
"Te he vuelto a ganar".
Sonrío. Eso ya lo veremos.
Preciosa...
jueves, 7 de abril de 2011
Y después todo es locura...
¿Cuál es el punto que diferencia lo real de lo imaginario? ¿Dónde está esa línea invisible que los separa?
Me siento como en una burbuja. Tengo un mundo perfecto al alcance de la mano. Apenas a unos milímetros. Sólo necesito cerrar los ojos para alcanzarlo. Y, a veces, ni siquiera eso. Pero los realistas se empeñan en echar por tierra mi pequeña construcción. En mi diminuto mundo perfecto me siento un Dios. Y lo soy. Yo lo he creado, con cada detalle en su correcta posición. Y te he invitado. Sólo a ti.
Da igual lo que todo el mundo diga. No importa lo que pueda pasar. Hoy nos pertenece. Y mañana está demasiado lejano como para pensarlo en este preciso instante. Entra. Coge mi mano y camina junto a mí. Voy a enseñarte cada rincón de ese mundo perfecto. Luego, no querrás irte. Si quieres, pasa la noche conmigo. No sé, podríamos jugar con el tiempo. ¿Quieres que no acabe nunca? Eso está hecho.
Quizás ahora mismo, imaginándote a mi lado en ese mundo perfecto, puede que me tiemble un poco el pulso. Me pongo nerviosa sólo de pensarlo. No sabría qué decir. Y por eso diría las cosas más absurdas, simplemente por hablar, para que no haya silencios incómodos que hagan a mis mejillas colorearse. Pero comprendería al poco tiempo que el silencio entre nosotros no es silencio. No hay silencio en nuestros gestos. No hay silencio en nuestras miradas. No hay silencio en nuestras sonrisas. Todo lo contrario, hay gritos de alegría, hay susurros de secretos, hay... un tú y un yo. Separados y juntos a la vez. A la vez juntos y separados.
Y entre esas sonrisas, ya no sé si sentirme como Mona Lisa. Porque a veces sonrío sin sonreír. Y otras veces no sonrío, sonriendo. Dejémoslo en esa media sonrisa de lado, un poco pilla, un poco inocente. No digo nada y lo digo todo, sólo con la mirada. Enarco las cejas en pregunta, o en exclamación. Ya no lo sé. Porque a veces sólo sé que no sé nada, y en eso mismo me contradigo, pues ya sé algo, por poco que pueda parecer.
Me consumo gustosamente en las llamas de la locura. Aunque no me queman. Funden el hielo de la razón y me conducen a la demencia en una limusina sin frenos. No hay nada que pueda hacer. Tampoco querría hacerlo. Me gusta este estado de la conciencia que confunde los sentidos y mezcla realidad y ficción. Me gustan nuestros silencios, y se lo grito al mundo entero, en silencio. Nadie me oye. Nadie me ve. Y a ti tampoco, si estás conmigo. Somos invisibles. Y en esta maravillosa condición, deja que te revele algo muy importante: puedes hacer lo que quieras.
¿Quieres quedarte conmigo aunque no sepamos en qué punto se diferencia lo real de lo imaginario? ¿Aunque no sepamos dónde está la línea que los separa? Mientras nada nos separe a nosotros, me parece bien.
Entonces, que dure mucho tiempo nuestro particular silencio. Y nuestras sonrisas. Más bonitas que nunca.
¿Y qué pasa después? Ahora todo es silencio y sonrisas, y después todo es locura... la locura de un recuerdo que se ocupa de cosas prohibidas.
Me siento como en una burbuja. Tengo un mundo perfecto al alcance de la mano. Apenas a unos milímetros. Sólo necesito cerrar los ojos para alcanzarlo. Y, a veces, ni siquiera eso. Pero los realistas se empeñan en echar por tierra mi pequeña construcción. En mi diminuto mundo perfecto me siento un Dios. Y lo soy. Yo lo he creado, con cada detalle en su correcta posición. Y te he invitado. Sólo a ti.
Da igual lo que todo el mundo diga. No importa lo que pueda pasar. Hoy nos pertenece. Y mañana está demasiado lejano como para pensarlo en este preciso instante. Entra. Coge mi mano y camina junto a mí. Voy a enseñarte cada rincón de ese mundo perfecto. Luego, no querrás irte. Si quieres, pasa la noche conmigo. No sé, podríamos jugar con el tiempo. ¿Quieres que no acabe nunca? Eso está hecho.
Quizás ahora mismo, imaginándote a mi lado en ese mundo perfecto, puede que me tiemble un poco el pulso. Me pongo nerviosa sólo de pensarlo. No sabría qué decir. Y por eso diría las cosas más absurdas, simplemente por hablar, para que no haya silencios incómodos que hagan a mis mejillas colorearse. Pero comprendería al poco tiempo que el silencio entre nosotros no es silencio. No hay silencio en nuestros gestos. No hay silencio en nuestras miradas. No hay silencio en nuestras sonrisas. Todo lo contrario, hay gritos de alegría, hay susurros de secretos, hay... un tú y un yo. Separados y juntos a la vez. A la vez juntos y separados.
Y entre esas sonrisas, ya no sé si sentirme como Mona Lisa. Porque a veces sonrío sin sonreír. Y otras veces no sonrío, sonriendo. Dejémoslo en esa media sonrisa de lado, un poco pilla, un poco inocente. No digo nada y lo digo todo, sólo con la mirada. Enarco las cejas en pregunta, o en exclamación. Ya no lo sé. Porque a veces sólo sé que no sé nada, y en eso mismo me contradigo, pues ya sé algo, por poco que pueda parecer.
Me consumo gustosamente en las llamas de la locura. Aunque no me queman. Funden el hielo de la razón y me conducen a la demencia en una limusina sin frenos. No hay nada que pueda hacer. Tampoco querría hacerlo. Me gusta este estado de la conciencia que confunde los sentidos y mezcla realidad y ficción. Me gustan nuestros silencios, y se lo grito al mundo entero, en silencio. Nadie me oye. Nadie me ve. Y a ti tampoco, si estás conmigo. Somos invisibles. Y en esta maravillosa condición, deja que te revele algo muy importante: puedes hacer lo que quieras.
¿Quieres quedarte conmigo aunque no sepamos en qué punto se diferencia lo real de lo imaginario? ¿Aunque no sepamos dónde está la línea que los separa? Mientras nada nos separe a nosotros, me parece bien.
Entonces, que dure mucho tiempo nuestro particular silencio. Y nuestras sonrisas. Más bonitas que nunca.
¿Y qué pasa después? Ahora todo es silencio y sonrisas, y después todo es locura... la locura de un recuerdo que se ocupa de cosas prohibidas.
martes, 29 de marzo de 2011
En este edén...
La miró con los ojos entrecerrados y brillantes, y le dijo:
-Niña mía, estamos solos en el mundo. En este espacio que hemos creado, ese lugar que sólo conocemos tú y yo. Donde no somos lo que los demás quieren que seamos, sino lo que nosotros mismos guardamos en el interior de nuestra alma. En este paraíso fuera del alcance de miradas indiscretas y reproches sin sentido. Donde no hay que elegir, porque lo podemos tener todo. Niña mía, estamos solos en el mundo. Sólo tú y yo sabemos de su existencia. Sólo yo sé que eres tú quien lo mueve y le da vida. No hay sitio más hermoso que este, ni melodía más bella que la de nuestras miradas curiosas en la claridad de la madrugada. No hay tacto más suave que el de tus manos, ni olor más dulce que la frescura de tu piel. Niña mía, estamos solos en el mundo. En este edén que sólo nos pertenece a ti y a mí. Formamos ese nosotros que no acaba de formarse, pero que es tan claro como una fina gota de lluvia. No quiero huir nunca de aquí, no quiero ser nunca yo, sin ti. Niña mía, estamos solos en el mundo... y quiero que siempre sea así.
-Niña mía, estamos solos en el mundo. En este espacio que hemos creado, ese lugar que sólo conocemos tú y yo. Donde no somos lo que los demás quieren que seamos, sino lo que nosotros mismos guardamos en el interior de nuestra alma. En este paraíso fuera del alcance de miradas indiscretas y reproches sin sentido. Donde no hay que elegir, porque lo podemos tener todo. Niña mía, estamos solos en el mundo. Sólo tú y yo sabemos de su existencia. Sólo yo sé que eres tú quien lo mueve y le da vida. No hay sitio más hermoso que este, ni melodía más bella que la de nuestras miradas curiosas en la claridad de la madrugada. No hay tacto más suave que el de tus manos, ni olor más dulce que la frescura de tu piel. Niña mía, estamos solos en el mundo. En este edén que sólo nos pertenece a ti y a mí. Formamos ese nosotros que no acaba de formarse, pero que es tan claro como una fina gota de lluvia. No quiero huir nunca de aquí, no quiero ser nunca yo, sin ti. Niña mía, estamos solos en el mundo... y quiero que siempre sea así.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Mi pequeño ángel de la guarda.
Hoy necesito esconderme del mundo. En este mismo instante. Y este es mi escondite perfecto. Nadie sabrá qué es verdad y qué es mentira. Nadie preguntará qué pasa. Silencio. Hoy no hables. Mírame y abrázame, sonríeme. Deja que apoye mi cabeza en tu hombro durante largo rato y acaríciame el pelo suavemente.
Me gustaría decir que eso me reconfortaría, pero no sería verdad. Así que, ni siquiera voy a intentarlo. Hoy voy a esconderme bajo mis sábanas antibalas, tapada hasta las orejas. Voy a encerrarme en un pequeño sobrecito, acurrucada, con las piernas dobladas. Cerraré los ojos y me concentraré en esos pequeños recuerdos, en esos pequeños (y grandes, y enormes) secretos que nadie es capaz de imaginar. Voy a sacarlos uno a uno de la caja del olvido donde han quedado guardados por el paso del tiempo. Los voy a revivir uno a uno, les voy a sacar brillo. Van a relucir como nunca. Y esas sonrisas serán mucho más bonitas, y hablarán por sí solas. Maquillaré las lágrimas y no existirá la amargura.
Voy a ordenar en mi propio orden cronológico esos pequeños fragmentos de mi vida, y de la de muchas personas más. No será un orden fiable, pero será sólo mío, y será perfecto. Me quedaré embobada mirándolos durante mucho tiempo, toda la noche. Y cuando amanezca, antes de despertar, los guardaré todos de golpe, sin ordenar. Porque lo bonito de los recuerdos es guardarlos desordenados y tener que rebuscar en el montón para encontrar el que buscamos más tarde. Y perder algunos, para sentir esa calidez dentro del cuerpo cuando alguien más nos los recuerda.
Quizás algunos sean borrosos por el paso del tiempo e intente dibujar en las lagunas una relidad que nunca existió. Pero, ¿hay algo de malo en ello? Pintaré mi propia realidad. Al fin y al cabo, si algo he aprendido en esta corta vida, es que la realidad depende de miles de millones de puntos de vista, y cada uno es correcto en su cierta medida. Así que, ¿por qué no habría de serlo el mío? Mi realidad no sería esta ciudad, ni este curso, ni estas cuatro paredes que me oprimen. Mi realidad estaría muy, muy lejos. Agazapada entre los arbustos de algún recóndito lugar, jugando al escondite con los demás. La realidad tiene también su parte infantil, aunque en un juego mucho más macabro y peligroso.
No voy a perder la cabeza, puesto que ya la he perdido. Ahora sólo puedo escribir esto y contarte que no he parado de pensar, ni un sólo segundo, qué pasaría en esa realidad. Los recuerdos se mezclan en mi orden cronológico. Ya no sé de qué estoy hablando. Ya no sé qué ha pasado y qué no. Ya no sé quién soy, ni qué hago aquí. Bueno, sí, empecé diciendo que quería esconderme del mundo. Y sigo con ese propósito.
Hoy no digas nada. Voy a acurrucarme bajo mis sábanas antibalas, escondida del mundo. De todos, menos de ti. Acompáñame si quieres. Quédate al lado, cerquita, pero sin tocarme. Deja que tu respiración y el ritmo de tu corazón se ralenticen. Sé mi pequeño ángel de la guardia. Rodéame con tus alas y deja que seque mis lágrimas con tus delicadas y mullidas plumas grises. Si quieres, sólo esta noche, te enseño mis más recónditos secretos. Yo prometo no olvidarlos nunca, tú prométeme no asustarte.
Pon como música de fondo Snuff y The Poison, seguidas de Invincible y Resistance. Y deja que me quede dormida entre esos recuerdos tan cálidos...
Me gustaría decir que eso me reconfortaría, pero no sería verdad. Así que, ni siquiera voy a intentarlo. Hoy voy a esconderme bajo mis sábanas antibalas, tapada hasta las orejas. Voy a encerrarme en un pequeño sobrecito, acurrucada, con las piernas dobladas. Cerraré los ojos y me concentraré en esos pequeños recuerdos, en esos pequeños (y grandes, y enormes) secretos que nadie es capaz de imaginar. Voy a sacarlos uno a uno de la caja del olvido donde han quedado guardados por el paso del tiempo. Los voy a revivir uno a uno, les voy a sacar brillo. Van a relucir como nunca. Y esas sonrisas serán mucho más bonitas, y hablarán por sí solas. Maquillaré las lágrimas y no existirá la amargura.
Voy a ordenar en mi propio orden cronológico esos pequeños fragmentos de mi vida, y de la de muchas personas más. No será un orden fiable, pero será sólo mío, y será perfecto. Me quedaré embobada mirándolos durante mucho tiempo, toda la noche. Y cuando amanezca, antes de despertar, los guardaré todos de golpe, sin ordenar. Porque lo bonito de los recuerdos es guardarlos desordenados y tener que rebuscar en el montón para encontrar el que buscamos más tarde. Y perder algunos, para sentir esa calidez dentro del cuerpo cuando alguien más nos los recuerda.
Quizás algunos sean borrosos por el paso del tiempo e intente dibujar en las lagunas una relidad que nunca existió. Pero, ¿hay algo de malo en ello? Pintaré mi propia realidad. Al fin y al cabo, si algo he aprendido en esta corta vida, es que la realidad depende de miles de millones de puntos de vista, y cada uno es correcto en su cierta medida. Así que, ¿por qué no habría de serlo el mío? Mi realidad no sería esta ciudad, ni este curso, ni estas cuatro paredes que me oprimen. Mi realidad estaría muy, muy lejos. Agazapada entre los arbustos de algún recóndito lugar, jugando al escondite con los demás. La realidad tiene también su parte infantil, aunque en un juego mucho más macabro y peligroso.
No voy a perder la cabeza, puesto que ya la he perdido. Ahora sólo puedo escribir esto y contarte que no he parado de pensar, ni un sólo segundo, qué pasaría en esa realidad. Los recuerdos se mezclan en mi orden cronológico. Ya no sé de qué estoy hablando. Ya no sé qué ha pasado y qué no. Ya no sé quién soy, ni qué hago aquí. Bueno, sí, empecé diciendo que quería esconderme del mundo. Y sigo con ese propósito.
Hoy no digas nada. Voy a acurrucarme bajo mis sábanas antibalas, escondida del mundo. De todos, menos de ti. Acompáñame si quieres. Quédate al lado, cerquita, pero sin tocarme. Deja que tu respiración y el ritmo de tu corazón se ralenticen. Sé mi pequeño ángel de la guardia. Rodéame con tus alas y deja que seque mis lágrimas con tus delicadas y mullidas plumas grises. Si quieres, sólo esta noche, te enseño mis más recónditos secretos. Yo prometo no olvidarlos nunca, tú prométeme no asustarte.
Pon como música de fondo Snuff y The Poison, seguidas de Invincible y Resistance. Y deja que me quede dormida entre esos recuerdos tan cálidos...
jueves, 17 de marzo de 2011
Miedo.
Algún día no tendré miedo a escribirte. No lo dejaré para el día siguiente. No habrá censura. No habrá prejuicios. No habrá nadie que me diga lo que está bien o mal. Y nos regiremos por los verdaderos valores humanos, aquellos sacados del fondo de nuestra alma, aquellos descubiertos tras sufrimiento, derrotas y victorias; tras yo, tú y nosotros.
Algún día no tendré miedo a escribirte. No habrá temas tabú. No habrá palabras fuera de lugar. La auténtica expresión de lo que quiero decir fluirá lenta pero continuadamente y no habrá una sola falta de ortografía. No habrá corrección posible en ese nuestro que pronuncias quedamente en tu mirada, sin llegar a ser material. No habrá duda.
Algún día no tendré miedo a escribirte. No importará el qué dirán. No importará lo que piensen. No importará cuándo, cómo o dónde. No importará la procedencia, la edad (¿física o mental?), el color... No importará a dónde vaya o de dónde venga. No importará hacia dónde lo hagas tú, siempre que nos encontremos en ese punto intermedio donde somos iguales, donde nadie nos mira, donde nadie nos ve.
Algún día la palabra miedo será simplemente eso, una palabra. Puedo darle la vuelta de mil formas. Odeim. Doeim. Odemi. Doemi. Emido. Edomi. Midoe. Domie. Pero... sigue significando demasiado, da igual cuántas vueltas le de.
Algún día, nos encontraremos de nuevo en ese punto. Siempre nos quedará aquel lugar secreto. Quizás, pensándolo detenidamente y en un fugaz instante de locura, aquel lugar fuera la realidad y esto, lo que vivimos ahora mismo, sólo una mentira, un engaño de nuestra mente. Mientras, yo dejo para mañana lo de escribirte... por miedo a todo eso, y mucho más.
Algún día no tendré miedo a escribirte. No habrá temas tabú. No habrá palabras fuera de lugar. La auténtica expresión de lo que quiero decir fluirá lenta pero continuadamente y no habrá una sola falta de ortografía. No habrá corrección posible en ese nuestro que pronuncias quedamente en tu mirada, sin llegar a ser material. No habrá duda.
Algún día no tendré miedo a escribirte. No importará el qué dirán. No importará lo que piensen. No importará cuándo, cómo o dónde. No importará la procedencia, la edad (¿física o mental?), el color... No importará a dónde vaya o de dónde venga. No importará hacia dónde lo hagas tú, siempre que nos encontremos en ese punto intermedio donde somos iguales, donde nadie nos mira, donde nadie nos ve.
Algún día la palabra miedo será simplemente eso, una palabra. Puedo darle la vuelta de mil formas. Odeim. Doeim. Odemi. Doemi. Emido. Edomi. Midoe. Domie. Pero... sigue significando demasiado, da igual cuántas vueltas le de.
Algún día, nos encontraremos de nuevo en ese punto. Siempre nos quedará aquel lugar secreto. Quizás, pensándolo detenidamente y en un fugaz instante de locura, aquel lugar fuera la realidad y esto, lo que vivimos ahora mismo, sólo una mentira, un engaño de nuestra mente. Mientras, yo dejo para mañana lo de escribirte... por miedo a todo eso, y mucho más.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



