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martes, 22 de mayo de 2012

Calm down.

Lo importante no es deshacerse de los recuerdos, sino aprender a vivir con ellos, llevarlos con delicadeza en nuestro interior y mantenernos firmes cuando se nos presentan inesperadamente. Y es difícil, claro, pero confío en que el tiempo nos enseñará. Es un buen maestro, ¿sabes?

jueves, 8 de marzo de 2012

Sus preguntas absurdas.

La claridad perezosa de la madrugada se asomó con cuidado a través de las cortinas y me despertó suavemente con caricias en los párpados. Giré la cabeza y la encontré a mi lado, quieta. Miraba al techo con la respiración contenida.

-¿Sueñas despierta? -le pregunté.

Dirigió su rostro hacia mí, rápida, y me observó durante unos segundos con los ojos muy abiertos. Luego, volvió a la posición inicial y cerró los ojos. Noté cómo el aire llenaba sus pulmones lentamente, y suspiró. Me habría gustado estar dentro de su cabeza, nadar con ella en la tormenta de sus pensamientos. Acerqué despacio mi mano a la suya y la apreté débilmente. Estaba fría, fría como el interior de una catedral antigua. Esperé un momento, regulando la temperatura de nuestra piel.

-No tengo frío -dijo, haciendo caso omiso a mi pregunta.

Levanté una ceja y paseé mi mirada por su cuerpo desnudo. Deslicé mis dedos por su vientre, por su pecho, por su cuello, casi sin rozarla. Y aún así, pude notar cómo su piel ardía. Me sentí extraño, como si durante las horas que había dormido nuestras vidas se hubieran separado y la hubiera perdido por completo. Llegué a sus labios y los recorrí mientras un escalofrío me envolvía. El silencio parecía gravitar sobre nuestras almas, asesinando nuestras palabras. Me temblaron las manos unos segundos. Y ella lo notó.

-A veces me pregunto si lo que vivimos no será un sueño. Y me da miedo dormirme un día a tu lado y despertar en otra vida, en otro mundo, sin tus preguntas absurdas.

-Te perseguiría hasta en esa otra vida con mis estupideces, lo sabes.

-Pero, ¿y si no te acordaras? ¿Y si ni yo misma me acordara? ¿Y si llegáramos a ser felices en ese otro mundo sin saber de nuestra mutua existencia?

Callé. Seguí acariciando sus pómulos, bajé por la barbilla de nuevo a su cuello, a su pecho, a su vientre, y me mantuve allí, me deslicé cerca de su ombligo, de los huesos firmes de su cadera. La idea de no acordarme jamás de ella me provocaba un miedo terrible en forma de arcadas. Pero si no la recordara, esa sensación desaparecería con su imagen. ¿Qué es de la vida sin los recuerdos? ¿Qué somos nosotros mismos sin recuerdos? Intenté decir algo, pero el sonido murió antes de llegar a mis labios. Ella lo hizo por mí.

-¿Sabes? Creo que hasta en otra vida habría algo, un presentimiento, una sombra, un hueco en mi alma marcado por tu recuerdo inexistente pero real. Y quizás eso me llevaría, sin pretenderlo, hasta ti.

-¿Y si yo fuera feliz? -dije entrecortadamente-. ¿Qué harías?

Silencio de nuevo. Pasaron unos minutos eternos. Y cuando creí que ya no respondería, lo hizo.

-Al principio me consumiría la rabia y el dolor, como a todo ser humano. ¿Para qué negarlo? Pero si de verdad fueras feliz sin mí, o por lo menos sin mí como lo que soy ahora, no cometería la estupidez de estropear tu vida con mis sombras de recuerdos. Me mantendría cerca tuya, cuidando de ti sin que lo supieras. Intentaría ser feliz sólo porque tú lo eres. Y si no lo consiguiera, si el dolor de no tenerte a mi lado fuera demasiado fuerte y me consumiera, me alejaría. Me alejaría todo lo que pudiera y nunca, nunca, dejaría que supieras nada.

Abrió los ojos y me miró. Me hundí un momento en el azabache de sus iris. Y cuando notó que ya había vuelto al mundo real, sonrió con malicia.

-Pero ambos sabemos que no podrías vivir sin mí.

Sonreí y, desprevenido, sujeté sus caderas a duras penas cuando de un sólo movimiento me aprisionó bajo su cuerpo. Eran sus cambios imprevisibles de mujer salvaje. Todos mis sentidos se volcaron en su piel.

Más tarde, cuando la luz del sol ya cubría la habitación entera sin timidez, observé su cuerpo tranquilo mientras dormía de lado. La cara relajada contra la almohada, frente a mí, y los labios todavía entreabiertos por el sabor del último beso. Me levanté con cuidado de no despertarla y escribí una nota.

Tranquila, todavía me acuerdo de ti.

La doblé y la puse en su mano, fría a pesar de todo. Separé un mechón que caía sobre su mejilla.

-A mí me da miedo que sea en esta vida donde nos olvidemos el uno del otro -susurré-. Por eso, sigue soñando, ya sea despierta o dormida.

lunes, 9 de enero de 2012

Detalles.

Lo único destacable de él es que tenía agujeros en sus graciosos calcetines a rayas. ¿Qué más? Nada más. Vestía como alguien normal, hablaba con un acento normal, se comportaba como un humano normal. Lo que hace a alguien especial son esas pequeñas cosas que se nos quedan grabadas en la memoria.

Lo que lo hacía especial eran sus agujeros en los calcetines. Y lo mucho que le gustaba ponérselos. A Marta le gustaba el azúcar con café. Carlos pisaba sólo las líneas blancas en los pasos de cebra. Violeta cogía el cuchillo como un bolígrafo. Nerea torcía la boca cuando estaba nerviosa o su mente viajaba entre pensamientos a toda velocidad. Pablo coleccionaba llaves extraviadas. Laura siempre salía con coloretes de los exámenes. Mónica movía las aletas de la nariz cuando estaba a punto de llorar. Esteban nunca llevaba paraguas, le gustaba demasiado la lluvia. Daniel olía la comida antes de metérsela en la boca, puro instinto. Victoria estiraba las mangas de los jerseys con su timidez.

¿Qué importa su nombre, en realidad? ¿Qué importa su aspecto? Puedo decirte que era profesor, estudiante de Bellas Artes o un ejecutivo anciano. ¿De eso depende tu opinión? No, claro que no. Lo bonito es dejar volar a tu imaginación.

A mí me gusta guardar hasta el envoltorio de los regalos y llevarme todo a casa. Luego ya lo tiraré. ¿Y tú?


Son los detalles los que nos hacen visibles, no la normalidad.

martes, 6 de diciembre de 2011

La main sur le coeur.

Alguien me enseñó una vez que soñar despierto es la mejor forma de mantener el equilibrio. El término medio de Aristóteles. Pero, ¿son los sueños tan dulces como los pintan? Responded vosotros mismos. ¿Quién no ha soñado con alcanzar la meta? ¿Quién no ha caído en el camino? ¿A quién no se le ha roto el corazón cuando se ha visto derrotado?

Los sueños son crueles. Nos manejan a su antojo. Alimentan nuestras esperanzas. Nos quitan todo. Nos colman de recuerdos que muchas veces superan la realidad. Nos someten a la locura. Nos obsesionan y nos calman. Nos arrullan entre sus brazos infinitos. Nos tiran, nos ponen de nuevo en pie. Nos alojan en el hostal Felicidad, para dejarnos después en la calle Amargura. Dejan que seamos indigentes en los pasadizos de sus laberintos. Nos matan. Pero también nos dan la vida.

Alguien me enseñó una vez que volar no es imposible. Me mostró sus alas grises, hechas de aquel material tan fino y suave. El entrelazado de plumas invisibles que componían sus sueños. Y me ayudó a alzar el vuelo. Cada noche salgo en busca de nuevas ilusiones, me siento en los tejados y contemplo las estrellas. Los mortales no advierten mi presencia, están demasiado ocupados haciéndose la guerra. La luna me sonríe desde su posición privilegiada. Y sólo quiero que aparezca el hombre pájaro.

Alguien me enseñó una vez que es absurdo el miedo a las alturas. Que en pleno vuelo no podemos mirar atrás. Que los sueños nos mantienen en el aire, pero somos nosotros los que decidimos el rumbo, o nos dejamos caer.

Hablo de sueños y de hombres pájaro. Dicen que es imposible. Y puede que lo sea. Pero alguien me dijo una vez que las mejores historias eran las de cosas imposibles, incluido el amor.


Mantén el vuelo. Yo puedo ver tus alas. Y son hermosas.

martes, 7 de junio de 2011

¿Qué es el amor?

Una vez me preguntaste qué era el amor. No supe contestarte. ¿Cómo definir algo con tantas facetas, todas tan distintas e iguales al mismo tiempo? ¿Cómo definir esa palabra, cómo resumir todo lo que significa en un par de líneas? ¿Cómo saber exactamente qué es el amor, si cada vez se nos muestra de una forma diferente?

Entre Romanticismo, Realismo y Poesía Pura esta tarde, he tenido un flashback mirando las preciosas cortinas de mi habitación. Atentos al dato: ni siquiera estaba mirando por la ventana, simplemente los cuadros de mis cortinas. Y casi he oído aquella pregunta que susurraste cerca de mi oreja, provocándome un escalofrío, seguido de un pánico terrible y un fuerte dolor en algún lugar remoto de mi pecho. Te tomé por loco y dejé que el silencio te respondiera con su habitual frialdad. Pero, en realidad, no era una pregunta tan descabellada.

¿Qué es el amor? ¿Es un sentimiento, una sensación, un pensamiento? Desde luego, no es una mentira. No hay falsedad en la adrenalina que recorre nuestras venas cuando estamos enamorados. Tampoco en el accelerando de nuestro corazón cuando vemos a esa persona. Ni en la aguda punzada que se nos clava sin piedad cuando la perdemos.

Dicen que el amor y la locura van de la mano, así que niego también que el amor pueda ser un pensamiento. El amor puede acarrear un incesante trabajo del cerebro sobre el objeto de nuestro amor, que es diferente. Y aquí es donde llega mi tema preferido: la lucha interna entre razón y corazón. Pueden hacerse apuestas sobre quién ganará, pero nunca podremos tener un porcentaje medianamente certero que nos asegure un mínimo de fiabilidad, pues ambos son tan poderosos que manipulan a su antojo nuestras acciones, en igualdad de condiciones. Y hasta la persona más responsable y prudente puede llegar a hacer grandes locuras por amor. Grandes, enormes, gigantes. Universales.

El amor es una sensación que te revuelve las entrañas, tanto para bien como para mal. La primera fase suele ser común a todo tipo de amores: los nervios, la idealización del ser amado, la adorable "enfermedad", los desórdenes alimenticios y el insomnio. El acercamiento, las conversaciones que quedan grabadas a presión en nuestra memoria, la contemplación. Esa mezcla entre felicidad y amargura constante.

¿Y si no es recíproco? He de reconocerlo, creo que no hay sonido más devastador que el de un corazón rompiéndose en un billón de piececitas diminutas que se clavan en lo más hondo del alma y la hacen sangrar; y aún así, es hermoso. Lo siento si suena un pelín macabro. Tras el rechazo, la vida carece de sentido. ¿Para qué? ¿Qué finalidad tiene seguir si no es con él/ella? Y todo parece sumirse en un agujero negro, un pozo en el que caemos durante un tiempo indefinido que se nos antoja eterno. Pero tocamos fondo, se produce el efecto rebote y tenemos que salir de nuevo.

Hablemos de un amor correspondido. De repente, tras una temporada en el limbo a medio camino entre la plenitud y el infierno, se nos abren las puertas del cielo. Subimos a lo más alto. Sentimos la satisfacción de estar junto a él/ella y disfrutamos de cada momento como si fuera el último. No tiene porqué convertirse en rutina, aunque es difícil evitarla. Sorprendernos con algo nuevo, amarnos de forma distinta cada día. Probar nuevos temas, nuevas experiencias. Viajar, convivir. Crisis, reconciliación.

Doy por supuesto en el anterior párrafo que ese amor correspondido es un amor de "fácil acceso", es decir, sin complicaciones. Pero, ¿y si no es así? Color, edad, distancia, religión... y miles de motivos más pueden hacer que ese amor correspondido acabe apagándose a la fuerza. O que quede aprisionado en algún rincón de nuestro corazón, esperando inútilmente su oportunidad. Podemos hacer como si no existiera esa llama en nuestro interior, aunque nos queme cada uno de los 21 gramos que dicen que pesa el alma. Y puede que lo consigamos. Pero, lo más probable es que estalle o se apague (el estallido suele conllevar su posterior extinción). ¿Qué puedo decirte que no sepas ya? Seguramente tú sabes más de esto que yo.

Me hiciste aquella pregunta, "¿qué es el amor?", y me quedé en blanco. Quizás es demasiado tarde para responderte. Quizás no leas esto nunca. Quizás me equivoque y el amor sea algo completamente diferente... Pero hoy, entre mis temas de Literatura Universal, sentía la asfixiante necesidad de responderte. Ojalá hubiera tenido las agallas suficientes en aquel momento para decirte todo esto, ojalá tú me hubieras abrazado fuerte mientras estallaban nuestros corazones y se incendiaban a la vez nuestras almas. Ojalá se hubieran extinguido después sin dejar huella alguna del fogonazo. Y no esta sensación amarga cuando desentierro lo que queda de ti.

No queda ni una mirada.