viernes, 27 de diciembre de 2013

martes, 17 de diciembre de 2013

La mujer de negro.

Camino con mi gabardina negra y un maletín en la mano. Soy Nadie en esta ciudad de todos. Me invade el impulso irracional de entrar en cualquier bar para olvidar mi realidad. Me imagino sentado en el rincón del fondo con un whisky, esperando a la mujer de negro. Nadie se fija en mí, soy invisible bajo las luces navideñas y las carcajadas de los adolescentes. La mujer de negro me obsesiona, la mujer de negro es una constante en mi vida. Quiero esperar a la mujer de negro. Quiero hablar a la mujer de negro y que ella me mire desde su vestido ajustado y sus ojos azabache. Quiero llevarme a la mujer de negro, encerrarla para mí. Observarla, admirarla, desnudarla, follarla. Quiero unirme a la mujer de negro. Quiero ser la mujer de negro.

En lugar de eso, me dirijo hacia el último portal de esa última calle oscura del típico barrio a las afueras de la ciudad. El piso me recibe con un aliento frío. Dejo el maletín en el recibidor y la gabardina en una silla. Me siento en el sofá y cierro los ojos. La mujer de negro aparece tras mis párpados y me reprocha no pensar en ella cada segundo. Quiero matar a la mujer de negro. Y desaparecer con ella.

martes, 3 de diciembre de 2013

03:22 a.m.

Anoche, el universo se resumió en tu suave respiración a las tres y veintidós de la madrugada. Todos los recuerdos, todas las metáforas, toda la piel, en tus labios entreabiertos y la elevación intermitente de tu pecho. Te observé en la penumbra y acordes de los Foo Fighters me llenaron la memoria - breathe out, so I can breathe you in, hold you in. Me acurruqué en tu hombro desnudo, con la esperanza inútil de aparecer en tus sueños. Apenas unas horas antes había sido yo quien se había dormido mientras Márquez se diluía en tu voz con palabras de amor. Y caí de nuevo en el vacío, con tu respiración marcando el tempo. Me han despertado tus caricias en la espalda, y todo esto pasa por mis pensamientos mientras la idea de hacernos el amor por la mañana, como el café, toma forma en tus ojos.

jueves, 24 de octubre de 2013

Desgarrando, sangrando, muriendo.

Vi cómo la poesía se le escapaba de los labios en un aliento espeso. Seguí el hilo de sus palabras hasta que se adentraron en el laberinto, y me solté.

Entré en tus pensamientos como un huracán, despojándote de secretos. Me poseyeron versos infinitos mientras revolvía el cuarto. Encontré el impoluto papel sobre el que descansan tus sueños, y me desnudé ante él al tiempo que lo rasgaba con las tintas de mis fracasos. Acaricié, mordí, arañé y herí, porque así es como se hacen los poemas: desgarrando, sangrando, muriendo. Y luego me fundí. Me fundí y quedé inmóvil mientras tus ambiciones, revueltas, se posaban en mis mejillas, sobre mi vientre, entre mis piernas. Durante un momento me sentí dueña de todos tus anhelos, de todo tu futuro, y soporté el impulso de echar a correr de nuevo, dejando caer tus esperanzas en cualquier otro rincón, lejos de mí. Me quedé quieta, muy quieta, y podría haberme quedado allí durante años, viendo cómo tus logros, hechos realidad, abandonaban mi piel hasta quedar en la más absoluta soledad.

Luego, como una Ariadna arrepentida, desperté de mi ensoñación y recogí el hilo. Los versos, el ritmo, todo había cambiado. Pero mis pensamientos habían pasado inadvertidos a aquella mirada cristalina. Seguí los versos del residente en la tierra a través de aquel aliento espeso, inmóvil en aquella silla azul, suspirando por echar a correr de veras y ser el motor de tus éxitos. Desgarrándome, sangrando y muriendo... en tu poema.


martes, 8 de octubre de 2013

X. Los verdaderos poemas son incendios.

Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.
Un poema es una cosa que será.
Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.
Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.

Fragmento de Altazor, de Vicente Huidobro.


Se me acumulan los días en el calendario.
Mentiría si dijera que ni uno de ellos te pertenece.
Mis otoños orbitan alrededor de tus ojos.
Ya no sé qué escribir, ni a quién.
Quiero gritar versos sin sentido,
que sólo entendamos
nosotros tú y yo.

Esconderme en el borde de tu sonrisa
y caer como Altazor,
hasta el origen de todo amor conocido
para renacer con pureza paradisíaca
en tus brazos.

A veces me permito creer
que somos únicos,
       que nadie ha amado así jamás,
              que debería convertirnos en literatura.
Pero, ¿acaso no hay mejores historias ya escritas, hitos y mitos?,
¿cómo describirte sin quedar atrapada en los tópicos?,
¿y cómo poner un punto y final sin saber que la vida real nos dará a bitter end?

Deja que me esconda
tras estos balbuceos incomprensibles.
Nada.
       No hay nada.
              Las llamas consumen todo alrededor.
              Y desde aquí,
       desde mi paracaídas,
desde el infinito,
nada interesa a mis ojos más
que el recuerdo de tus labios.

Sueño contigo,
y lo único que me queda al despertar es
un sudor frío en la frente
y la maldita desorientación.

Tantas noches,
            tantas camas,
                       tantos anhelos.

Ojalá estuvieras allí
para abrazarte fuerte,
para esconderme en tu hombro.
Quiero abrirme el pecho y llenarme de ti.
Todo tú en este vacío insondable,
todo tú en esta tonta melancolía de martes.

viernes, 20 de septiembre de 2013

La la la.


Hoy no tengo nada que escribir. O mejor dicho: tengo demasiado. Así que, ¡a bailar!

sábado, 7 de septiembre de 2013

IX. Anhelos de ti

Las palabras se me agolpan en la frente
y quieren estallar en mis labios, en mis ojos...

No hago más que pensar en ti.
En cómo decirte que
sigo entrando en las habitaciones
en busca
de tu sonrisa pícara,
de tu mirada de complicidad.

A veces
pienso que conozco hasta el último de tus lunares;
y luego
me doy cuenta de que todavía
me quedan por descubrir
miles de secretos
bajo tu piel.

Por las ventanas
entra una tenue brisa
que se detiene,
acaricia mi cuerpo
y se marcha sin decir
adiós.

El sonido de la lluvia
me golpea
esa zona del cerebro
donde sólo existen
anhelos de ti.

Hay momentos en los que mis palabras son sólo tuyas.

Y, ¿cómo decirte, amor, cómo decirte...?
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.

Las palabras se me agolpan en la frente
y quieren estallar en mis labios, en mis ojos...
para retornar a través de mis oídos
y acurrucarse como en los días de invierno.

viernes, 6 de septiembre de 2013

¿Me buscarás en el infierno?

Podría escribirte versos más tristes que los de Neruda, amor. O podría quedarme callada, con tus interrogantes clavados en las entrañas y un hálito de misterio. Pero no se me ocurre nada mejor que recitarte versos de Benedetti para calmar este demencial silencio a tu retorno, o este retorno a tu demencial silencio, o este demencial retorno a tu silencio.

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
                      no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
                        pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te quedas sin lbios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
                         entonces
no te quedes conmigo.


La noche no está estrellada, ni hay astros azules que tiriten a lo lejos. Cómo decirte, amor, cómo decirte que hasta el viento me trae recuerdos en blanco. Si te salvas, amor, si te salvas... ¿cómo vas a buscarme en el infierno? Quizás el silencio sea mío.

martes, 27 de agosto de 2013

VIII. La atracción inevitable de aquello que es prohibido y peligroso

Vuelvo a caer de nuevo en la trampa.
Juro a los cuatro vientos
que ha pasado mucho tiempo
desde la última vez.
Pero eso,
ahora,
da igual.

Vuelvo a caer en la agonía lacerante de
tus palabras.
Una
tras
otra.
Como golpes.
Uno
tras
otro.
Y se me revuelven en la cabeza,
caóticas,
como el vuelo de un gorrión asustado.

Intento olvidarlas, a todas ellas,
a tus putas canciones,
a tus mentiras,
incluso a tus cuentos
de buenas noches.
Y, cuanto más lo intento, más me persigue
tu olor.

A veces me permito la indecencia de imaginarte
sentado ante el ordenador,
sumergido en un libro,
o llorando con un bending de guitarra.
Me pregunto cuál será tu comida favorita,
o si alguna vez
has soñado conmigo.

Entonces recuerdo tus ojos
enredados en mis labios,
y tus labios
enredados en mi pelo,
y tus manos
enredadas en mis manos,
y tu sonrisa.

Cómo me gustaría adherirme a tu espalda
y arquearme contigo...

Mientras, leo tus palabras,
escucho tus canciones,
continúo imaginándote
en esa vida
tan sencilla,
tan tuya,
y me hago de cristal.

¿Cómo ocultarte que incluso
una parte de mí
es tuya,
sin serlo?

jueves, 27 de junio de 2013

El último céntimo de paciencia.

Cuando eres pequeño, el tiempo no importa y crees que lo de "ser mayor" queda demasiado lejos como para preocuparse por ello. Y de repente te alcanza, te pilla desprevenido, desnudo, y te roba la inocencia de un guantazo. Descubres que la gente no es como pensabas en tu idílica infancia. Y después descubres que tu infancia tampoco fue todo lo idílica que tú creías. Y podrías llorar amargamente para que Mamá viniera a consolarte, pero también descubres que eso es una pérdida de tiempo. Tiempo, un elemento inmaterial tan preciado en la sociedad, sólo por debajo del dinero.

Te peleas con la casera,
y con los operadores de las compañías telefónicas,
porque todos se empeñan en rasgar hasta el último céntimo de paciencia.

Recibes mensajes en la plataforma electrónica de la Universidad que contienen una mierda de notas,
y miras a la pantalla, incrédulo, y le preguntas "¿Qué?", como el idiota que eres.
Y vas a la revisión de exámenes,
esperas tres kilos de tu preciado tiempo en la puerta de un despacho,
que se abre con un aliento gélido (porque un catedrático no puede vivir sin aire acondicionado),
y te da paso a la sonrisa burlona de alguien que te mira como si fueras la última mierda del planeta
(o quizás eso tendría más valor).
Y revisas el examen,
y te quedas con tu mierda de nota,
y te sientes así, como una mierda.

Vuelves a casa en tren,
después de que el revisor haya contado tres veces si te quedaban viajes en el bono
y te haya mirado como si fueras un ladrón.

Saludas a tus padres, saludas a tus hermanos, saludas a tu perro,
te acuestas en la cama,
y sólo quieres dormir, ni siquiera soñar.

Te levantas sin saber dónde estás,
ni qué estás haciendo con tu vida.
Ya no tienes ganas de volver a tu tierra,
porque cuanto más mayor te haces,
menos morriña (aunque nunca desaparezca).

Decides vivir sin reloj, maldito invento,
y evitas que lo urgente atropelle a lo importante (como decía mi profesor de Historia).


Y estoy harta del tiempo, del dinero,
del trato con los caseros y las compañías telefónicas,
de las revisiones de exámenes y la superioridad,
del tren, de las malas caras, del calor,
de no saber de dónde procedo,
ni a dónde me dirijo.
Y escribo, escribo para sacar de dentro todo,
para que unos (des)conocidos me lean,
y piensen lo que quieran pensar.

domingo, 9 de junio de 2013

Las cucharillas de café.

-Te leo -dijiste.

Y fue como si me dispararas en el pulmón. Cerré los ojos y se me inundó el alma en un suspiro.

-He dicho que yo te leo.

Y fue como si me arrinconaras de golpe. Sentí en mi espalda la desnudez de la pared, y la mía propia. Quise escribirte en la piel, bañarte y escribirte de nuevo, hasta el fin de mis días. Plasmarte cada sueño entre lunar y lunar. Contarte que un estudio sobre la psicología del autor distingue tres tipos de éstos: aquellos que crean un universo donde no existen las limitaciones que los restringen en la realidad, aquellos que vuelcan sus experiencias en sus textos y aquellos que imaginan unos personajes o un mundo al que normalmente tratan con crueldad. Pero, ¿para qué querrías tú saber todo eso?

-No sé si...
-Sí -corté-. Ya te he oído.

Y anhelé poder dibujarte el hilo de mis pensamientos en las puertas, en los cepillos de dientes, en las cuerdas de tender, en las cortinas de la ducha, en las cucharillas de café. Como hacía la chica de los ojos de perro azul de Márquez en las paredes. Pero, en lugar de eso, me quedé quieta. Y dejé que desviaras la vista y cambiaras de tema.

Aquella noche te observé mientras dormías del lado del corazón. Y yo, sobre mi pulmón perforado, te hablé como en sueños, y te desvelé mis secretos. No todos, porque me enseñaron que hay que dejar al lector con hambre. Y caí rendida, con miedo a tu ausencia al despertar. Porque, si tú me lees, no necesito más.


Desperté con el olor a tostadas pegado a la nariz y tu sonrisa ingenua desde la puerta. Así que, al fin y al cabo, that was just a dream. O eso dice la canción de REM.

sábado, 8 de junio de 2013

¿A quién le escribes?

La reconocí inmediatamente;
podría haberla reconocido en medio de una multitud.

Ernesto Sábato, El túnel.


Doblo con cuidado una camiseta mientras me pregunto cómo consigues estar tan cerca, y tan lejos a la vez. Como si aquello fuera a terminar con mis problemas. Como si el mundo se redujera en una fracción de segundo a esa cuestión irresoluble. He visto a mi madre hacer y deshacer maletas dos veces al año, durante diecinueve años, y su jerarquía se me ha quedado tan grabada a fuego en la memoria que ya no puedo imponer mi habitual caos a la actividad. ¿Qué estarás haciendo ahora? No tiene importancia. Doblo un pantalón vaquero roto. Mi madre odia esos pantalones. Mis pantalones preferidos. Los dejo a un lado. Supongo que me los pondré hoy, para darle un poco en la nariz cuando baje del tren.

El hilo conductor de nuestra historia es tan débil que me siento caer cada vez que una ráfaga de viento me envuelve en tus dudas. El borde del fin del mundo está tan cerca que casi puedo oler a la muerte llamándome a gritos para que deje caer la caja de música en su poder. Pero la rutina me mantiene anclada a la única parte segura de estos pensamientos tan quebradizos, y agarro fuerte la caja de música contra mi pecho para que nadie pueda arrebatármela.


Podría escribir un manual sobre cómo hacer una maleta sin dejarme una sola prenda por colocar en su adecuado nivel. Veamos, un capítulo entero dedicado a la ropa interior: bragas, calzoncillos, sujetadores y demás (sin olvidarnos de los calcetines, claro) deben ir al fondo. Suelen ser las prendas más íntimas y no suele gustarnos que los demás las vean, aunque hoy en día ya no sé qué pensar. En fin, que si por casualidad nos vemos obligados a abrir la maleta en la estación, no nos avergüence un tanga de leopardo en primer plano.


Las paredes de la habitación me gritan desde su desnudez inmaculada. Me quedan miles de historias por contar y no hago más que tropezar en la misma esquina del folio en blanco. Respiro hondo y me acaricio la frente. El día en que acaben los despiadados dolores de cabeza (te) escribiré algo que realmente valga la pena. Doblo otra camiseta. Normalmente, tras la ropa interior, colocamos los pijamas, porque tampoco queremos que nadie los olisquee desde su curiosidad insana. Y después, pues los pantalones, o las camisetas, o las dos cosas. Y las chaquetas. Y los zapatos van en la otra parte. Y... ¡¿qué importancia tendrá?! ¡¿Por qué me preocupo por la jerarquía de la ropa en una maleta?! Supongo que yo sería una de esas chaquetas viejas que da igual donde vayan puestas y de qué manera, porque voy a seguir tan pasada de moda y tan arrugada como siempre.


Cierro la maleta con un suspiro e intento levantarla en peso. Decido que voy a morir de camino a la estación. Y rezo porque sea nada más salir del portal y no subiendo al tren. Me siento en el frío suelo para calmar este corazón desbocado que relincha como los protagonistas del hipódromo justo antes de la carrera. Se me hielan los nervios, de plomo, y pienso en cuántos versos habré roto en aquel cuarto, cuántos habrán rozado aquel suelo, llorando tinta. No recuerdo en qué texto de Teoría de la Literatura leí que todo autor escribe siempre con la esperanza de ser leído por un público concreto. ¿Y quién es ese público?, me pregunto. ¿Para quién escribe un autor de best-sellers? ¿Acaso esas dedicatorias iniciales tan entrañables son ciertas? "Para mi mujer, Anita", "Para mis padres, por todo su apoyo". Guardad eso para los agradecimientos, si no es cierto, y contadle al mundo el motivo real de la inspiración: "A mi perro", "Al whisky", "A la puta sin nombre que me tiré en el baño de aquel asqueroso bar de carretera". Es difícil escribir si eres consciente de que quien tú quieres que te lea, no lo hará.


El asiento del tren parece mucho más cómodo tras la calurosa caminata. No siento los brazos. La habitación ha quedado desnuda y sola, como una amante rechazada, herida en su orgullo de femme fatale. El revisor me pide el billete y, mientras se lo doy, barajo la posibilidad de recitarle aquellas palabras de Amélie: "Sin ti, las emociones de hoy no serían más que la piel muerta de las de ayer". Pero me contengo. Mi cobardía no me permite averiguar si la respuesta sería una carcajada, una sonrisa o una cara de extrañeza, y me convence de que la última opción es la más probable en esta sociedad insensible. "¡Al cuerno la actividad poética!", parecen decir sus caras, "¿Acaso los versos se pueden comer?".


Me apago y pienso, durante unos segundos eternos, en cómo sería encontrarte en la estación. Uno de nuestros encuentros casuales, que no tienen nada de casualidad. Gritarte con la mirada mientras camino hacia la puerta, alejándome. Me quito esas absurdas de la cabeza. Qué idiota. Pero qué ganas tengo de gritarle a todo el mundo las cuatro verdades que me incendian por dentro. Qué difícil es escribir cuando no tienes nadie a quien escribirle. ¿A quién le escriben los poetas? A sus amadas, a sus rivales, a sus vivencias. Hay momentos en los que no tengo a nadie a quien escribirle. Y se me llena la habitación de versos rotos. Pero siempre queda algo, el motivo último de todo este mare magnum sin sentido, y vuelvo a llenarme de palabras.


Pero, ¿qué gracia tendría reconocer que...? Bajo del tren, y lo primero que dice mi madre al verme es "Joder, otra vez esos pantalones rotos". Bienvenidos a la realidad.

jueves, 30 de mayo de 2013

VII. Incandescente

Arranqué de tus ojos y me perdí entre líneas.
¿Para qué encontrarme si voy a destiempo?

Entre tus dudas y mis certezas,
a tus abismos, a nuestros volcanes.
Para sobrevivir en tus entrañas,
doliendo, liberando, entre los pulmones,
arrancándote la vida en cada suspiro
y amándote en metal.

¿Por qué no perderme entre tus cuerdas,
y saltar al vacío a la próxima oportunidad?

miércoles, 22 de mayo de 2013

Ésta es mi casa

No cabe duda. Ésta es mi casa
aquí sucedo, aquí
me engaño inmensamente.
Ésta es mi casa detenida en el tiempo.

Llega el otoño y me defiende,
la primavera y me condena.
Tengo millones de huéspedes
que ríen y comen,
copulan y duermen,
juegan y piensan,
millones de huéspedes que se aburren
y tienen pesadillas y ataques de nervios.

No cabe duda. Ésta es mi casa.
Todos los perros y campanarios
pasan frente a ella.
Pero a mi casa la azotan los rayos
y un día se va a partir en dos.

Y yo no sabré dónde guarecerme
porque todas las puertas dan afuera del mundo.

Mario Benedetti.

sábado, 13 de abril de 2013

¿Qué?






Y él había suspirado entonces y ella le había dicho "qué". Y él le había respondido "nada", como respondemos cuando estamos pensando "todo".


Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sábato.

domingo, 31 de marzo de 2013

El verbo "soler" carece de futuro, de condicional y de imperativo.

Solía escribir. Últimamente me dejo caer dentro de la página en blanco. No es miedo, no es esa estupidez de la huidiza musa, no. Es, sencillamente, cansancio. Me estoy llenando de Góngoras y Quevedos, y quiero vomitar. El otro día soñé que me comía a mi perro y, vaya, no sé si todo esto tendrá algo que ver. Yo quiero un Neruda que me grite cuando callo y un Bukowski que me susurre pájaros azules, o máquinas de follar. A mí qué más me da. Ojalá apareciera aquí Sábato diciéndome "nada" cuando en realidad está pensando en "todo", o Márquez con su "estamos solos en el mundo" a Delgadina. Estoy harta de las novelas picarescas y de los sonetos. Por Dios, nunca (me) escribas un soneto. Antes de escribir un soneto, sal a la calle, respira, fúmate un cigarro, echa un polvo, en el orden que quieras, y olvida la idea del soneto por siempre jamás.

Solía escribir. Ahora me duele un punto en la frente, justo entre los ojos, cada vez que lo intento. Leo. Leo artículos horribles sobre qué es la literatura. Y, hostia, no se aclaran. Que si la literariedad, que si la ficcionalidad, que si déjenmeleerenpaz-iedad. El problema reside en que todo me parece fascinante. Cómo el ser humano se puede complicar de esa manera tan retorcidamente magnífica. Cómo llegó a crear esos grandes mundos en los que evadirse. No sé si habrá vida más allá de la Vía Láctea, pero seguro que ellos no tienen literatura. Creo que eso será lo que escriba en el examen: "¿Que qué es la literatura? Mire, excelentísimo catedrático, yo no sé qué es la literatura, pero sé que los extraterrestres no tienen". ¡Un diez! Ya lo estoy viendo.

Solía escribir. Perdonen tanto rencor, pero hoy he visto tal cantidad de faltas de ortografía en personas adultas que me han dado ganas de llorar. Y ya la noticia del posible comienzo de una III Guerra Mundial, pues qué decir. Si de verdad empieza, todos a averiguar el método de Gregorio Samsa, porque sólo van a sobrevivir las cucarachas. Tómenselo a risa, pero yo le preguntaría a Kafka (mediante una sesión de espiritismo o algo así) de dónde sacó la idea, por si acaso. Y si llega y no hay método, que la muerte os pille abrazados a una puta o borrachos, o en el mejor de los casos abrazados a vuestra alma gemela o felices, pero nunca, repito: nunca escribiendo un soneto. No me jodáis, ¿eh?

Solía escribir(te). Y lo sigo haciendo, muy de vez en cuando. Quizás la muerte me pille así.

lunes, 18 de marzo de 2013

Pájaro azul

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que esté ahí dentro.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme un lío?
¿es que quieres mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?


hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.

luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?

Charles Bukowski.

domingo, 10 de marzo de 2013

Y la palabra surge.

Todo es ya tan secreto
Que el orbe queda en torno tras un muro
Circular. Las ventanas dan a un aire
Clarísimo con frondas.
De noche aún, el día nos circunda,
Mayo o tal vez Junio
Y una frescura de jardín orea
Nuestros cuerpos, radiantes de ser almas
Tangibles y visibles.
Ya tanta plenitud quisiera ser bien dicha.
Desemboca el silencio en la palabra
Y la palabra surge
Con tal fervor que es nueva
Para nombrarte, desnudez presente
Bajo la luz que te descubre, pura,
En un retiro exento
De sombra hacia pecado,
Sin ese vil espejo deforme,
Tendido en su lenguaje pro los otros.
Tu intimidad, amor,
Siempre recién creada: poesía.


El lenguaje del amor, Jorge Guillén.

domingo, 24 de febrero de 2013

La tormenta.

Entró dando un portazo y comenzó a desnudarse. Alcancé a ver la tormenta en sus ojos antes de que cayera sobre mí. Me empapó el alma con su aroma y se apoderó de mi piel. Noté su aliento en cada poro cuando me dijo:

"Vamos a respirarnos mutuamente, mi amor, como si fuéramos ráfagas.
Revolvámonos el cabello y las entrañas. Entrelacémonos en un huracán."


¿Cómo negarme?

martes, 19 de febrero de 2013

VI. Etérea


Por un momento creí que moriríamos allí, tan quietos.
Me volví etérea mientras te imaginaba junto a mi piel.
Aparecieron los suspiros, como sogas en mi garganta,
y se atrevieron a apagarme la voz.

Volaron las cenizas del recuerdo en forma de huracanes,
arrancaron en jirones las cicatrices del corazón.
¿En qué instante decidimos quedarnos tan al descubierto,
enredándonos en cruces de miradas?

¿Cómo acabó tu olor lloviéndome despacio el alma por dentro?
Se acercaron nuestros rostros, y nuestros ojos, y nuestros labios;
huyeron nuestros miedos, nuestros errores; paramos el tiempo
y nos rehicimos con las manos.


jueves, 7 de febrero de 2013

Qué sé yo, me retumba el corazón, como batallando.

Me enseñaron que los poemas se escriben desde nuestras entrañas, con la vana esperanza de anidar en las de otros y, con un poco de suerte, en las tuyas. Pero es que nunca me salen bien y acabo prosificando este dolor de cabeza como mejor puedo. Qué sé yo, me retumba el corazón, como batallando. Y se me desmayan los párpados.

Qué fríos pueden llegar a ser los días de viento en los que los órganos me picotean por dentro. Parecen gorriones revoloteando, nerviosos, pugnando por escapar. Y yo los retengo como puedo, ato más fuerte el nudo que nos une y evito que vuelen hacia ti. Para no asustarte con tanta sangre, con tanta víscera, con tanto querer.

Pero es que, uf, me gusta tanto cuando me desnudas despacito el cerebro. Así, con palabras dulces y un punteo suave. Sólo un momento, para que no me empache. ¿Y mis murallas? Qué desarmada me siento. Qué vulnerable. Y qué feliz. Todo en un mismo instante. Cuánto miedo y cuánta euforia. ¿Cuántos besos? ¡A saber!

Dibujo de Benjamin Lacombe.

[Qué día tan bonito... Y qué ganas de ti.]

lunes, 4 de febrero de 2013

No se me importa un pito que las mujeres...

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

Oliverio Girondo.

[Descubrí este poema y a su autor a partir de la película El lado oscuro del corazón, totalmente recomendada].

jueves, 17 de enero de 2013

Abrasa y hiela.

Amor mi sprona in un tempo et affrena,
assecura et spaventa, arde et agghiaccia,
gradisce et sdegna, a sé mi chiama et scaccia,
or mi tene in speranza et or in pena, [...]



Cancionero, Petrarca.


Amor me aguija a un tiempo y me refrena,
me asusta y me sosiega, abrasa y hiela,
me echa y llama, desdeña y amartela,
me da esperanza un tiempo y otro pena, [...]




Creé esta entrada el 18 de Octubre de 2011. No sé porqué no la publiqué. Hoy, justo hoy, he decidido hacer limpieza entre los cientos de borradores del blog. Y, vaya, hoy le encuentro sentido, ¡quince meses después! No está mal.


Yo es que me perdería en el hielo de tus manos, hasta que abrasaran. Y más, mucho más. Yo me fundiría en tu piel hasta llegarte al alma.  Y más, mucho más. Yo me escondería allí, bien adentro entre los pulmones, controlando tu respiración, dándoles cuerda a Sístole y Diástole (los inseparables), y a sus miles de historias. Y más, mucho más...

martes, 15 de enero de 2013

¿Qué es un escritor?

¿Qué es el amor? ¿Qué es el alma?
¿Qué son tus labios? La nada. El todo.
Sólo cuando yo los miro. Sólo cuando tú me besas.

A ella le gustaba andar descalza, sentir las cosquillas del frío en la planta de los pies, y observar con detenimiento la tinta clavada en la piel. Se paseaba desnuda del baño a la habitación para vestirse tras la ducha. Tendía cada prenda de la colada con pinzas del mismo color para contrarrestar el caos de su memoria. Guardaba carpetas llenas de fotos en el ordenador y las abría cada cierto tiempo con la esperanza de sentir aquella calidez remota.

Su comida preferida era el helado, de cualquier sabor menos el de pistacho. Era pura contradicción. Era azúcar con café. Y chocolate. Se dejaba la puerta de la desconfianza abierta, porque sabía que nadie iba a reparar en aquel callejón. Ponía la música fuerte a todas horas. En su lista de reproducción era capaz de saltar y gritar con Extremoduro y, al momento, concentrarse en un capricho de Paganini. Ésos no eran más que destellos de su naturaleza feroz.

Se revolvía en los días de viento, y callaba una sonrisa torcida en los de lluvia. Su lema era ése que reza "Vísteme despacio, que tengo prisa". Y se lo aplicaba en casi todos los ámbitos de la vida. Consideraba a la mujer de cada espejo una nueva desconocida, para no aburrirse, para soportarse, para odiarse sin tapujos y amarse sin narcisismo. Me mentía descabelladamente con su dulce voz, y acabábamos vendiendo el alma al diablo por una noche más.

Y yo, yo la miraba caminar desnuda entre las horas, paseándose entre los minutos que nos separaban. Tenía los labios cortados, de hierro. Pero a mí lo que me encendía era su mirada, sus ojos negros directos y suplicantes, sus iris fundidos en las pupilas justo un segundo antes del orgasmo.


Bienvenido a la realidad. Ella no existe. Chas.

Te voy a decir lo que es un escritor. Tú, cuando escribes, ¿sientes que le das vida a esos personajes de tu mente?, ¿sientes que tú eres el protagonista que dispara y mata con un revólver en primera persona?, ¿sientes que tú eres quien ve toda la escena y conoce los secretos de cada rincón en la tercera? Bien. No dejes de sentirte así. Y escribe.

A la mierda eso de "escritor es quien tiene publicado, al menos, un libro". Vamos, no me jodan.

lunes, 7 de enero de 2013

A contratiempo.


Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta para ignorarla
y para que ningún malvado pueda dañarnos,
cuando se entere del total de nuestros besos.

"Poema V", Catulo (fragmento).




Deja que empiece el año en tus labios, que cree mi refugio en su calidez.
Voy a intercalarme a contratiempo en tu respiración.
Deja que rehaga mi ser a partir de la vida que habita entre tus labios.
En los párpados nace la noche, y la curiosidad en las manos.
Deja que pare el mundo, que sólo existan susurros.
Voy a hacerme pequeña en tus pupilas.
Haz de la piel unos labios, y de esos labios, corazón.