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martes, 14 de febrero de 2012

Boca arriba.

A veces me gustaría tocar el piano. Así, tal y como tú lo hacías. Tocaría aquella canción, ¿sabes cuál? Sí, esa flojita, esa que silban de vez en cuando los recuerdos. Esa que, cuando menos te lo esperas, sale en un anuncio y te jode el resto del día. O te lo alegra, quién sabe.

Tengo un piano en mi casa. Todavía te recuerdo allí sentado, colocando con suavidad tus pies en los pedales. La verdad es que nunca supe para qué se utilizaban el freno y el embrague, yo sólo utilizaba el acelerador, y así me va. De vez en cuando me siento en frente de él, levanto la tapa y acaricio las teclas. Nada ocurre. Tus dedos tenían mucha más destreza que los míos. Las manos se me quedan heladas. Ni una nota suena. No tengo la suficiente fuerza. Las teclas se me resisten. Soy un fantasma, incorpórea.

No. Nada. Hoy es uno de esos días en los que llegas a casa y te desnudas pensando en quién querrías que lo hiciera. Y te tiras en la cama, boca arriba, sin saber realmente qué estás haciendo con tu vida.

Hay vidas que son exactamente como un piano. Tienen ochenta y ocho teclas, algunas oscuras y otras claras. Pero necesitan al músico que ponga en marcha la maquinaria y cree la melodía de su vida. Qué hacer y qué no hacer. Los fortíssimo y los piano. La impulsividad y la prudencia. Cuando el músico se cansa, los abandona y las teclas dejan de sonar, caen en un letargo terrible del que parece imposible despertar.

Mi vida, a veces, es como ese piano. Cuando no estás, me quedo sin melodía, sin saber muy bien qué hacer. Las cuerdas se desgastan con el tiempo y es más fácil que se rompan cuando vuelvas. ¿Sabes que la cuerda de un piano puede partir a un hombre por la mitad? Todo conlleva su riesgo. Pero tú siempre vuelves y lo acaricias sin peligro. Se acaban los días de no saber quién soy. Y la locura nos rodea cuando las yemas de tus dedos rozan las teclas de mi piel.

domingo, 22 de enero de 2012

Nebulosa.

Las notas de un piano desconocido envuelven mis pensamientos. Y tú giras en el centro de todos ellos, como la estrella recién nacida en una nebulosa lejana. Los acontecimientos y las opiniones se suceden sin mucho sentido. La sociedad se corrompe, se pudre. La mierda ya no salpica, se hunde entre el fango que nos cubre y nos asfixia. Perdona que sea tan brusco. Hablaba sobre ti, sobre tu manera única de mantenerte firme después de tantos terremotos.

Me gustaría reconocer de una vez lo cobarde que soy y poder esconderme en tu cuerpo antibalas. Pareces el único puerto seguro al que anclarme en días de tormenta. Y, al mismo tiempo, te conviertes en esa mar furiosa que trata de arrastrarme hacia sus profundidades. Pero justo en ese último segundo de vida, en esa burbuja de aire que se escapa de mis pulmones, me devuelves a esa playa compuesta por granos de ánimo, que no de arena.

Silencio. Despierto. Las notas comienzan de nuevo, esta vez más cercanas, más reales. Me doy la vuelta, todavía aturdido, y abro los ojos despacio. Allí estás, sentada al piano, desnuda, perfecta. Me sonríes y me muero de celos por cómo acaricias las teclas. Puede que lo único que valga la pena en este puto mundo sean tus miradas. No voy a filosofar ahora, ni a convertirme en poeta. Pero observo cada milímetro de tu piel y, dios mío, no sabes las ganas que tengo de hacerte el amor entre las sombras.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Orquesta.


Mi orquesta. Este año. Quizás no somos tantos y no sonamos tan tan bien, pero tocamos con más ganas que nunca. Y por si os había quedado alguna duda de lo que es disfrutar de la música, aquí tenéis el mejor ejemplo que podían daros:


¿Qué más se puede decir? ¡Escuchadlo cuántas veces queráis! Cien, mil, cien mil millones...

[Me encanta ese director. Su cara, sus gestos... en serio, fijaos].

jueves, 29 de septiembre de 2011

Romanza.


A veces, me planteo seriamente la posibilidad de que algo tan bello sea real. Intentaría escribir algo sobre ello, pero hoy... hoy sólo tengo ganas de ella. De volver a verla. De acariciarla. De hacerla vibrar... de fundirnos.

Así que... os dejo la Romanza de Bruch, con una magnífica violista (y su viola de 1615) y una perfecta orquesta acompañante.

miércoles, 1 de junio de 2011

Quizás no es tan cobarde...

[Otro punto de vista de "Si no hay más remedio...", porque de vez en cuando es bueno saber qué piensa la otra parte...]



El viento se cuela a través de la ventana abierta, hace que las cortinas ondulen y mueve suavemente las partituras, sin llegar a tirarlas. Los últimos rayos del crepúsculo se reflejan en el espejo junto a mi imagen. Sentada, con el chelo entre las piernas, me dejo llevar por la imaginación y compongo al azar notas que no tendrían mucho sentido en un análisis completo, pues no hay parte A, B o C, ni frases, ni una sucesión ordenada de Tónica-Dominante-Subdominante que determine las tonalidades y modulaciones correspondientes. No hay cadencias conclusivas... aunque he de reconocer que las Rotas me pueden. Me encanta cómo suenan. En realidad, ¿qué más da la estructura o la tonalidad? Lo importante es disfrutar del sonido, del contacto con las cuerdas, con el arco, de la relación que se establece con el instrumento...

Mi pequeño. No sé cuántos años llevo ya con él, he perdido la cuenta. Hemos tenido nuestras rachas, buenas y malas, pero siempre vuelvo. Nunca se ha quejado, nunca me ha rechazado, nunca... nunca me ha hecho sentir diferente. Su simple contacto me produce escalofríos, pequeños temblores de nervios y excitación. Porque sé que cuando estamos juntos, el mundo que nos rodea desaparece, quedamos suspendidos en el aire, fuera del alcance del resto de mortales, y somos invencibles.

Oigo unos pasos a mis espaldas. No puede ser. Le he dicho mil veces que no entre mientras estoy con mi pequeño. Qué cabezota es. Sigo tocando, como si no lo hubiera escuchado. De hecho, le pongo más empeño, más ganas, más... pasión. Crece la intensidad de la melodía, cambio de posiciones constantemente, me deshago en el contraste entre fortíssimos y pianos súbitos. Por un momento, me olvido de que él me observa y toco como si nada me hubiera interrumpido. Vuelvo a conectar con el instrumento que aferro entre mis piernas y disfruto de las últimas descargas de placer que me produce. Me doy la vuelta y lo miro fijamente mientras termino con varios acordes finales, en una cadencia perfecta compuesta, claro. "De segunda especie", diría aquella profesora de análisis de la que ya no recuerdo el nombre.

-¡Idiota, me has asustado! -exclamo.
-Cualquiera lo diría, yo te veo muy tranquila -¿por qué siempre tiene que pillarme? Alguna vez le ganaré.
-No me vaciles, guapo, sabes que odio que me veas mientras...
-...mientras estás con tu querido. Ya, lo sé, pero ya que consiento vuestra relación, podrías dejarme al menos que yo también disfrute.

Y tiene razón, quizás, pero me da tantísima vergüenza que me vea mientras estoy con él... No sería lo mismo. O sí, lo cual me cohibiría aún más. Me doy la vuelta y guardo el instrumento. Limpio los restos de resina de la madera cercana al puente. Lo acaricio de forma inconsciente antes de cerrar la cremalleras, deseándole un buen descanso e incluso dulces sueños. Estoy completamente segura de que algo tan maravilloso debe tener vida propia, aunque a primera vista no se pueda apreciar.

Vuelvo a mirarle y sonrío. Ya sé cómo contraatacarle. Me acerco a él, disfrutando del tacto de mi vestido contra la piel, y justo cuando estoy a su lado, suelto el prendedor que recoge mi pelo y lo balanceo, dándole suavemente en el rostro. Los rizos me caen sobre la espalda. Adoro esa sensación. Cojo el vestido por la parte de la cadera, con los brazos cruzados, y tiro de él hacia arriba hasta quedar desnuda.

-Voy a ducharme, a ver si también te atreves a entrar ahí, cobarde -le digo.

Sé que es superior a él, que considera la ducha algo demasiado íntimo, individual, aunque nunca entenderé porqué. Aún así, juego con la idea de que se atreva. No estaría nada mal. Me río. No, desde luego, no estaría nada mal probar una ducha juntos.

Me meto dentro de la ducha y cierro la mampara. Abro el grifo. Dejo que el agua me deshaga los rizos y roce mi cuerpo, cada milímetro de mi piel, cada uno de mis cabellos. Oigo unos pasos entrando en el baño. Cierro el grifo. ¿Realmente se va a atrever? Quizás no es tan cobarde como yo pensaba. La sensación que me produce saber que él estará viendo mi cuerpo difuminado a través de la mampara sube como un cosquilleo desde el estómago. Apenas puedo respirar.

Cojo el champú y echo una buena cantidad en mi mano. Después, intento que haga toda la espuma posible en mi pelo. Me encanta ese olor. Y sé que a él también. Se mueve. Intento ver qué hace. Se quita la camisa, despacio, botón a botón, y la deja sobre el lavabo. Me gusta tanto... Casi no puedo contener las ganas de salir ya de la ducha para besarle. Abro de nuevo el grifo, con la esperanza de distraerme unos segundos más. Cierro los ojos y quito la espuma de mi pelo. Pero, no puedo evitar ser consciente de sus movimientos, de cómo se quita el resto de la ropa. Corto el grifo. Veo sus manos sobre la mampara y aguanto sin respirar. ¿La abrirá? Ya que ha llegado hasta aquí, estoy casi segura de que lo hará, un 99'9 por ciento. Pero, ¿y si no lo hace? Son apenas unos microsegundos, pero me comen los nervios. Y, por otro lado, la situación me excita sobremanera. No puedo aguantar más. Abro las puertas de la mampara antes de que pueda cambiar de idea.

-Creía que no te atreverías nunca -le digo, pícara.
-Yo... ya ves. Hagamos un trato, si yo he conseguido no ser un cobarde, no seas tú una egoísta y déjame al menos verte tocar de vez en cuando.
-Como mucho una vez por semana. Siempre y cuando después te duches conmigo.

No creo que sea un mal trato, ambos salimos ganando.

-Si no hay más remedio... -dice.
-Tonto, aún estás a tiempo de volver sobre tus pasos -le incito, aunque es lo que menos deseo en estos momentos.
-Creo que prefiero quedarme contigo -sonríe.

Cómo me gusta su sonrisa. Siento un pequeño calambre cuando me toca. Tiene la piel seca, caliente todavía, pero ya me encargaré yo de cambiar eso. Noto cómo su piel absorbe las gotas que me cubren y caen en finos hilos por mi cuerpo. Alza la mano izquierda y me acaricia el pelo mientras me besa lentamente. Todos mis sentidos se vuelcan en esa sensación. Lo guío hacia el interior de la ducha y cierro la mampara. Lo que pasa a partir de ahí ya es algo entre él y yo.

Si no hay más remedio...

El viento se cuela a través de la ventana abierta, hace que las cortinas ondulen y mueve suavemente las partituras, sin llegar a tirarlas. Los últimos rayos del crepúsculo se reflejan en el espejo junto a su imagen. Me acerco sin hacer ruido y espero apoyado en la pared. Ella continúa tocando, no se ha percatado de mi presencia. Si lo hubiera hecho, habría parado. La contemplo maravillado. Coge el arco con fuerza y arranca un sonido espectacular al instrumento, muy fuerte, sin llegar a rasgar las cuerdas. Observo cómo su brazo derecho se mueve con amplitud cambiando de una cuerda a otra, cómo lo inclina en los piano, cómo lo acerca al puente en los fortíssimo. Aunque he de reconocer que su mano izquierda impresiona más, cambiando de posición continuamente sin desafinar una sola nota. Siempre me han dado grima las notas muy agudas, pero suenan tan suaves cuando vienen de ella...

Contemplo su rostro. Su gesto es firme, decidido, pero al mismo tiempo frunce los labios en señal de concentración, y siempre queda un pequeño lugar para la duda. Suspiro intentando no hacer demasiado ruido. Es que me falta el aire cada vez que la veo tocar. Se entrega como si... como si su instrumento tuviera vida. Establece una especie de conexión y el mundo a su alrededor desaparece. Puede pasar horas enteras con él, sin cansarse. Y nunca me deja verla, por eso este momento es tan especial, tan único.

De repente, como si hubiera leído mis pensamientos, se da la vuelta y ejecuta los acordes finales mientras me mira. El último en dos arcos, rontundo. Aplaudo. Sé que ya está enfadada, pero no me dejo amedrentar por sus malas pulgas, conozco la fórmula para exterminarlas.

-¡Idiota, me has asustado! -exclama.
-Cualquiera lo diría, yo te veo muy tranquila.
-No me vaciles, guapo, sabes que odio que me veas mientras...
-...mientras estás con tu querido. Ya, lo sé, pero ya que consiento vuestra relación, podrías dejarme al menos que yo también disfrute.

Se queda pensativa unos segundos. Después, me da la espalda y guarda el instrumento delicadamente. No oculta las últimas caricias con que le obsequia antes de cerrar las cremalleras. Luego me mira. Comprendo al ver sus ojos que ya ha pensado su estrategia de contraataque. Estoy preparado, o eso creo. Se acerca despacio. Me encanta el vestido que lleva puesto, le deja al descubierto las piernas y le hace la cintura más delgada. Pasa por mi lado, se suelta prendedor y mueve el pelo para que me de. Siento sus rizos en mi cara, cierro los ojos y aspiro su olor. Sigue su camino. Atraviesa la puerta hacia el pasillo mientras se deshace del vestido. Me quedo donde estoy, con los ojos como platos ante la última imagen de su cuerpo desnudo.

-Voy a ducharme, a ver si también te atreves a entrar ahí, cobarde.

Cómo sabe darme donde duele. Sabe que eso es demasiado íntimo, que odio que entren cuando me estoy duchando y que, por tanto, soy incapaz de entrar cuando alguien más lo está haciendo. Es una tontería, pero no puedo, no puedo. Dios, pero tampoco no puedo dejarme vencer tan fácilmente. Será su gran victoria y no podré verla nunca más tocar. Mmm... vamos. Camino hacia el pasillo. Veo la puerta del baño entreabierta y oigo cómo el agua empieza a caer. Ahora mismo rozará su cuerpo, cada milímetro de su piel, cada uno de sus cabellos.

Entro en el baño. Corta el grifo. Oigo cómo echa el champú en su pelo y masajea. Me pongo malo sólo de olerlo, me gusta demasiado. Y ella lo sabe. Doy un paso más. Me desabrocho la camisa y la dejo encima del lavabo. Ella vuelve a abrir el grifo. Suena de nuevo el agua. Aprovecho para desabrocharme los botones del vaquero. No puedo, no puedo... pero no puedo dejarme vencer. Además, la visión difuminada de su cuerpo a través de la mampara del baño hace que me vuelva loco. Me deshago de toda la ropa. Corta el grifo. Pongo las manos sobre la mamparam dispuesto a abrirla. Y, antes de que pueda hacer nada, ella las abre y me mira sonriente.

-Creía que no te atreverías nunca -me dice, pícara.
-Yo... ya ves. Hagamos un trato, si yo he conseguido no ser un cobarde, no seas tú una egoísta y déjame al menos verte tocar de vez en cuando.
-Como mucho una vez por semana. Siempre y cuando después te duches conmigo.

Suspiro.

-Si no hay más remedio...
-Tonto, aún estás a tiempo de volver sobre tus pasos.
-Creo que prefiero quedarme contigo -sonrío.

El contacto con su piel mojada me produce un placentero escalofrío que recorre toda mi espina dorsal. Acaricio su pelo, los rizos deshechos por el agua, y la beso lentamente. Se cierran las puertas de la mampara. Lo que pasa a partir de ahí ya es algo entre ella y yo.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Efímera y fugaz.


Cierra los ojos. Respira profundamente. Entra en el escenario mientras un tímido aplauso se extiende entre los miembros del público. Saluda con una reverencia formal. Abre la tapa del piano y ajusta el asiento a su altura. Se sienta y coloca las manos sobre las teclas. Siente un escalofrío. Echa los brazos a un lado y los deja sueltos un momento. Se relaja unos segundos. Se concentra.

Acaricia las teclas. Coge aire, en una respiración fuerte, y comienza a tocar.

Fuerte. Agobio. Desesperación. Suave. Tristeza.

¿Cómo interpretar los sentimientos que quiso plasmar Beethoven en su obra? ¿Cómo saber qué quería decirnos? Se deja llevar por la música y relamente no es consciente de lo que hay a su alrededor. Sólo existen las teclas, blancas y negras. Ochenta y ocho teclas, a su merced. Casi obsesivamente, bajan y suben. Y es mágico el sonido que producen bajo sus manos.

En su asiento, el pianista oscila y se adelanta en algunos fragmentos. Se acerca al piano casi acariciándolo. Desde el público, se lo ve entregado a una relación dolorosa. Las cuerdas vibran, tiemblan a su contacto. La estancia se llena de su sonido y la atención se centra en él, en su melodía, en su música.

Pero, ¿en qué está pensando él? El pianista está ya muy lejos del escenario. Vuela entre sus propios pensamientos. Se desliza entre los recuerdos. Las horas que ha pasado ensayando para el concierto. Desde un principio lleno de fallos hasta la lectura completa. Y luego, el toque personal. La interpretación propiamente dicha. Repetir fragmentos hasta la saciedad. Grabarlos en su memoria.

Sigue atento a cada nota, pero está muy lejos de allí en realidad. Ella. Ella ocupa su mente. Todo lo ocupa ella, como en el poema de Neruda. Recuerda los primeros acercamientos difíciles. Ella, tan resistente, no se dejaba tocar. Insistente, él no se dejó vencer. Consiguió, tras años y años, algún gesto por su parte, que le proporcionaba el impulso necesario para continuar con su lucha. Y cuando parecía que la tenía rendida a sus pies, volvía a desafiarle al irse con otros. Le comían los celos y la deseaba sólo para sí. Se encerraba con ella e intentaba hacerla entrar en razón. Sin embargo, siempre ocurría lo mismo. Ella volvía a desaparecer durante largas temporadas que pasaba en otros brazos.

Al final, siempre volvía a él. Con esfuerzo y dedicación, conseguía mantenerla a su lado. Pero le seguía dañando. Le seguía mordiendo el alma. Le seguía revolviendo las entrañas. Con cuchillos. Y sangraba, sangraba todo su amor por ella. Y la odiaba, la odiaba por amarla tanto y no saber vivir en su ausencia.

¿Ausencia? En realidad ella siempre estaba presente, aunque él no la viera. Pues el mismo sonido de su corazón marcaba el compás de sus pasos, que siempre le acompañaban. Era él el que no se amoldaba a su figura e intentaba cambiarla. Era él el que se obsesionaba con sus huidas.

Mientras tanto, ella le seguía siendo fiel cuando él la dejaba. Se rendía a sus proposiciones y dejaba que sacara de su piel las más bellas melodías.

Acaba la pieza. Él se da cuenta. Ella ha estado ahí siempre. Quizás ha sido él quien no ha sabido ver la libertad que necesita la música. Quizás ha sido él quien la ha acorralado contra una esquina. Pero sigue ahí, después de todo. Sonríe con cierta amargura. Se levanta y hace una reverencia mientras en público aplaude. Ahora lo entiende todo. No puedes encerrar en una jaula a un ser tan libre. No puedes querer poseerla. Debe ser efímera y fugaz, pues así es como más bella se luce.

Sale del escenario. Atraviesa las puertas y se deja envolver por la brisa. Ahora que lo ha comprendido, sólo quiere volver a tener un rato a solas con ella, para volver a acariciar su piel...

Me dirás que no es hermosa...

lunes, 16 de mayo de 2011

Infinitíssimo.

Ora tu pensa: un pianoforte. I Tasti iniziano. I Tasti finiscono. Tu sai che sono 88, su questo nessuno può fragarti. Non sono infiniti, loro. Tu sei infinito, e dentro quei Tasti, infinita è la musica che puoi fare. Loro sono 88, Tu sei infinito.

Imagínate: un piano. Las teclas empiezan. Las teclas acaban. Tú sabes que hay ochenta y ocho. No son infinitas. Tú eres infinito, y con esas teclas es infinita la música que puedes crear. Ellas son ochenta y ocho. Tú eres infinito.


Fragmento de "Novecento" (La leggenda del pianista sull'oceano), de Alessandro Baricco.

Infinitíssimo.

sábado, 9 de abril de 2011

Cicatrices.

Se acerca titubeante y dice un par de cosas que no llego a oír. Lo miro fijamente. De algún modo, sé que esconde una traviesa intención en su sonrisa. Observo cómo sus manos se deslizan hacia la cremallera del estuche mientras continúa hablando. Ahogo una protesta en mi garganta y permanezco en silencio. Abre el compartimento superior y echa un vistazo rápido, sin pedir permiso. Lo cierra de nuevo y forcejea con la cerradura del otro compartimento. Le ayudo a abrirla: "Aprieta hacia abajo", le digo. Lo consigue. Contengo la respiración mientras el ruido de las cremalleras al abrirse inunda mis oídos.

Levanta la parte superior y ve a mi pequeña, todavía cubierta por la pieza de terciopelo granate. Suelto todo el aire que he contenido. Descubre el instrumento con delicadeza, despacio, muy despacio. Tan, tan despacio, que me parece que pasan siglos mientras lo hace. Siento mi propio pulso en las muñecas, fortíssimo. Cuando la viola queda completamente visible, me siento cohibida. No puedo hablar. Como si una parte de mi alma hubiera quedado desnuda. Y siento la vibración del alma de mi pequeña dentro de su estuche, acariciada por unas manos desconocidas.

El alma de la viola es una pequeña barra cilíndrica de madera situada dentro de la caja de resonancia del instrumeto, en la parte cercana al puente, que sostiene ambas tapas de madera y evita que se chafen, dicho de modo coloquial. Sin el alma, el instrumento no podría sobrevivir.

Son apenas unos segundos. Siento cómo vibra ante el contacto desconocido y después me llama, confundida. Puede que sólo sea producto de mi imaginación.

-Qué bonita es -dice.

Sonrío. Pues claro que lo es. ¡A ver quién puede decir lo contrario!

Con rapidez, coloca de nuevo la pieza de terciopelo sobre mi pequeña, cierra las cremalleras y la cerradura. Me mira sonriente. No decimos nada más. No hace falta decir nada más. Ha vuelto a ver esa parte escondida de mi propia alma, sin pedir permiso. Y yo le he dejado, sin rechistar. ¿Por qué? Todavía no lo sé, pero confío. Porque, de vez en cuando, yo también veo partes escondidas de su alma entre sus miradas.

Cojo a mi pequeña y me alejo, no sin antes dedicarle una última mirada. Sabemos que la situación no volverá a repetirse hasta dentro de mucho tiempo. Quizás nunca.

Cuando llego a casa, me encierro en la habitación, pongo música lenta y abro el estuche. Me deshago del terciopelo y cojo el intrumento. Recorro cada una de sus curvas, cada una de sus cicatrices. Me gusta su olor a madera y metal mezclado. El olor a viejo y nuevo, a clásico y moderno, a pasado y presente. Al dejarla de nuevo en su lecho, veo un papelito caer. Lo recojo. Hay escritos una hora y un lugar, pero lo más importante es lo que pone detrás:

"Te he vuelto a ganar".

Sonrío. Eso ya lo veremos.

Preciosa...

sábado, 2 de abril de 2011

Todavía no.

Esperaré a que apaguen las luces para abandonar el escenario y deslizarme hasta tu lado. La orquesta comenzará a tocar, pero no me encontrarás entre la cuerda. Cuando acabe la primera pieza y tus ojos estén cansados de recorrer una a una las filas de músicos, te susurraré al oído, muy bajito "Estoy aquí, tonto". Me mirarás sorprendido, pero taparé tus labios antes de que exclames cualquier cosa, y sonreirás.

Comenzará la segunda pieza. Será una complicada, con muchos movimientos. Te explicaré cada uno de ellos. El preludio es la presentación, la allemande es un pequeño baile... Y te cogeré las manos cuando vayas a aplaudir al terminar cada movimiento. "Todavía no, todavía no". Y, cuando termine, con la última nota gloriosa al unísono de toda la orquesta, entonces y sólo entonces, dejaré tus manos libres y te animaré a aplaudir.

He dejado un sitio libre, situado más o menos en el centro de la orquesta. La persona que está sentada en ese lugar no soy yo. Yo estoy pasando el concierto a tu lado, con cada una de tus reacciones, de tus pensamientos. Sé que la tercera pieza no te ha gustado, pero también sé que la cuarta te va a encantar. Te miro cada poco y veo una sonrisa enorme dibujada en tus labios. Y no puedo más que sonreír yo también, como una idiota feliz.

La quinta y última pieza hace que tu corazón dé un vuelco. Te suena mucho, muchísimo. Te explico la banda sonora a la que pertenece. Tus pies se liberan de tu mente y bailan solos, chocando entrecortadamente contra el suelo. No llevas el ritmo bien, pero es gracioso verte así, como un crío pequeño, disfrutando.

La melodía terminará en un sinfín de acordes que te aturdirán y elevarán tus sentidos a la máxima concentración posible, a la máxima satisfacción, sobre todo el del oído. Entonces, desapareceré de tu lado, como si no hubiera estado allí ni un minuto del concierto, y volveré a mi posición dentro de la orquesta. Cuando termine de tocar esa última nota final, te miraré. Te levantarás. Aplaudirás. Sonreirás.

Y saldré corriendo del escenario para abrazarte, porque habré pasado un concierto junto a ti, aunque tú no lo hayas notado.


viernes, 25 de marzo de 2011

Improvisación.

Subo las escaleras despacio, cargada con la mochila, el chaquetón y el estuche de mi pequeña. Huele a madera y a resina. El tercer piso siempre suena distinto. Mientras que el resto del edificio es acorde, casi armónico, la última planta es un desmadre. Se confunden viento y cuerda, piano y guitarra, incluso percusión, en una desbaratada melodía de notas desafinadas, glisandos, golpes... Y cuando subo el último escalón, sonrío. ¡Cómo me gustan las cabinas!

Giro hacia la derecha y busco la número siete. Ésa es la llave que me han dado hoy. Cabina con piano, aunque no lo vaya a usar. Introduzco la llave en la cerradura, hago malabarismos para que no se me caiga nada, y abro la puerta. Alguien ha dejado una ventana abierta. Dejo las cosas a un lado y me subo a una silla para cerrarla. Qué frío. Dejo la viola en el taburete del piano, un piano negro de pared, de una marca rara. Es bonito. Acaricio las teclas distraídamente. Suena un Do#, un Mi y un Sol. Mmm... no recuerdo cómo continuar aquella pieza, así que aparto las manos del piano. Cierro la tapa.

Miro el estuche cerrado de mi pequeña viola. Y hoy, decido no abrirlo en mi hora libre.

Cojo las llaves y salgo de la cabina tras cerrarla. Doy un par de saltitos a lo Heidi entre puerta y puerta, asomándome por las ventanas. Seguro que ellos están, seguro que ellos están. Vamos, hoy me siento sola, tienen que estar. Los encuentro en la diechiocho. Me cuesta abrir la puerta, y necesito varios intentos para conseguirlo. Me sonríen, pero no dejan de tocar. Cierro de nuevo la puerta y apoyo la espalda en ella.

Son un grupo extraño.
El pianista no es en realidad pianista, pero se pasea entre las teclas como si lo fuera. Tiene el pelo al cazo, despeinado. Es un chico alto y algo delgado. Y es raro verlo sin la típica barba de dos o tres días.
El violonchelista es un chico aún más alto, aunque al estar sentado en la silla no se pueda apreciar. Lleva gafas y una ropa bastante formal. Le gusta acariciar las cuerdas de su violonchelo por la parte más cercana al puente y tocar agudos dulces.
Lo más característico del violinista es que siempre lleva puestos zapatos pulcramente limpios y blancos, marca DC. Algún día se los robaré, todos. Es un chico bajito y suele vestir jerseys a rayas. Toca su violín de pie, con ganas, con fuerza.

A los dos minutos paran de tocar. La improvisación no daba para más.

-¿No te animas a tocar? -me dice el pianista.
-Eh... no, creo que hoy no. Sabes la vergüenza que me da. Además, yo no sé improvisar.
-Siempre dices lo mismo... Algún día tocarás -hace una pausa, mirándome con media sonrisa-. Bueno, entonces dí tonalidad.
-Emmmm... no sé, ¿Fa menor?
-Ya habéis oído, chicos.

Comienza el violonchelo con un solo que va en crescendo, hasta llegar a esos quedos y azucarados agudos. Tras un par de frases, entra el piano, con un ritmo lento, como acompañamiento, seguido del violín, con notas largas, suaves. Es el violinista el que modela ahora la melodía a su gusto, mientras el violonchelo sigue a su ritmo. Ambos se complementan a su manera. Entonces, el piano se une con su propio acantilado de notas. Los tres suenan distintos y, a la vez, los tres están unidos. Me levanto, sin hacer ruido, y me siento en el suelo, en el centro del triángulo que forman. Me gusta cómo sonríen mientras tocan, es tan natural, nada comparable a las audiciones o conciertos formales. Eso es mucho más simple, más placentero, es amor a la música, es... es música en estado puro. Y eso no se puede ver (u oír) muy a amenudo. Cruzo las piernas a lo indio y dejo que la música, que su música, me inunde el alma.

Ya no son piano más violín más violonchelo, ahora son un solo instrumento. Los tres se moldean y se unen. Una única melodía me envuelve. Me siento suspendida en el aire, entre una bruma que huele a madera y metal. Los tres se turnan sin palabras, pasándose el ritmo y la melodía de unos a otros. Me gustan los pizzicatos que hace el violonchelo sin previo aviso, las semicorcheas que inventa el violín para lucirse, y los acordes entrelazados del piano, cuyo sonido se escapa de la tapa abierta, de las cuerdas vibrantes.

Y en ese pequeño epicentro del terremoto musical, desaparezco del mundo durante un momento. No sé cuánto dura, pero ya no estoy allí. La mente en blanco y una sensación de éxtasis me cubren. Y, cuando vuelvo, parpadeo un par de segundos y vuelvo a mirarlos. El mundo sigue donde estaba. Y ellos siguen tocando. Nos sonreímos. Ellos también lo han sentido. Acaban poco después, con unos acordes lentos, de final abierto.

Me despido y salgo de la cabina. Voy en busca de mi pequeña. Abro el estuche y la acaricio delicadamente. Tengo unas ganas enormes de volver a hacerla mía, de hacer que suene para mí. Coloco la almohadilla y tenso el arco. La coloco en mi hombro y rozo lentamente las cuerdas. Apenas doy un par de notas. Sólo afino. La improvisación magistral, otro día, ahora tengo clase.

Al salir de la cabina, me encuentro con el extraño grupo y bajamos las escaleras juntos. Devolvemos las llaves y vamos a clase. Y en nuestras sonrisas dejamos también un final abierto, porque el viernes que siguiente volveré a tener una hora libre y, bueno, alguien tendrá que decirles en qué tonalidad improvisar, ¿no?


viernes, 4 de marzo de 2011

Marcha Fúnebre.

Suena la Sonata número 2 en Si menor de Chopin, el tercer movimiento, aquella marcha fúnebre que tanto te gustaba.

La brisa me revuelve el cabello. Intento colocarlo en su sitio mientras camino entre las estrechas calles de este recinto de sombras y silencio. De repente, replican las campanas de la iglesia. Doy un brinco y miro hacia allí. Las puertas se han abierto y salen un par de personas vestidas de negro. Les sigue el escueto cortejo fúnebre y los portadores del ataúd. Casi como en un desfile, marcan un paso lento, acompasado. Me hago a un lado para dejarlos pasar. Nadie me mira. No existo.

Retomo mi camino. Puede que suene macabro, pero me gusta venir aquí. Traigo un ramo de violetas. No sé si eran tus flores preferidas, pero sé que de alguna forma te estoy entregando algo de mí con ese color. Las paredes están repletas de pequeños cuadrados con placas e inscripciones. Cada vez que vengo, encuentro una más antigua. O alguna muerte temprana. O una tumba reciente, llena de coronas y lazos. O incluso un entierro, como hoy.

Las campanas dejan de sonar. He llegado al pequeño espacio donde las tumbas han sido cavadas en el suelo. Hay crucecitas de metal oxidado, con placas tan ennegrecidas que es imposible leerlas. Hay algunas que poseen rejas. Nada en el cementerio me inquieta, ni la soledad, ni el silencio, ni las miles de almas que pudieron habitar esos cuerpos que ahora se pudren en cajas. Pero esas pequeñas tumbas con barrotes se asemejan demasiado a cunas, y no puedo evitar que un par de escalofríos me recorran la espina dorsal.

Sigo caminando por el pequeño sendero hasta llegar a ti. Me siento en el suelo a tu lado y evito mirarte. Te hablo. Te cuento que me siento muy sola últimamente, que nada me motiva. Los niños se hacen mayores, deberías verlos. Lasy está cada vez más viejita y ya casi no puede mover el rabo, pero sigue sentándose en tu sofá y dejándolo lleno de pelos. Me han puesto gafas, creo que me quedan bien, pero no me acostumbro a ellas y me duele la nariz al rato de llevarlas. El trabajo es aburrido y ya no tengo quien me eche una sonrisa al despertar cada mañana. No te voy a mentir, he pasado alguna noche con otra persona entre las sábanas, pero han sido sujetos sin cara, sin sentimientos, sin... No se han llevado nada de mí. Ni un trocito siquiera. Y supongo que en parte es porque no hay nada que puedan llevarse, siempre quisiste quedártelo todo. No me lo quieres devolver, pero no te lo reprocho. Tampoco quiero recuperarlo. Siempre fue tuyo y siempre lo será.

Sigo hablándote, sin mucho que decir. Te cuento que hay un niño de mi tutoría que no hace más que pintar corazones. No lo digo en sentido literal. Quiero decir que me parece un niño sensible, enamoradizo y un poco debilucho. Pero tiene tanto coraje y tanta fuerza cuando dañan a su amada, que... Me recuerda lo que somos. Tú siempre decías que somos polvo y en polvo nos convertiremos. Y yo siempre te contradecía diciendo que éramos sentimientos, y que los sentimientos nunca mueren. Nunca mueren, se transforman, como la energía.

Y llegados a este punto, te miro, aunque no te veo. Seguramente estás aguardando tranquilamente dentro de esa acolchada caja, introducida bajo tierra. La hierba ha crecido sobre ti verde y limpia, hermosa. Deposito las violetas sobre el que calculo que será tu regazo. Y me echo sobre ti, abrazándote a un par de metros de distancia. Más que aire nos separa, pero no importa. Te siento aquí a mi lado. Casi puedo rozar tu tibia piel, apenas me faltan unos milímetros para sentir tu cálido aliento sobre mi cuello. Se me escapan dos lágrimas traicioneras.

No quiero reconocerlo. Pero te echo de menos.

Cuando no puedo soportar más tu silencio, me levanto y me dirijo a la entrada. Echo una mirada al nuevo miembro de esta pequeña ciudad habitada por no-habitantes. Oigo el llanto de las dos sombras que todavía se arrodillan y rezan junto a él. Me seco las lágrimas. Rehago mi camino hasta la entrada.

Sigue sonando la Sonata número 2 en Si menor de Chopin, el tercer movimiento, aquella marcha fúnebre que tanto te gustaba...

viernes, 28 de enero de 2011

Genio.


Después de haberlo escuchado, vienes y me dices que ese genio no está haciéndole el amor a su violín. Sobre todo en la primera parte. Los cambios de posición arrastrando la yema de los dedos sobre la cuerda, haciendo glissando, no queriendo perder ni un segundo el contacto. El arco rozando cada cuerda con tanta delicadeza como si fuera de cristal, pero con firmeza a la vez, consiguiendo un sonido limpio en las notas más agudas. Los movimientos expertos, seguros, pero también suaves, amables. Su expresión, la forma en que mira el instrumento aunque conozca a la perfección cada curva. Los cambios de tempo, los golpes de arco, los piano aflautados y los forte espléndidos...

Puede que suene pervertido, pero a mí me ha parecido que ese genio único en el mundo le estaba haciendo el amor a su violín. Y me encanta. Me encanta, sobre todo, la forma en que lo hace gemir.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Musique, mon rêve. Musique...

Creo haber encontrado el motivo por el que siempre acabo hablando de música. Es cierto que tengo el privilegio de poder tocar el instrumento más bonito de todos, subjetivamente, claro, la viola. También es cierto que llevo la mitad de mi vida en el Conservatorio, dedicándome a ello. Sin embargo, nada de eso tiene que ver con mi pequeña obsesión por la música.

No, lo mío va más allá. Es algo así como la plasmación en palabras bonitas de una profunda frustación. ¿Sabes? No soy ninguna violista eminente, tiro más hacia lo mediocre. Tuve mi momento de gloria hace unos años, cuando el tiempo y las condiciones me permitían dedicarle las horas necesarias. Pero se fue, voló como un recuerdo olvidado, y no sé cómo hacer para recuperarlo. Desde entonces he buscado la perfección, sin encontrarla. Me he vuelto cada vez más quisquillosa. Me he convertido en la chica del tercer atril en orquesta, la viola decadente del cuarteto, la violista a la que le da pánico tocar un fortíssimo. Y, poco a poco, he llegado ha cultivar un gran miedo escénico. ¿Tocar delante de gente? ¿Yo? Prefiero una paliza.

La música es mi gran sueño. Pero, ¿sabes? Renuncié a ella hace mucho. Por eso en cada uno de mis relatos, de mis textos, hablo de música. Como si cada vez que la plasmara en un cuento me librara de mi cargo de conciencia, de la culpa, y doliera un poco menos aquí dentro, donde se supone que está el corazón.

Siempre se me dio mejor la teoría que la práctica...


Amo esta foto, aunque el arco esté torcido y la posición sea antinatural.