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sábado, 17 de septiembre de 2011

You won't believe me.

Es difícil seguir el hilo de sus pensamientos, sobre todo cuando ni ella misma sabe evitar los nudos. Se le cruzan los cables y no hay más que hablar. Cortocircuito. Apagón. En realidad, ni siquiera sabe dónde está, ése no es su territorio. "¿Hay alguien ahí?", grita. Nadie le responde. No sabe dónde está el interruptor. ¿Cómo poner en marcha de nuevo la maquinaria?

Hacía mucho tiempo que no tenía pesadillas. Ahora la acechan constantemente. Se despierta temblando, incapaz de controlar su cuerpo, boqueando por una pizca más de aire para sobrevivir. Y lo peor de todo es que, a la mañana siguiente, no consigue recordar qué fue lo que soñó, ni cuándo volvió a dormirse.

Está en medio de un montón de gente, pero se siente sola. Muchos la ven, pero nadie la mira. Choca contra sus propias ilusiones, contra sus propios sueños. Y en el choque, ambos se rompen.

Paga su frustración con aquellos a los que teme perder, y cada vez los aleja un poco más. Ella misma se daña, y les daña, para no tener que sufrir. Y así, exactamente así, es como más duele. Cómo le gustaría decirles que son preciosas, cada una a su manera, tan únicas en su forma de ser. Cómo le gustaría decirles que son perfectos, cada uno con sus gustos, tan importantes para no caer.

Pero no lo dice, y calla. Por vergüenza, por miedo. Porque, en el fondo, nunca la creerán.

En realidad, la consume la rabia porque nada consigue apagar el terrible dolor de echar de menos algo que nunca podrá volver a ser igual.



[Tranquilos, ya me voy a comer helado, a ver si consigo elevar un poco el ánimo].

martes, 30 de agosto de 2011

I promise.

-Te lo prometo.
-No quiero tus promesas. Simplemente hazlo.

No he podido evitarlo, se me ha roto la voz en la primera frase. En ese momento siento cómo tu mirada se clava en mi rostro. Evito tus ojos. Te quedas en silencio, y luego haces como si no hubieras notado nada. Sigues hablando, las horas pasan, todo vuelve a ser cálido.

¿Sabes? Me encantaría explicarte por qué no creo en las promesas. Me encantaría poder darte un argumento sólido, un tanto por ciento razonable, pero no los tengo. Me baso en la experiencia con una de las casi siete mil millones de personas que habitan el mundo. Quizás es algo muy pobre, pero nunca me moví en altas esferas y, oye, tampoco conozco a esas siete mil millones de personas.

La verdad es que no recuerdo muchas cosas. Sólo puedo hablarte de episodios inconexos. Aquella noche. Su mirada, sus malditos ojos negros. El insomnio. La primera vez que me llamó princesa. Recuerdo cuando le prometí que lucharía, que sería fuerte. Y también cuando fallé, cuando no pude más. Recuerdo cuando dijo que daría todo por mí, excepto X. Aquella canción de Sum 41 que decía I don't want this moment to ever end. Aquella otra de Secondhand Serenade que todavía suena en algún lugar remoto. Sus manos. Sus abrazos. Y recuerdo cómo le partí el corazón, de rabia, porque el mío se había suicidado.

Recuerdo aquel fallido intento de retomar algo. Y aquella última conversación.


Me había prometido tantas cosas. Prometió mil veces que, pasara lo que pasase, estaría ahí siempre. Y la rompió, ya no está. Rompimos tantas promesas, en tan poco tiempo. ¿Sabes? Me acojono al pensar que quizás mi mayor sueño sea al mismo tiempo una prueba. Porque también prometió que sería el primero de la fila cuando llegara la hora de las firmas. A veces, temo cumplir ese sueño, por si no aparece y rompe la última; o por si lo hace y, entonces, me rompo yo.

A veces, sólo muy de vez en cuando, como hoy, le echo de menos. Pero hace mucho que nos dijimos adiós. Entonces recuerdo esa frase:

Never say goodbye, because saying goodbye means going away. And going away means forgetting...


Y pienso que si nos dijimos adiós y cada uno se fue por su camino, ya no debería acordarme. Ojalá él no me recuerde. Ojalá me atreviera a contarte todo esto. Ojalá no hicieras preguntas. Ojalá, simplemente, no prometas nada nunca más.




martes, 9 de agosto de 2011

Una historia de miedo.


El pequeño rubito cogió una silla y se sentó frente a su abuelo, que descansaba en el sillón verde de la terraza. Los suaves rayos del sol acariciaban su arrugada piel llena de manchas. El poco pelo que le quedaba en la cabeza era blanco como las paredes de su habitación. Tenía la nariz grande, los ojos verdes, la sonrisa torcida. Y la parte izquierda de su cuerpo paralizada por un ACV que había sufrido hacía más de seis años.

Su nieto ya lo había conocido así, y se divertía ayudándole a abrir la mano hinchada. El abuelo tenía millones de historias y cicatrices de guerra. Había viajado a las Américas, había sido cantante, atleta y poeta, había probado todo lo que la vida le había ofrecido. Y ahora era, como él decía, un maldito tullido.

El niño lo miró con los ojos brillantes, deseosos de saber.

-Abuelo, cuéntame una historia de miedo.

-¿Una historia de miedo? Mmm… creo que no recuerdo ninguna.

-Por favor, por favor –le suplicó, con voz de zalamero.

-Ah, sí, tengo una, mira:
Érase una vez, en el cementerio de Mugardos,
un sepulturero de tétrica mirada y mano despiadada
que los cráneos de los muertos machacaba.

El pequeño sonrió y lo miró divertido.

-¡Eso no es una historia de miedo! Yo tengo una mejor, mira: Érase una vez un cementerio donde había un guardia. Cuando el guardia se iba por las noches aparecían unos ladrones que se subían unos encima de otros y… y entraban en el cementerio. Y… y… Abuelo, ¿jugamos a las damas?

El abuelo le acarició el pelo y asintió.

-De acuerdo, de acuerdo, pero sabes que en menos de tres minutos haré una dama. Y ni se te ocurra hacerme trampas, que te doy un piñoco, ¿eh?


Más tarde, cuando el niño ya dormía como un angelito y el silencio reinaba en la casa, el abuelo habría de pensar en lo que había ocurrido aquella mañana. ¿Una historia de miedo? La única historia que realmente da miedo es la propia vida. Todo lo que te da, y todo lo que te quita, sin avisar.

sábado, 21 de mayo de 2011

Seguid soñando juntos, siempre.


Suena de repente una canción en la radio. De esas que escuchabas en viajes largos. Miras un momento, incrédulo, al aparato, y subes el volumen automáticamente. Todavía te la sabes, pero se te hace un nudo en la garganta que te impide cantarla.

Dios mío, ¿tanto tiempo ha pasado? Érais apenas unos críos cuando os conocisteis. Y os separasteis en la fina línea que separa la adolescencia de la mayoría de edad. ¿Cuántas alegrías, cuántas penas, cuántos logros y cuántas derrotas soportasteis juntos? ¿Cuántas risas compartisteis? ¿Cuántas veces llorasteis de impotencia, de rabia o de dolor en el hombro de ellos? Porque todos formábais un grupo unido, forjado poco a poco con el fuego lento de las tontas discusiones, los viajes y la dulce rutina en la que caísteis haciendo cada día diferente.

Todavía recuerdas sus rostros casi a la perfección. El de todos y cada uno de ellos, de los que conociste al principio, de los que se unieron incluso en los últimos años, o de los que se quedaron por el camino. ¿Qué será de su vida? Teníais tantos sueños, soñábais tanto juntos. Érais jóvenes y teníais todo un mundo por descubrir. Lo que habíais visto no era ni una milésima parte de lo que os quedaba.

Os convertisteis en un tren de larga distancia, nuevo, fuerte y seguro. Os sentíais a salvo si todos montabais en él. Aunque para guiaros necesitasteis a los revisores y a los maquinistas. Quizás nunca se lo agradecisteis demasiado, siempre poniendo pegas, no queriendo hacer lo que ellos sugerían... En aquel momento, encerrarte entre cuatro paredes no es la opción más llamativa teniendo un mundo por descubrir. Pensabais que la sabiduría y la responsabilidad era para los adultos, y que vosotros simplemente queríais vivir.

Live fast and die young.

No importaba lo que hubiera después. Pero, el final siempre llega. No existe una historia interminable. El tren llegó a su destino tras un larguísimo viaje de años y años. Os despedisteis entre lágrimas y promesas tras toda una vida juntos. Una vida de la que forman parte cada uno de ellos, una historia cuyas palabras están escritas de su puño y letra, unos recuerdos que se difuminan con el tiempo, pero no se pierden. Y, pasados muchos años, vuelve a sonar aquella canción en la radio. Tú te acuerdas de todos ellos. Piensas dónde estarán ahora. Te preguntarás si han cumplido sus sueños.

No sé si podrás responder a esas cuestiones, pero si tú sigues soñando, ¿por qué ellos no?
Seguid soñando juntos, siempre, aunque sea en el recuerdo.

martes, 3 de mayo de 2011

Lila/morado.

Clara no tiene más de seis años. Le gusta correr y jugar, como a cualquier niño de su edad. Le gusta el chocolate, sobre todo las tartas de cumpleaños de chocolate que hace su mamá. Le gusta remolonear cuando le mandan ir a dormir y tarda media hora en lavarse los dientes sólo porque así se siente un poco rebelde. Le gusta jugar con sus muñecas. Vestirlas, peinarlas, desvestirlas, peinarlas, subirlas al coche de juguete, peinarlas. Tiene una pequeña obsesión con el pelo rizado. Le encanta hacerse tirabuzones en la melena con los dedos y luego, cuando desaparecen al soltarlos, siente una gran desilusión.

Odia las medias, los vestidos y los zapatitos. Pero está enamorada de sus diademas y prendedores. Le hacen gracia los hombres vestidos de traje. Le gusta reírse sin más, y hacer que todos se rían, porque su risa es contagiosa. Le gusta cruzar los pasos de peatones sólo pisando las líneas blancas. Le gusta ir de la mano de un adulto por la calle, porque aunque no pueda reconocerlo, así se siente protegida. Le gusta el perfume caro de su mamá. Le gusta cómo huele su papá cuando acaba de afeitarse.

El juego que más le gusta es el del escondite. Le gusta la playa y la montaña. Y se pasaría la vida corriendo en el campo detrás de los animales de la granja que tendrá de mayor. Odia caerse, y las heridas que eso conlleva. Odia las medias, y que se le rompan o hagan carreras. Se sonroja cuando el chico que le gusta le guiña un ojo. Sabe que es una cabezota y que hay que dejarla unos días para que se dé cuenta de las cosas. Pero sabe pedir perdón.

Clara sueña con tener un caballo. Y, aunque dos de sus amigos quieran ser quiosquero y pastor, que son dos trabajos muy chulos, ella quiere ser cuidadora de delfines. Porque el delfín es su animal favorito, y nunca ha tocado uno. Le gusta el helado de cualquier sabor, menos el de pistacho. Le gusta dormir con sus peluches "conejito" y "Winnie de Pooh". Le gusta ver dibujos, muchos dibujos. Le gusta Doraemon, Pokemon... Y sueña con ser un personaje de Sailor Moon.

Pero, ¿sabes qué es lo que más le gusta en el mundo mundial a Clara? Sus gafas de sol frikis y todas las variantes del color lila/morado.

domingo, 10 de abril de 2011

París bajo la lluvia.

Se supone que debo estar estudiando. Toca algo del siglo XIX, no sé exactamente qué. No importa. Estoy aquí escribiendo. ¿Por qué? En el libro aparecía la palabra París. Y, de repente, me ha venido a la cabeza una imagen...

Recuerdo cuando salimos de aquel restaurante de Montmartre. Llovía a cántaros. No sé de quién era el paraguas, pero seis personas nos resguardábamos de la lluvia bajo él. Me caían finos hilillos de agua del pelo empapado, pero nos reíamos como locos. No sé qué pasó entonces. Estuvimos esperando un buen rato. Patatín, patatán. Los típicos chulazos a la intemperie sin paraguas. Las típicas niñas monas chillando. Me gusta la lluvia. Me gustan las reacciones que manifiesta la gente ante la lluvia. Algunas parece que se van a morir si les cae una gotita. Otras... bueno, a otras no les importa coger una pulmonía.

Recuerdo que me quedé mirando a una pareja que pasó a nuestro lado. Hablaban en francés (obvio). Llevaban un paraguas de colorines. Él era un poco más alto que ella. Ella llevaba un chaquetón rojo. No sé si fue eso lo que me llamó la atención. Puede ser. Inventé su conversación. Quizás iban a una cena importante y habían ido caminando porque el lugar escogido les quedaba cerca de casa. Seguramente ella iría preocupada por su pelo. Diría algo como "Merde, ahora se me va a estropear el peinado". Imaginé entonces a su acompañante como un chico avispado, pillo. Quizás él le diría "J'adore tu pelo bufado". Me reí yo sola. Nadie se dió cuenta entre el griterío. Seguramente aquella pareja hablaba de cosas mucho más importantes. O no.

Sé que llegó el autobús y subimos. Me revolví el pelo y salpiqué alrededor. A veces, me gusta hacer eso. En plan perro, o gato. Cantamos. Cantamos a grito pelado alguna canción cambiándole la letra. La cantamos hasta que entramos en calor. Y seguimos cantando. Sé que, en algún momento, alguien planteó la idea de un almanaque, cuyas características no quiero recordar.

Y pasamos al lado de la torre Eiffel. Siempre tan espectacular. El cristal estaba empañado. Pasé la manga de mi camiseta para poder ver a través de él. Diminutas gotas lo acariciaban y se perdían, difuminando el contorno de los objetos más allá del autobús. Vi la silueta de la torre. Sonreí. París no fue una ciudad. París no fue un viaje. París no fue un hotel. París fue nosotros y aquel autobús.

París bajo la lluvia siempre fue mucho más bonito.

martes, 1 de marzo de 2011

Memories.

He escrito mil primeras frases diferentes para este comienzo, pero ninguna me ha convencido lo suficiente como para continuar escribiendo lo que sea que estaba en mi mente hoy. En vez de eso, he puesto música lenta y he estado mirando fotos en el ordenador.

Tengo mala memoria. En serio. Lo que me digas hoy, se me olvida a los dos o tres días. Y no exagero. Lo que leo, también. Ya no hablemos de lo que yo misma digo, eso se olvida al instante. Además, mis recuerdos se guían más por sensaciones que por imágenes.

De París recuerdo nervios, muchos nervios. Recuerdo un dolor en el estómago que no tenía nada que ver con ninguna enfermedad. Acompañado de una espina en el corazón durante todo el viaje. Pero también recuerdo la calidez de aquel autobús en el que pasamos horas y horas, el sonido de las risas cuando todos cantábamos nuestra versión de "Can't take my eyes off of you" (si la escucháis, es preferible que lo hagáis con la versión de Muse, por favor) que no tenía nada que ver con la letra de la original. Recuerdo la estupefacción al ver Montmartre y la Torre Eiffel. Y, sobre todo, el amor a primera vista que sentí cuando me dí de bruces con la ópera, en la que me prometí que tocaría algún día. Recuerdo la intensa lluvia al salir de aquel restaurante que tanto odiábamos, del que ya no recuerdo el nombre. Y la risa, siempre nuestras risas.

De Teighmouth recuerdo la nieve y cómo mi inglesita se reía de mí cuando me caí siete u ocho veces en la misma calle por no llevar el calzado apropiado. ¡¡Nadie nos dijo que nevaría!! Recuerdo la vergüenza al vivir en casa de un completo desconocido durante una semana. Las lagrimillas que casi derramo al oír a mi madre hablar en castellano cuando me llamó al día siguiente. Y la alegría al ver a mis compañeros y gritar el típico "acho" a los cuatro vientos. No recuerdo casi cómo se llamaban los profesores, ni nuestros compañeros ingleses. Pero recuerdo que el último día lloré como una cría pequeña porque se me partía el corazón, porque quería quedarme con la chica de pelo rubio y ojos azules que había sido mi acompañante diaria, mi amiga, mi familia, durante ese corto espacio de tiempo.

De Madrid recuerdo el teatro. Las ganas de disfrutar de mi madre y lo mucho que me unió a ella aquella experiencia. ¿Más? Sí, todavía más. Recuerdo las noches de "secretitos" en las que ella siempre contaba más que yo, porque al fin y al cabo sigue siendo mi madre, y a las madres no se les puede contar todo. Recuerdo la ilusión que ambas teníamos y lo corto que se nos hizo ese fin de semana. Recuerdo la sensación de mi boca abierta ante la belleza de aquella ciudad llena de tráfico y gente, llena de arte, llena de vida. Recuerdo aquel starbucks de café helado un día de lluvia, por equivocación, y esa tarta de chocolate que me hizo la boca agua. Y el sabor de aquella lasaña de verduras que no tenía comparación.

Miro todas las fotos de excursiones con el instituto, con la clase. Y pienso que lo que nos une no es sólo el compañerismo, son muchas etapas, muchas lágrimas y muchas risas, muchos viajes y muchas clases aburridas, muchas broncas y muchas felicitaciones. Pero, ante todo, nos une una vida casi entera juntos.

Recuerdo aquel 1º ESO con la profesora de inglés más loca que te puedas echar a la cara y, a la vez, la más sensata, la más formal.
Recuerdo aquel 2ºESO tan lleno de cambios de aires, de no pertenecer a ninguna parte, de buscar y... También aquel primer premio por un cuento que, releyéndolo, me parece imposible que haya sido escrito por mí, pero que refleja tanto de aquella etapa...
Recuerdo aquel 3ºESO donde me encontré a mí misma. Aquel estilo tan gótico/emo/no sé cómo describirlo que llevaba. La ropa enteramente negra, el intento de pelo liso y los principios con el maquillaje. Las pulseras de pinchos y los converse. Pero, sobre todo, recuerdo a las personas que conocí y que consiguieron sacarme de aquel estado y hacerme ver quién era, poco a poco.
Recuerdo aquel 4ºESO, sobre todo esa graduación y las lágrimas por el miedo a la separación, a que aquel biligüe se deshiciera. Todos tomamos decisiones que nos llevan por caminos diferentes, eso es obvio, pero yo quería reteneros allí, en aquel momento, sólo míos... Recuerdo aquel primer "te quiero" que le dediqué. Aquella primera copa. Las noches sin dormir, mirando al techo y descubriendo las formas que aún hoy distingo en él.
Recuerdo aquel 1ºBachillerato, apenas el año pasado. Y lo recuerdo con mucho relax, nada comparable a lo de ahora. Recuerdo las excursiones. Las sorpresas. Las comeduras de cabeza. Te recuerdo a ti y no te reconozco. Recuerdo todo lo que viví. Los primeros meses de desesperación. La calma. La revolución. La calma. Las continuas guerras y paces que se establecían. Al final, los premios, la incredulidad, la alegría. A ti.

Recuerdo luego, con fotos y más fotos, todas esas salidas con MIS amigas. No sé qué puedo decir exactamente de ellas excepto que... pase lo que pase, siempre conseguimos salir adelante, todas juntas. Y que, aunque cada una tengamos nuestra vida personal, estamos juntas, en lo bueno y en lo malo, y sin ellas yo no habría podido salir muchas veces del fondo en el que me metía, como una cabezota deprimida. Tipical adolescent, ¿no? En fin, que son ELLAS.

Y recuerdo luego, con fotos también, Galicia. Pero creo que mi tierra es caso aparte y tampoco me salen muchas palabras. Ni siquiera puedo describir sensaciones que haya sentido allí. Es mi vía de escape. El sitio a donde... a donde pertenezco. El lugar donde debería haberme criado. Y no. Pero persiste la morriña. Por quien está allí, por lo que significa estar allí, por lo que es aquello por sí sólo.



Mira, empecé esta entrada sin mucho que decir. Me he pasado unas bonitas horas viendo fotos. Y un buen rato escribiendo esto que, al final, publico con un poco de vergüenza. Porque aquí descubro todo y nada de mí. Y porque, joder, me habéis pillado sensible y sé que cuando lo relea me parecerá una cursilería total.


En fin. Es lo que hay. Tengo mala memoria. Y mañana no aceptaré ni por asomo el haber escrito esto.

martes, 15 de febrero de 2011

¡¡Que llueva, que llueva!!

Esta mañana no hacía frío. Sin embargo, ahora, tengo las manos heladas y creo que los dedos de mis pies tienen principio de congelación. No sé. No me gustan los repentinos cambios de tiempo. Que haga calor o frío. Que llueva o que no. Pero que no esté así.

Lo que más odio es el viento. Con todas mis fuerzas. Y no sólo porque me despeine, porque me arranque las hojas de las manos o porque nos pegue sin llevar la culpa. No. Lo odio porque hace los días buenos horribles, y los malos aún peor.

Hay un nubarrón enorme, grisáceo, encima de la ciudad. ¿No puede precipitarse ya su contenido sobre nosotros? El día se convertiría en uno mucho mejor. Y ya si vienes tú, pues le pongo un diez (o un catorce, como en Selectividad). Imagino el telefonillo sonando y tu voz al otro lado diciendo "¡¡Sorpresa!!". Me pondría rápidamente las deportivas y bajaría saltando los escalones. Correría hacia ti y el impacto sería tan fuerte que nos fundiríamos en uno solo. Te cogería de la mano y te llevaría al centro del parque que hay enfrente de mi casa. Y, lentamente, acariciaría cada milímetro de tu rostro, anidaría en tu cuello durante largo rato y por último, depositaría un lento y cálido beso sobre tus labios. Se nos olvidaría la lluvia y el frío.

Sí, sería una buena forma de mejorar este odioso día. Seguiré soñando, que, de momento, es gratis y se puede hacer a cualquier hora.

Lo mismo me pongo a cantar que, ya puestos y con los gallos que me salen, lo mismo hasta consigo que llueva.

"I'm so tired of being here, suppressed by all my childish fears
And if you have to leave, I wish that you would just leave
Your presence still lingers here and it won't leave me alone

These wounds won't seem to heal, this pain is just too real
There's just too much that time cannot erase..."

(Yo canto mucho peor)

domingo, 19 de diciembre de 2010

Pájaros en la cabeza.

Esta mañana me ha dado por mirar por la ventana. Lo cierto es que Arte no era muy interesante. Me he pasado media hora boquiabierta. La niebla cubría las calles con su manto cegador. Me ha recordado a aquel intercambio a Inglaterra, el no ver nada por la ventana al levantarme... Sólo faltaba la nieve por la que caí unas diez veces en la misma calle y la risa de mi compañera inglesa que se reía de mí, con razón. Soy un poco patosa, la verdad sea dicha, pero aunque luego tuviera moratones por todos lados, yo también me reí y disfruté como una enana.

El caso, que esta mañana he pensado en ese viaje, en que quiero ir a Londres, en que quiero volver a volar en avión. Y eso ha derivado a otros pensamientos. Como que también quiero volver a París, que quiero subir a la Torre Eiffel de nuevo, con aquellas impresionantes vistas, con aquellas maravillosas personas que me acompañaban, con aquellos sueños todavía vivos.

Y, de repente, mis ojos se han posado en unos pajarillos que se bañaban en un charco formado la noche anterior por la lluvia. Batían sus alas y giraban sus diminutos cuerpecillos para mojarlos en el agua. Parecían niños jugando a echarse gotas unos a otros.

¿Qué pensarán los pájaros? Seguramente han visto las cosas más bonitas, han visitado los lugares más hermosos, han visto las puestas de sol desde posiciones provilegiadas. ¿Qué pensarán los pájaros? ¿Sabrán que son los más afortunados de todos los seres vivos? Yo también quiero tener alas, volar hacia donde me lleve el viento, bañarme en charcos. Y, todo sea dicho, cagarme en los hombros de la gente sin tener que dar explicaciones.

Yo sería un pájaro molón.

¿Cómo pretendes que siga estudiando con esos pájaros en la cabeza?

¡¡Qué bonitos, leches!!

lunes, 6 de diciembre de 2010

Adiós a los bonitos recuerdos navideños.

Todos los años, uno de los primeros días de Diciembre, en casa ponemos el árbol de Navidad. Recuerdo la emoción al colgar bolitas de las ramas del arbolillo, las carcajadas cuando colgaba en mi cuello todas las cintas de colores y me sentía una gran Diva. En mis dieciséis años de vida, no ha habido uno solo en el que no haya decorado el árbol, aunque fuera con cuatro figurillas. Y el sábado llego a casa, me pongo las zapatillas, me espachurro en el sofá, pongo la televisión (cosa que no hago muy a menudo) y, mientras que dan un anuncio de la lotería, miro embobada el recargado árbol de Navidad a mi izquierda. ¿Qué me he perdido?

Resulta que mi hermano se encabezonó en que quería poner el árbol ése día. Y, total, como yo ya sólo cuelgo un par de bolas y coloco la estrella arriba... Pues, ¿por qué dejar al crío sin la ilusión? Oh, bien. Por lo menos me dejaron el Belén de la entrada (nótese el sarcasmo).

Adiós a los bonitos recuerdos navideños.

¿Me prometes que pondrás un árbol de Navidad conmigo? ¿Me prometes que colgaremos de él nuestras ilusiones? Quizás, entre cintas, bolitas, villancicos, risas y besos, el árbol se quede a medias.

Quizás, también ponga muérdago, aunque no necesite ese tipo de excusas.

Tus besos son mejores que éste, ambos lo sabemos.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Musique, mon rêve. Musique...

Creo haber encontrado el motivo por el que siempre acabo hablando de música. Es cierto que tengo el privilegio de poder tocar el instrumento más bonito de todos, subjetivamente, claro, la viola. También es cierto que llevo la mitad de mi vida en el Conservatorio, dedicándome a ello. Sin embargo, nada de eso tiene que ver con mi pequeña obsesión por la música.

No, lo mío va más allá. Es algo así como la plasmación en palabras bonitas de una profunda frustación. ¿Sabes? No soy ninguna violista eminente, tiro más hacia lo mediocre. Tuve mi momento de gloria hace unos años, cuando el tiempo y las condiciones me permitían dedicarle las horas necesarias. Pero se fue, voló como un recuerdo olvidado, y no sé cómo hacer para recuperarlo. Desde entonces he buscado la perfección, sin encontrarla. Me he vuelto cada vez más quisquillosa. Me he convertido en la chica del tercer atril en orquesta, la viola decadente del cuarteto, la violista a la que le da pánico tocar un fortíssimo. Y, poco a poco, he llegado ha cultivar un gran miedo escénico. ¿Tocar delante de gente? ¿Yo? Prefiero una paliza.

La música es mi gran sueño. Pero, ¿sabes? Renuncié a ella hace mucho. Por eso en cada uno de mis relatos, de mis textos, hablo de música. Como si cada vez que la plasmara en un cuento me librara de mi cargo de conciencia, de la culpa, y doliera un poco menos aquí dentro, donde se supone que está el corazón.

Siempre se me dio mejor la teoría que la práctica...


Amo esta foto, aunque el arco esté torcido y la posición sea antinatural.