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miércoles, 22 de mayo de 2013

Ésta es mi casa

No cabe duda. Ésta es mi casa
aquí sucedo, aquí
me engaño inmensamente.
Ésta es mi casa detenida en el tiempo.

Llega el otoño y me defiende,
la primavera y me condena.
Tengo millones de huéspedes
que ríen y comen,
copulan y duermen,
juegan y piensan,
millones de huéspedes que se aburren
y tienen pesadillas y ataques de nervios.

No cabe duda. Ésta es mi casa.
Todos los perros y campanarios
pasan frente a ella.
Pero a mi casa la azotan los rayos
y un día se va a partir en dos.

Y yo no sabré dónde guarecerme
porque todas las puertas dan afuera del mundo.

Mario Benedetti.

sábado, 13 de abril de 2013

¿Qué?






Y él había suspirado entonces y ella le había dicho "qué". Y él le había respondido "nada", como respondemos cuando estamos pensando "todo".


Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sábato.

lunes, 18 de marzo de 2013

Pájaro azul

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que esté ahí dentro.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme un lío?
¿es que quieres mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?


hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.

luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?

Charles Bukowski.

domingo, 10 de marzo de 2013

Y la palabra surge.

Todo es ya tan secreto
Que el orbe queda en torno tras un muro
Circular. Las ventanas dan a un aire
Clarísimo con frondas.
De noche aún, el día nos circunda,
Mayo o tal vez Junio
Y una frescura de jardín orea
Nuestros cuerpos, radiantes de ser almas
Tangibles y visibles.
Ya tanta plenitud quisiera ser bien dicha.
Desemboca el silencio en la palabra
Y la palabra surge
Con tal fervor que es nueva
Para nombrarte, desnudez presente
Bajo la luz que te descubre, pura,
En un retiro exento
De sombra hacia pecado,
Sin ese vil espejo deforme,
Tendido en su lenguaje pro los otros.
Tu intimidad, amor,
Siempre recién creada: poesía.


El lenguaje del amor, Jorge Guillén.

jueves, 17 de enero de 2013

Abrasa y hiela.

Amor mi sprona in un tempo et affrena,
assecura et spaventa, arde et agghiaccia,
gradisce et sdegna, a sé mi chiama et scaccia,
or mi tene in speranza et or in pena, [...]



Cancionero, Petrarca.


Amor me aguija a un tiempo y me refrena,
me asusta y me sosiega, abrasa y hiela,
me echa y llama, desdeña y amartela,
me da esperanza un tiempo y otro pena, [...]




Creé esta entrada el 18 de Octubre de 2011. No sé porqué no la publiqué. Hoy, justo hoy, he decidido hacer limpieza entre los cientos de borradores del blog. Y, vaya, hoy le encuentro sentido, ¡quince meses después! No está mal.


Yo es que me perdería en el hielo de tus manos, hasta que abrasaran. Y más, mucho más. Yo me fundiría en tu piel hasta llegarte al alma.  Y más, mucho más. Yo me escondería allí, bien adentro entre los pulmones, controlando tu respiración, dándoles cuerda a Sístole y Diástole (los inseparables), y a sus miles de historias. Y más, mucho más...

martes, 11 de diciembre de 2012

Insomnio

Tú y tu desnudo sueño. No lo sabes.
Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo,
y tú, inocente, duermes bajo el cielo.
Tú por tu sueño y por el mar las naves.

En cárceles de espacio, aéreas llaves,
te me encierran, incluyen, roban. Hielo,
cristal de aire en mil hojas. No. No hay vuelo
que alce hasta ti alas de mis aves.

Saber que duermes tú, cierta, segura
-cauce fiel de abandono, línea pura-,
tan cerca de mis brazos maniatados.

Qué pavorosa esclavitud de isleño,
yo, insomne, loco, en los acantilados,
las naves por el mar, tú por tu sueño.

Gerardo Diego.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Sed de ti me acosa en las noches hambrientas.

Sed de ti me acosa en las noches hambrientas.
Trémula mano roja que hasta tu vida se alza.
Ebria de sed, loca sed, sed de selva en sequía.
Sed de metal ardiendo, sed de raíces ávidas.
Hacia dónde, en las tardes que no vayan tus ojos
en viaje hacia mis ojos, esperándote entonces.
Estás llena de todas las sombras que me acechan.
Me sigues como siguen los astros a la noche.
Mi madre me dio lleno de preguntas agudas.
Tú las contestas todas. Eres llena de voces.
Ancla blanca que cae sobre el mar que cruzamos.
Surco para la turbia semilla de mi nombre.
Que haya una tierra mía que no cubra tu huella.
Sin tus ojos viajeros, en la noche, hacia dónde.

Por eso eres la sed y lo que ha de saciarla.
Cómo poder no amarte si he de amarte por eso.
Si esa es la amarra cómo poder cortarla, cómo.
Cómo si hasta mis huesos tienen sed de tus huesos.
Sed de ti, sed de ti, guirnalda atroz y dulce.
Sed de ti que en las noches me muerde como un perro.
Los ojos tienen sed, para qué están tus ojos.

La boca tiene sed, para qué están tus besos.
El alma está incendiada de estas brasas que te aman.
El cuerpo incendio vivo que ha de quemar tu cuerpo.
De sed. Sed infinita. Sed que busca tu sed.
Y en ella se aniquila como el agua en el fuego.


Pablo Neruda.

sábado, 21 de abril de 2012

El acorde final.

Las calles de una ciudad desconocida siempre parecen más seguras. Elena pasea con el libro ardiendo bajo el brazo. Ha llovido esta mañana, y todavía quedan charcos en la carretera. La gente entra en las tiendas, compra, sale y vuelve a entrar en otras. Una niña camina junto a su padre, sopla suave y ríe al ver las pompas de jabón gravitar. Elena explota una con la punta de los dedos. La pequeña la mira con curiosidad y ella le guiña un ojo. Su sonrisa se ensancha.

Al lado izquierdo de la calle, sentado en un portal, un vagabundo da agua a su perro en un vaso de papel. Un poco más allá, un violinista intenta ponerle banda sonora a la tarde de compras, y a su propia vida. Elena camina un poco más, y se sienta sobre el muro que rodea el caserón de algún magnate. Cruza las piernas a lo indio y abre el libro. Comienza a leer y la obra la absorbe.

Cuando se quiere dar cuenta, está de pie, recitando al viento los diálogos, las descripciones, las intervenciones del narrador. Modula la voz y el fuego de la historia incendia sus mejillas. De repente, calla. Cierra el libro y se marcha. Los pocos que se habían parado unos segundos escucharla se encogen de hombros y siguen con sus itinerarios.

Elena no vuelve al día siguiente. Ni al otro. Ni en mucho tiempo. Pero, casi un mes después, vuelve a echarse a la calles de aquella ciudad desconocida, para inundarla con su historia. Los rayos del sol se esconden tras los altos edificios. El vagabundo duerme abrazado a su perro lobo y el violinista ha ganado algo de técnica y mejor sonido. Elena no se sienta esta vez. Abre el libro por la página en que se había quedado y acaba la frase que había dejado a medias, casi en un susurro.

Algunos paran a escucharla y sonríen al reconocer la obra. Otros la miran con extrañeza. Y la mayoría no se percatan de su presencia. Desde el otro lado de la calle, alguien la observa detenidamente. Cuando llega al final, entre toda aquella gente con prisa, se desanima y cierra el libro. Alza el rostro y se encuentra cara a cara con Él.

-Te falta el acorde final -dice.
-Pídeselo a aquel violinista de allí.
-Creo que tú lo afinarás mejor.
-Sabes perfectamente cuál es el acorde final, lo has escuchado miles de veces. ¿Para qué una más?
-Quizás esta es la definitiva...
-O quizás vuelvas a irte.

Sus ojos se tornan culpables. Ella evita mirarlo.

-Es posible -afirma Él-. Pero, ¿quién sabe? A lo mejor éste es nuestro destino, que las casualidades nos unan y separen... Quizás ésto es lo que debe pasar.
-¿Lo dice en serio? -responde Elena, haciendo del diálogo del libro sus propias palabras.
-Desde que nací, no he dicho una sola cosa que no sea en serio -dice Él, siguiendo el juego.
-¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?

Ambos ríen. La complicidad de cientos de miradas vuelve a instalarse en sus ojos. Él le coge las manos con delicadeza y le susurra observando sus iris canela:

-Toda la vida.


Aún mucho tiempo después se repetiría una situación parecida. Él volvería a por ella y le pediría el acorde final. Y esa vez, como todas las veces anteriores, lo haría con la frase de un personaje de novela. La que, a sus noventa años, podría considerar la última.

-Niña mía, estamos solos en el mundo.

jueves, 29 de marzo de 2012

Sin añadidos.

A Fernando, el poeta.

Anochece tras las cortinas. El caos del escritorio se vuelve una imagen en blanco y negro, y todo parece más ordenado, más tranquilo. Las bolas de papel que adornan la habitación recogen las tristes palabras desechadas. Y en medio de la oscuridad serena, el frenesí colérico del poeta. Su libreta parece más pequeña que la última vez, ha arrancado demasiados poemas. Las ojeras le marcan sin piedad el rostro, y le dan esa pinta de loco que todo humano necesita de vez en cuando.

Las estancias modernas de los poetas ya no huelen a tabaco y café. Es el mismo aire viciado de la desesperación, más nítido y punzante que nunca. Sin añadidos. Sus ojos miran las hojas sin verlas. Su mente vuela cerca de la piel de su musa, la acaricia y se impregna de Ella. No es fácil encontrarla en tiempos grises como los que acechan. Pero, cuando lo consigue, no puede evitar desaparecer en su aroma.

E intenta atraparla entre la tinta y el papel, rápido. Escribe, y le tiemblan las manos. Escribe, y se le escapa en segundos su amada. El bolígrafo se le resbala entre los dedos y cae al suelo. Clara maúlla y se coloca de un salto en su regazo. Él, sorprendido, sonríe y la acaricia. El ritmo de su respiración se acompasa poco a poco.

-¿Cuándo volverá, mi pequeña? Siempre me deja cuando más la necesito...

Clara lo mira, inocente, desde sus grandes ojos verdes. Él deja caer la cabeza sobre las manos, rendido. Todavía le recorre las venas un leve temblor. Siempre va preparado por si Ella aparece y le ayuda a terminar por fin ese maldito poema que le costará litros de tinta, cientos de hojas y, si no lo hace pronto, hasta la vida.

martes, 27 de marzo de 2012

A la puta que se llevó mis poemas.

Algunos dicen que debemos eliminar del poema
los remordimientos personales,
permanecer abstractos, hay cierta razón en esto, pero
¡POR DIOS!
¡Doce poemas perdidos y no tengo copias!
¡Y también te llevaste mis cuadros, los mejores!
¡Es intolerable!

¿Tratas de joderme como a los demás?
¿Por qué no te llevaste mejor mi dinero?
Usualmente lo sacan de los dormitorios y de los pantalones borrachos y enfermos en el rincón.
La próxima vez llévate mi brazo izquierdo o un billete de 50,
pero no mis poemas.

No soy Shakespeare
pero puede ser que algún día ya no escriba más,
abstractos o de los otros.
Siempre habrá dinero y putas y borrachos
hasta que caiga la última bomba,
pero como dijo Dios,
cruzándose de piernas:
veo que he creado muchos poetas pero no mucha poesía.

Charles Bukowski.

domingo, 11 de marzo de 2012

Siglos.

En realidad, nuestra joven hubiera admitido que la relación no tenía mayor fundamento que el hecho de que las ausencias del capitán, por frecuentes y por largas que fueran, terminaban siempre con su reaparición. No era asunto de nadie, sino de ella, que este hecho siguiera bastándole. Naturalmente no bastaba por sí solo; lo que le había hecho adquirir esa cualidad era la extraordinaria posesión de los elementos de la vida del capitán que la memoria y la curiosidad le habían dado por fin. Llegó el día en que esta posesión, por parte de la joven, pareció constituir un mutuo reconocimiento tácito, que era mitad burla, pero también profunda solemnidad, cuando sus miradas se encontraban. Ahora el capitán le daba siempre los buenos días; a menudo la saludaba alzando el sombrero. Le dedicaba algún comentario cuando había tiempo o espacio, y en una ocasión ella llegó incluso a decirle que hacía <<siglos>> que no le veía. <<Siglos>> fue la palabra que utilizó con todo cuidado e intención, aunque le temblara un poco la voz; <<siglos>> era exactamente lo que quería decir. A esto él replicó en términos elegidos con una menor ansia, sin duda, pero quizá por ese motivo no menos singulares: <<Oh, sí, ¿verdad que el tiempo ha sido terriblemente húmedo?>>. Éste era un ejemplo de sus intercambios, que alimentaban en ella la idea de que jamás se había establecido en la tierra una relación más trascendente y exquisita. En la medida en que ellos quisieran considerarlo así, todo podía significar casi cualquier cosa. La falta de espacio en la jaula, cuando él se asomaba por entre los barrotes, dejaba de ser apreciable por completo.

En la jaula, Henry James.

El lector.

No tengo miedo. No tengo miedo de nada. Cuanto más sufro, más amo. El peligro solo aumentará mi amor, lo agudizará, lo condimentará. Seré el único ángel que necesitas. Dejarás ésta vida aún más bella que como entraste en ella. El cielo te tomará de vuelta, te mirará y dirá: solo una cosa puede completar un alma y esa cosa es el amor.

El lector, de Stephen Daldry, basada en la novela de Bernhard Schlink.

sábado, 3 de marzo de 2012

El Coronel Chabert.

-¡Señor! -dijo la Condesa al Coronel con un sonido de voz que revelaba una de esas emociones excepcionales en la vida y durante las cuales todo en nosotros se agita.


En estos momentos, corazón, fibras, nervios, fisonomía, alma y cuerpo, todo, hasta los poros, se estremecen. La vida parece no ser ya nuestra; se sale de nuestro ser, se comunica como un contagio y se transmite con la mirada, con el acento de la voz, con el gesto, imponiendo nuestra voluntad a los demás. El veterano se estremeció al oír aquella primera palabra, aquel primer, aquel terrible <<¡Señor!>>. Pero es que también dicha palabra encerraba un reproche, un ruego, un perdón, una esperanza, una desesperación, una interrogación, una respuesta. Aquella palabra lo incluía todo. Era preciso ser muy buena actriz para comunicar tanta elocuencia y tanto sentimiento a un solo vocablo. Lo verdadero no es tan completo ni tan perfecto en expresión, porque no lo pone todo fuera y permite ver todo lo que existe dentro. El Coronel sintió mil remordimientos por sus sospechas, por sus exigencias y por su cólera, y bajó los ojos para no dejar adivinar su turbación.


-Señor -retomó la Condesa después de una pausa imperceptible-, le he reconocido a usted perfectamente.
-¡Rosine! -dijo el veterano-, esas palabras contienen el único bálsamo que puede hacerme olvidar todas mis desagracias.


El Coronel Chabert, Honoré de Balzac.

lunes, 16 de enero de 2012

Tus pupilas marinas.

Quiero ser el puto humo de tu cigarrillo, convertirme en lo único capaz de matarte lentamente y así hacerte eterno. Voy a desnudarme de cicatrices para entregarte un corazón completo. ¿Y si me encierro en los milímetros que separan tus labios? ¿Y si me ahogo en tus pupilas marinas? ¿Me querrás entonces?


¿Y si dejo la poesía, la mala vida? ¿Y si dejo de inventarme amores imposibles? ¿Me querrás entonces?

domingo, 25 de diciembre de 2011

Cósimo y Viola.

-¿Por qué me haces sufrir?
-Porque te amo.

Ahora era él quien se enfadaba.

-¡No, no me amas! Quien ama quiere la felicidad, no el dolor.
-Quien ama quiere sólo el amor, aun a costa del dolor.
-Me haces sufrir adrede, entonces.
-Sí, para ver si me amas.

La filosofía del barón se negaba a ir más allá.

-El dolor es un estado negativo del alma.
-El amor lo es todo.
-Contra el dolor ha de lucharse siempre.
-El amor no se niega a nada.
-Hay cosas que no admitiré nunca.
-Sí que las admites, porque me amas y sufres.

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Cósimo clavó los ojos en ella. Y ella:

-Tú no crees que el amor sea entrega absoluta, renuncia a uno mismo.

Podría decir algo Cósimo, cualquier cosa para ir hacia ella, podía decirle: "Dime lo que quieres que haga, estoy dispuesto..." y habría sido de nuevo la felicidad para él, la felicidad juntos, sin sombras. Pero dijo:

-No puede haber amor si uno no es uno mismo con todas sus fuerzas.

Viola tuvo un gesto de contrariedad, que era también un gesto de cansancio. Y sin embargo, aún habría podido comprenderlo, como en realidad lo comprendía; más aún, tenía en la punta de la lengua las palabras para decirle: "Tú eres como yo te quiero" y subir inmediatamente con él... Se mordió el labio. Dijo:

-Pues entonces sé tú mismo solo.

"Pero entonces ser yo mismo ya no tiene sentido", pensó.



El Barón Rampante, Italo Calvino.


Eres un hombre que ha vivido en los árboles sólo por mí, para aprender a amarme...

domingo, 11 de diciembre de 2011

La ardilla roja.

La quiero desde mis entrañas. La necesito igual que a mi hígado, a mi cerebro, a mis ojos. Sin ella se me rompen los huesos, se me derriten los pulmones y no puedo respirar... Me hace falta para vivir.

Ella no está bien, me necesita. Yo soy su ángel.

La ardilla roja, dirigida por Julio Medem.

martes, 6 de diciembre de 2011

La main sur le coeur.

Alguien me enseñó una vez que soñar despierto es la mejor forma de mantener el equilibrio. El término medio de Aristóteles. Pero, ¿son los sueños tan dulces como los pintan? Responded vosotros mismos. ¿Quién no ha soñado con alcanzar la meta? ¿Quién no ha caído en el camino? ¿A quién no se le ha roto el corazón cuando se ha visto derrotado?

Los sueños son crueles. Nos manejan a su antojo. Alimentan nuestras esperanzas. Nos quitan todo. Nos colman de recuerdos que muchas veces superan la realidad. Nos someten a la locura. Nos obsesionan y nos calman. Nos arrullan entre sus brazos infinitos. Nos tiran, nos ponen de nuevo en pie. Nos alojan en el hostal Felicidad, para dejarnos después en la calle Amargura. Dejan que seamos indigentes en los pasadizos de sus laberintos. Nos matan. Pero también nos dan la vida.

Alguien me enseñó una vez que volar no es imposible. Me mostró sus alas grises, hechas de aquel material tan fino y suave. El entrelazado de plumas invisibles que componían sus sueños. Y me ayudó a alzar el vuelo. Cada noche salgo en busca de nuevas ilusiones, me siento en los tejados y contemplo las estrellas. Los mortales no advierten mi presencia, están demasiado ocupados haciéndose la guerra. La luna me sonríe desde su posición privilegiada. Y sólo quiero que aparezca el hombre pájaro.

Alguien me enseñó una vez que es absurdo el miedo a las alturas. Que en pleno vuelo no podemos mirar atrás. Que los sueños nos mantienen en el aire, pero somos nosotros los que decidimos el rumbo, o nos dejamos caer.

Hablo de sueños y de hombres pájaro. Dicen que es imposible. Y puede que lo sea. Pero alguien me dijo una vez que las mejores historias eran las de cosas imposibles, incluido el amor.


Mantén el vuelo. Yo puedo ver tus alas. Y son hermosas.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Envíame una armada de corazones de acero.


La necesito.
Necesito su agradable frialdad. Su indiferencia. Su buen criterio.
Necesito que enfríen el revoltijo de lava que se está apoderando de nuestras almas.
Que me encierren. Que me ahoguen. Que me maten.
Que luchen por mí.

Envíame una armada de corazones de acero.


Foto a una de las maravillosas frases que se esconden entre las páginas de La mecánica del corazón, de Mathias Malzieu.

domingo, 20 de noviembre de 2011

El prisionero del cielo.

Siempre he sabido que algún día volvería a estas calles para contar la historia del hombre que perdió el alma y el nombre entre las sombras de aquella Barcelona sumergida en el turbio sueño de un tiempo de cenizas y silencio. Son páginas escritas con fuego al amparo de la ciudad de los malditos, palabras grabadas en la memoria de aquel que regresó de entre los muertos con una promesa clavada en el corazón y el precio de una maldición. El telón se alza, el público se silencia y, antes de que la sombra que habita sobre su destino descienda de la tramoya, un reparto de espíritus blancos entre en escena con una comedia en los labios y esa bendita inocencia de quien, creyendo que el tercer acto es el último, nos viene a narrar un cuento de Navidad sin saber que, al pasar la última página, la tinta de su aliento lo arrastrará lenta e inexorablemente al corazón de las tinieblas.


Julián Carax, El prisionero del cielo. (Editions de la Lumière, París, 1992).


Ésa es la primera página de El prisionero del cielo, de Carlos Ruiz Zafón. Pronto lo tendré entre mis manos, y no podré soltarlo. Hasta entonces, me conformo con eso, y estos tres capítulos.
http://www.antena3.com/especiales/ruiz-zafon-prisionero-cielo/capitulos-prisionero-cielo-ruiz-zafon_2011111100048.html

Disfrutadlo.

lunes, 17 de octubre de 2011

No sabíamos que el amor es como la poesía, y que todos los amantes, incluidos los más mediocres, se imaginan ser los primeros.

El diablo en el cuerpo, Raymond Radiguet.