Julia sale de casa con el instrumento a cuestas y la mirada perdida. Pasea en vez de coger el bus. Se muerde el labio cuando piensa. Sonríe cuando ve a los músicos callejeros tocando frente a la catedral. Y mira de nuevo la escena justo un segundo antes de doblar una esquina, para quedarse con una imagen fugaz del momento. La vida de Julia se compone de recuerdos fugaces.
Julia es de esas chiquillas que se quitan los pendientes antes de hacer el amor. Y los deja en la mesilla, con su inocencia y su pila de libros a medio leer. Los labios se le vuelven ariscos y la piel de fuego. No hay más infierno que el del temblor de sus piernas. Porque atrapa. Y ya no hay lugar seguro al que huir.
Julia tiene prohibidas ciertas cosas. Y se las recuerda constantemente en sus carpetas, en las paredes de su habitación, en sus mensajes. Recuerdo el susto al descubrir aquel pequeño tatuaje en su muñeca: No tears allowed. Y Julia cumple sus reglas. No cree, no llora, no miente. No ama.
Julia es de esas chiquillas que te clavan la mirada una vez y para toda la vida. Y lo sé de buena tinta. Lo sé porque caí una vez en aquel terremoto de su cuerpo menudo, y no he podido salir de aquel laberinto. Cada noche la persigo en sueños por si ella se vuelve atrás un segundo que me encuentre sentado en el portal, con las rosas marchitas y su olor a lluvia en las entrañas.
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viernes, 28 de septiembre de 2012
martes, 17 de abril de 2012
Uno de esos locos.
El atardecer nos sorprende todavía enlazados sobre las sábanas. Un color rojizo inunda las paredes y nos rodea. Tumbado sobre la cama, observo cómo se levanta. El sol recorta su silueta frente a la ventana. Una suave brisa acaricia su piel morena, y siento celos, como si el aire de mis pulmones fuera el único con derecho a rozarla. Me mira y se me clavan sus pupilas marinas en el alma. Sonreímos, sonreímos como dos tontos a punto de caer desde el precipicio más alto de la ciudad. Puede que el cielo esté cubierto de hermosas nubes. O que esté pintado de ese azul intenso que tanto me gusta. ¿Qué más da? Mis ojos no pueden apartarse de Ella. Lo sabe. Me lanza un beso y desaparece tras el biombo. Veo entre las rendijas cómo esconde su cuerpo bajo las ropas.
La poesía murió hace tiempo en la guerra. Y soy uno de esos locos poetas que todavía intenta resucitarla entre sus labios.
jueves, 8 de marzo de 2012
Sus preguntas absurdas.
La claridad perezosa de la madrugada se asomó con cuidado a través de las cortinas y me despertó suavemente con caricias en los párpados. Giré la cabeza y la encontré a mi lado, quieta. Miraba al techo con la respiración contenida.
-¿Sueñas despierta? -le pregunté.
Dirigió su rostro hacia mí, rápida, y me observó durante unos segundos con los ojos muy abiertos. Luego, volvió a la posición inicial y cerró los ojos. Noté cómo el aire llenaba sus pulmones lentamente, y suspiró. Me habría gustado estar dentro de su cabeza, nadar con ella en la tormenta de sus pensamientos. Acerqué despacio mi mano a la suya y la apreté débilmente. Estaba fría, fría como el interior de una catedral antigua. Esperé un momento, regulando la temperatura de nuestra piel.
-No tengo frío -dijo, haciendo caso omiso a mi pregunta.
Levanté una ceja y paseé mi mirada por su cuerpo desnudo. Deslicé mis dedos por su vientre, por su pecho, por su cuello, casi sin rozarla. Y aún así, pude notar cómo su piel ardía. Me sentí extraño, como si durante las horas que había dormido nuestras vidas se hubieran separado y la hubiera perdido por completo. Llegué a sus labios y los recorrí mientras un escalofrío me envolvía. El silencio parecía gravitar sobre nuestras almas, asesinando nuestras palabras. Me temblaron las manos unos segundos. Y ella lo notó.
-A veces me pregunto si lo que vivimos no será un sueño. Y me da miedo dormirme un día a tu lado y despertar en otra vida, en otro mundo, sin tus preguntas absurdas.
-Te perseguiría hasta en esa otra vida con mis estupideces, lo sabes.
-Pero, ¿y si no te acordaras? ¿Y si ni yo misma me acordara? ¿Y si llegáramos a ser felices en ese otro mundo sin saber de nuestra mutua existencia?
Callé. Seguí acariciando sus pómulos, bajé por la barbilla de nuevo a su cuello, a su pecho, a su vientre, y me mantuve allí, me deslicé cerca de su ombligo, de los huesos firmes de su cadera. La idea de no acordarme jamás de ella me provocaba un miedo terrible en forma de arcadas. Pero si no la recordara, esa sensación desaparecería con su imagen. ¿Qué es de la vida sin los recuerdos? ¿Qué somos nosotros mismos sin recuerdos? Intenté decir algo, pero el sonido murió antes de llegar a mis labios. Ella lo hizo por mí.
-¿Sabes? Creo que hasta en otra vida habría algo, un presentimiento, una sombra, un hueco en mi alma marcado por tu recuerdo inexistente pero real. Y quizás eso me llevaría, sin pretenderlo, hasta ti.
-¿Y si yo fuera feliz? -dije entrecortadamente-. ¿Qué harías?
Silencio de nuevo. Pasaron unos minutos eternos. Y cuando creí que ya no respondería, lo hizo.
-Al principio me consumiría la rabia y el dolor, como a todo ser humano. ¿Para qué negarlo? Pero si de verdad fueras feliz sin mí, o por lo menos sin mí como lo que soy ahora, no cometería la estupidez de estropear tu vida con mis sombras de recuerdos. Me mantendría cerca tuya, cuidando de ti sin que lo supieras. Intentaría ser feliz sólo porque tú lo eres. Y si no lo consiguiera, si el dolor de no tenerte a mi lado fuera demasiado fuerte y me consumiera, me alejaría. Me alejaría todo lo que pudiera y nunca, nunca, dejaría que supieras nada.
Abrió los ojos y me miró. Me hundí un momento en el azabache de sus iris. Y cuando notó que ya había vuelto al mundo real, sonrió con malicia.
-Pero ambos sabemos que no podrías vivir sin mí.
Sonreí y, desprevenido, sujeté sus caderas a duras penas cuando de un sólo movimiento me aprisionó bajo su cuerpo. Eran sus cambios imprevisibles de mujer salvaje. Todos mis sentidos se volcaron en su piel.
Más tarde, cuando la luz del sol ya cubría la habitación entera sin timidez, observé su cuerpo tranquilo mientras dormía de lado. La cara relajada contra la almohada, frente a mí, y los labios todavía entreabiertos por el sabor del último beso. Me levanté con cuidado de no despertarla y escribí una nota.
Tranquila, todavía me acuerdo de ti.
La doblé y la puse en su mano, fría a pesar de todo. Separé un mechón que caía sobre su mejilla.
-A mí me da miedo que sea en esta vida donde nos olvidemos el uno del otro -susurré-. Por eso, sigue soñando, ya sea despierta o dormida.
-¿Sueñas despierta? -le pregunté.
Dirigió su rostro hacia mí, rápida, y me observó durante unos segundos con los ojos muy abiertos. Luego, volvió a la posición inicial y cerró los ojos. Noté cómo el aire llenaba sus pulmones lentamente, y suspiró. Me habría gustado estar dentro de su cabeza, nadar con ella en la tormenta de sus pensamientos. Acerqué despacio mi mano a la suya y la apreté débilmente. Estaba fría, fría como el interior de una catedral antigua. Esperé un momento, regulando la temperatura de nuestra piel.
-No tengo frío -dijo, haciendo caso omiso a mi pregunta.
Levanté una ceja y paseé mi mirada por su cuerpo desnudo. Deslicé mis dedos por su vientre, por su pecho, por su cuello, casi sin rozarla. Y aún así, pude notar cómo su piel ardía. Me sentí extraño, como si durante las horas que había dormido nuestras vidas se hubieran separado y la hubiera perdido por completo. Llegué a sus labios y los recorrí mientras un escalofrío me envolvía. El silencio parecía gravitar sobre nuestras almas, asesinando nuestras palabras. Me temblaron las manos unos segundos. Y ella lo notó.
-A veces me pregunto si lo que vivimos no será un sueño. Y me da miedo dormirme un día a tu lado y despertar en otra vida, en otro mundo, sin tus preguntas absurdas.
-Te perseguiría hasta en esa otra vida con mis estupideces, lo sabes.
-Pero, ¿y si no te acordaras? ¿Y si ni yo misma me acordara? ¿Y si llegáramos a ser felices en ese otro mundo sin saber de nuestra mutua existencia?
Callé. Seguí acariciando sus pómulos, bajé por la barbilla de nuevo a su cuello, a su pecho, a su vientre, y me mantuve allí, me deslicé cerca de su ombligo, de los huesos firmes de su cadera. La idea de no acordarme jamás de ella me provocaba un miedo terrible en forma de arcadas. Pero si no la recordara, esa sensación desaparecería con su imagen. ¿Qué es de la vida sin los recuerdos? ¿Qué somos nosotros mismos sin recuerdos? Intenté decir algo, pero el sonido murió antes de llegar a mis labios. Ella lo hizo por mí.
-¿Sabes? Creo que hasta en otra vida habría algo, un presentimiento, una sombra, un hueco en mi alma marcado por tu recuerdo inexistente pero real. Y quizás eso me llevaría, sin pretenderlo, hasta ti.
-¿Y si yo fuera feliz? -dije entrecortadamente-. ¿Qué harías?
Silencio de nuevo. Pasaron unos minutos eternos. Y cuando creí que ya no respondería, lo hizo.
-Al principio me consumiría la rabia y el dolor, como a todo ser humano. ¿Para qué negarlo? Pero si de verdad fueras feliz sin mí, o por lo menos sin mí como lo que soy ahora, no cometería la estupidez de estropear tu vida con mis sombras de recuerdos. Me mantendría cerca tuya, cuidando de ti sin que lo supieras. Intentaría ser feliz sólo porque tú lo eres. Y si no lo consiguiera, si el dolor de no tenerte a mi lado fuera demasiado fuerte y me consumiera, me alejaría. Me alejaría todo lo que pudiera y nunca, nunca, dejaría que supieras nada.
Abrió los ojos y me miró. Me hundí un momento en el azabache de sus iris. Y cuando notó que ya había vuelto al mundo real, sonrió con malicia.
-Pero ambos sabemos que no podrías vivir sin mí.
Sonreí y, desprevenido, sujeté sus caderas a duras penas cuando de un sólo movimiento me aprisionó bajo su cuerpo. Eran sus cambios imprevisibles de mujer salvaje. Todos mis sentidos se volcaron en su piel.
Más tarde, cuando la luz del sol ya cubría la habitación entera sin timidez, observé su cuerpo tranquilo mientras dormía de lado. La cara relajada contra la almohada, frente a mí, y los labios todavía entreabiertos por el sabor del último beso. Me levanté con cuidado de no despertarla y escribí una nota.
Tranquila, todavía me acuerdo de ti.
La doblé y la puse en su mano, fría a pesar de todo. Separé un mechón que caía sobre su mejilla.
-A mí me da miedo que sea en esta vida donde nos olvidemos el uno del otro -susurré-. Por eso, sigue soñando, ya sea despierta o dormida.
lunes, 5 de marzo de 2012
Ven a por mí.
El ritmo acompasado de aquella canción.
Su mirada traviesa desde la lejanía.
La melena desafiando a la gravedad.
Las luces que juegan con su figura en la oscuridad.
Sus labios entregados a una media sonrisa.
Y sus caderas, sus caderas lentas y sus curvas de visibilidad reducida.
Sólo esperarla, sólo decirle: Ven a por mí.
Su mirada traviesa desde la lejanía.
La melena desafiando a la gravedad.
Las luces que juegan con su figura en la oscuridad.
Sus labios entregados a una media sonrisa.
Y sus caderas, sus caderas lentas y sus curvas de visibilidad reducida.
Sólo esperarla, sólo decirle: Ven a por mí.
jueves, 16 de febrero de 2012
Transparente.
Ella. Y sus dagas verbales. Y sus palabras suaves. Y sus sombras.
Y sus manos arrancándome el alma para hacerse con ella un vestido transparente y llevarlo puesto bajo la luz de las velas en nuestras noches sin luna.
Y el temblor de su piel. Y la ferocidad de su mirada. Y el océano en sus ojos. Ella.
Y sus manos arrancándome el alma para hacerse con ella un vestido transparente y llevarlo puesto bajo la luz de las velas en nuestras noches sin luna.
Y el temblor de su piel. Y la ferocidad de su mirada. Y el océano en sus ojos. Ella.
domingo, 22 de enero de 2012
Nebulosa.
Las notas de un piano desconocido envuelven mis pensamientos. Y tú giras en el centro de todos ellos, como la estrella recién nacida en una nebulosa lejana. Los acontecimientos y las opiniones se suceden sin mucho sentido. La sociedad se corrompe, se pudre. La mierda ya no salpica, se hunde entre el fango que nos cubre y nos asfixia. Perdona que sea tan brusco. Hablaba sobre ti, sobre tu manera única de mantenerte firme después de tantos terremotos.
Me gustaría reconocer de una vez lo cobarde que soy y poder esconderme en tu cuerpo antibalas. Pareces el único puerto seguro al que anclarme en días de tormenta. Y, al mismo tiempo, te conviertes en esa mar furiosa que trata de arrastrarme hacia sus profundidades. Pero justo en ese último segundo de vida, en esa burbuja de aire que se escapa de mis pulmones, me devuelves a esa playa compuesta por granos de ánimo, que no de arena.
Silencio. Despierto. Las notas comienzan de nuevo, esta vez más cercanas, más reales. Me doy la vuelta, todavía aturdido, y abro los ojos despacio. Allí estás, sentada al piano, desnuda, perfecta. Me sonríes y me muero de celos por cómo acaricias las teclas. Puede que lo único que valga la pena en este puto mundo sean tus miradas. No voy a filosofar ahora, ni a convertirme en poeta. Pero observo cada milímetro de tu piel y, dios mío, no sabes las ganas que tengo de hacerte el amor entre las sombras.
Me gustaría reconocer de una vez lo cobarde que soy y poder esconderme en tu cuerpo antibalas. Pareces el único puerto seguro al que anclarme en días de tormenta. Y, al mismo tiempo, te conviertes en esa mar furiosa que trata de arrastrarme hacia sus profundidades. Pero justo en ese último segundo de vida, en esa burbuja de aire que se escapa de mis pulmones, me devuelves a esa playa compuesta por granos de ánimo, que no de arena.
Silencio. Despierto. Las notas comienzan de nuevo, esta vez más cercanas, más reales. Me doy la vuelta, todavía aturdido, y abro los ojos despacio. Allí estás, sentada al piano, desnuda, perfecta. Me sonríes y me muero de celos por cómo acaricias las teclas. Puede que lo único que valga la pena en este puto mundo sean tus miradas. No voy a filosofar ahora, ni a convertirme en poeta. Pero observo cada milímetro de tu piel y, dios mío, no sabes las ganas que tengo de hacerte el amor entre las sombras.
miércoles, 4 de enero de 2012
Ojos de hierba.
¿Sabes? A veces pienso que Alma es un poco salvaje. Aunque me gusta verla así, con sus instintos animales y su elegancia felina. Tiene las manos más dulces que he visto en mi vida, y también las más frías. Y, sin embargo, se le derriten los labios en cada sonrisa.
Está tan llena de sentimientos que a veces da miedo hasta mirarla, por si le nace alguno más y explota. Tiene esa pureza extraña de quien no ha sido decepcionado todavía y, al mismo tiempo, un corazón lleno de heridas a medio cicatrizar. De vez en cuando se le abre alguna, con una canción o una foto. A veces, una simple palabra basta. Veo cómo intenta curarse, cómo trata de que no se desate el caos ahí dentro. Y me siento impotente, inútil, por no poder ayudarla.
Alma vive en una nube. Alto, muy alto. Y lejos, muy lejos. Cuando se aburre de la soledad, viene a por mí. Cuando subo nunca miro abajo, tengo un miedo espantoso a las alturas. Sólo la observo a ella y me pregunto si seré su único acompañante. Me sorprendo a mí mismo cubierto de celos, de rabia. Alma dirige sus grandes ojos hacia mí y me dice lo de siempre:
-Déjate de palabrerías, que eso le corresponde a la Razón, y aquí sólo estoy yo. Ella no existe.
Es entonces cuando mi mente queda en blanco. La aprisiono contra la mullida nube, su cara a unos centímetros de la mía, nuestros cuerpos tan cerca. Tengo ganas de preguntarle quiénes son, dónde viven e ir a estrangularlos con mis propias manos cuando baje. Pero todo se desvanece y sólo queda ella. No hay palabras, ni amantes, ni celos. Sólo queda Alma y su interior lleno de sentimientos.
Ella me los quita todos. Y así, vacío, sólo soy capaz de mirarla y crear uno nuevo. Uno que ella no conoce y que a mí me mata. Tengo miedo de que lo descubra en el anhelo de sus labios, de su piel. La acaricio suavemente y me alejo. Nos quedamos quietos. Yo con el único sentimiento bueno que he sido capaz de crear y Alma allí, con sus ojos de hierba, intentando robármelo.
Alma no sabe que si consigue averiguar qué sentimiento escondo, no podrá resistirse a quitármelo. Y, entonces, todo será silencio.
Está tan llena de sentimientos que a veces da miedo hasta mirarla, por si le nace alguno más y explota. Tiene esa pureza extraña de quien no ha sido decepcionado todavía y, al mismo tiempo, un corazón lleno de heridas a medio cicatrizar. De vez en cuando se le abre alguna, con una canción o una foto. A veces, una simple palabra basta. Veo cómo intenta curarse, cómo trata de que no se desate el caos ahí dentro. Y me siento impotente, inútil, por no poder ayudarla.
Alma vive en una nube. Alto, muy alto. Y lejos, muy lejos. Cuando se aburre de la soledad, viene a por mí. Cuando subo nunca miro abajo, tengo un miedo espantoso a las alturas. Sólo la observo a ella y me pregunto si seré su único acompañante. Me sorprendo a mí mismo cubierto de celos, de rabia. Alma dirige sus grandes ojos hacia mí y me dice lo de siempre:
-Déjate de palabrerías, que eso le corresponde a la Razón, y aquí sólo estoy yo. Ella no existe.
Es entonces cuando mi mente queda en blanco. La aprisiono contra la mullida nube, su cara a unos centímetros de la mía, nuestros cuerpos tan cerca. Tengo ganas de preguntarle quiénes son, dónde viven e ir a estrangularlos con mis propias manos cuando baje. Pero todo se desvanece y sólo queda ella. No hay palabras, ni amantes, ni celos. Sólo queda Alma y su interior lleno de sentimientos.
Ella me los quita todos. Y así, vacío, sólo soy capaz de mirarla y crear uno nuevo. Uno que ella no conoce y que a mí me mata. Tengo miedo de que lo descubra en el anhelo de sus labios, de su piel. La acaricio suavemente y me alejo. Nos quedamos quietos. Yo con el único sentimiento bueno que he sido capaz de crear y Alma allí, con sus ojos de hierba, intentando robármelo.
Alma no sabe que si consigue averiguar qué sentimiento escondo, no podrá resistirse a quitármelo. Y, entonces, todo será silencio.
sábado, 24 de septiembre de 2011
What's the worst you take from every heart you break?
La sensación de vacío. El dolor tan extremadamente intenso que nubla hasta el último de tus sentidos. La punzada de culpabilidad. El valor que se deshace conforme las palabras nacen de tu boca. Los temblores que suben poco a poco desde tus manos, anidan en tu pecho y descienden imparables hasta tus rodillas. Sus ojos en los tuyos. Su incredulidad, tu firmeza.
La negación. El orgullo. La súplica. El odio. La indiferencia.
Le devuelves un corazón hecho trizas. Le devuelves un alma impregnada de tus recuerdos. Una incógnita. Una oración. Una lucha. Una retirada. Una disculpa.
Un último beso. Tus labios en los suyos. Tan suaves como siempre. Tan cálidos, dulces y seguros. Tan tuyos. Tan suyos. Imaginaciones. Pesadillas. Frustración. Dolor. Arrepentimiento. Seguridad. Fuerza. Metas. Sueños. Recuerdos. Cicatriz. Nueva página.
La negación. El orgullo. La súplica. El odio. La indiferencia.
Le devuelves un corazón hecho trizas. Le devuelves un alma impregnada de tus recuerdos. Una incógnita. Una oración. Una lucha. Una retirada. Una disculpa.
Un último beso. Tus labios en los suyos. Tan suaves como siempre. Tan cálidos, dulces y seguros. Tan tuyos. Tan suyos. Imaginaciones. Pesadillas. Frustración. Dolor. Arrepentimiento. Seguridad. Fuerza. Metas. Sueños. Recuerdos. Cicatriz. Nueva página.
miércoles, 10 de agosto de 2011
She isn't real.
Antes de que pudiera alcanzar la puerta y alejarse para siempre, él se interpuso en su camino.
-Dame un minuto más.
-¿Un minuto? No me harás cambiar de opinión en ese tiempo.
-Pero, ¿tú sabes todo lo que puedo hacer yo en un minuto?
Se apiadó de sus ojos suplicantes, de su pelo castaño revuelto, de sus labios temblorosos. Alzó la muñeca izquierda y miró el reloj.
-No sé qué pretendes, pero tienes un minuto a partir de... ya.
Él le cogió las manos. Estaban heladas. Casi pudo notar el escalofrío que había recorrido su espina dorsal. Se perdió durante dos segundos en sus ojos color canela. Cogió todo el aire que pudo.
-En un minuto puedo hacer que tu día cambie radicalmente. En un minuto puedo hacer que te sonrojes, que sonrías, que tiembles. En un minuto puedo memorizar tu imagen para mis sueños. En un minuto puedo curar mi corazón destrozado si te veo. En un minuto puedo dedicarte el estribillo de tu canción favorita. En un minuto puedo recitarte aquel poema de Neruda entero, cosa que nunca hice en persona. En un minuto puedo llevarte a un mundo paralelo, hacerte volar, invitarte a soñar. Durante un minuto puedo apresarte entre mis brazos para que tu aroma se adhiera a mi ropa. En un minuto puedo inventar el cuento con el que te quedarás dormida esta noche. Cada minuto puedo amarte un poco más que el anterior, pero menos que el siguiente. En un minuto puedo besarte millones de veces, o una sola...
Se acercó a su boca y la besó. Cerraron los ojos. Ella dejó que sus labios se abrieran y que su sabor los impregnara.
-Eres todo para mí. El sueño no correspondido, quizás. La canción que nadie canta, tan única y hermosa. Eres como un mito en el que tengo que creer, y lo único que me hace falta para hacerlo real es una razón más, en este minuto. Eres inalcanzable, y ahora que te tengo aquí, ahora que estamos juntos... quédate conmigo. Haría cualquier cosa por tenerte sólo para mí... Quédate conmigo, por favor, quédate conmigo.
Después de la erupción del volcán, el silencio enfrió la lava que envolvía sus corazones hasta convertirla en una consistente capa de hielo. Ella dejó que la rodeara con sus brazos una vez más, apoyó la cabeza contra su pecho y suspiró. Antes de darse cuenta, sus labios ya se fundían con los de él. Atrapó su cara entre las manos y lo miró a los ojos.
-Lo siento -susurró.
Él se apartó de la puerta y la dejó marchar. Mientras se alejaba pudo oír cómo el corazón de él estallaba en seiscientos ochenta y tres diminutos pedazos. Un ruido parecido al de la demolición de un edificio. Su propio corazón tembló hasta que estuvo dentro del coche; entonces, sintió cómo algo atravesaba su pecho, y segundos después explotó. Retuvo las lágrimas en los ojos, evitó que rodaran por sus mejillas, mantuvo su orgullo intacto. Arrancó el coche y se alejó de allí. Él podría reconstruir su corazón a partir de los escombros, pero del suyo no había quedado más que una desierta zona cero. Apoyado contra la pared, a punto de caer, él la vio alejarse.
-Tu reloj no tiene segundero -fue lo único que alcanzó a decir-. Tu maldito reloj no tiene segundero...
Ésta es una gran canción...
miércoles, 25 de mayo de 2011
Efímera y fugaz.
Cierra los ojos. Respira profundamente. Entra en el escenario mientras un tímido aplauso se extiende entre los miembros del público. Saluda con una reverencia formal. Abre la tapa del piano y ajusta el asiento a su altura. Se sienta y coloca las manos sobre las teclas. Siente un escalofrío. Echa los brazos a un lado y los deja sueltos un momento. Se relaja unos segundos. Se concentra.
Acaricia las teclas. Coge aire, en una respiración fuerte, y comienza a tocar.
Fuerte. Agobio. Desesperación. Suave. Tristeza.
¿Cómo interpretar los sentimientos que quiso plasmar Beethoven en su obra? ¿Cómo saber qué quería decirnos? Se deja llevar por la música y relamente no es consciente de lo que hay a su alrededor. Sólo existen las teclas, blancas y negras. Ochenta y ocho teclas, a su merced. Casi obsesivamente, bajan y suben. Y es mágico el sonido que producen bajo sus manos.
En su asiento, el pianista oscila y se adelanta en algunos fragmentos. Se acerca al piano casi acariciándolo. Desde el público, se lo ve entregado a una relación dolorosa. Las cuerdas vibran, tiemblan a su contacto. La estancia se llena de su sonido y la atención se centra en él, en su melodía, en su música.
Pero, ¿en qué está pensando él? El pianista está ya muy lejos del escenario. Vuela entre sus propios pensamientos. Se desliza entre los recuerdos. Las horas que ha pasado ensayando para el concierto. Desde un principio lleno de fallos hasta la lectura completa. Y luego, el toque personal. La interpretación propiamente dicha. Repetir fragmentos hasta la saciedad. Grabarlos en su memoria.
Sigue atento a cada nota, pero está muy lejos de allí en realidad. Ella. Ella ocupa su mente. Todo lo ocupa ella, como en el poema de Neruda. Recuerda los primeros acercamientos difíciles. Ella, tan resistente, no se dejaba tocar. Insistente, él no se dejó vencer. Consiguió, tras años y años, algún gesto por su parte, que le proporcionaba el impulso necesario para continuar con su lucha. Y cuando parecía que la tenía rendida a sus pies, volvía a desafiarle al irse con otros. Le comían los celos y la deseaba sólo para sí. Se encerraba con ella e intentaba hacerla entrar en razón. Sin embargo, siempre ocurría lo mismo. Ella volvía a desaparecer durante largas temporadas que pasaba en otros brazos.
Al final, siempre volvía a él. Con esfuerzo y dedicación, conseguía mantenerla a su lado. Pero le seguía dañando. Le seguía mordiendo el alma. Le seguía revolviendo las entrañas. Con cuchillos. Y sangraba, sangraba todo su amor por ella. Y la odiaba, la odiaba por amarla tanto y no saber vivir en su ausencia.
¿Ausencia? En realidad ella siempre estaba presente, aunque él no la viera. Pues el mismo sonido de su corazón marcaba el compás de sus pasos, que siempre le acompañaban. Era él el que no se amoldaba a su figura e intentaba cambiarla. Era él el que se obsesionaba con sus huidas.
Mientras tanto, ella le seguía siendo fiel cuando él la dejaba. Se rendía a sus proposiciones y dejaba que sacara de su piel las más bellas melodías.
Acaba la pieza. Él se da cuenta. Ella ha estado ahí siempre. Quizás ha sido él quien no ha sabido ver la libertad que necesita la música. Quizás ha sido él quien la ha acorralado contra una esquina. Pero sigue ahí, después de todo. Sonríe con cierta amargura. Se levanta y hace una reverencia mientras en público aplaude. Ahora lo entiende todo. No puedes encerrar en una jaula a un ser tan libre. No puedes querer poseerla. Debe ser efímera y fugaz, pues así es como más bella se luce.
Sale del escenario. Atraviesa las puertas y se deja envolver por la brisa. Ahora que lo ha comprendido, sólo quiere volver a tener un rato a solas con ella, para volver a acariciar su piel...
Me dirás que no es hermosa...
lunes, 11 de abril de 2011
Muy, muy dulce.
Tenía la voz melosa y el pelo castaño. No sé si ambas características tienen mucho que ver, pero sus ojos color miel completaban la tríada que me hacía intuir que era muy, muy dulce. Sus curvas se difuminaban en los movimientos suaves al bailar cerca de mí. Y es que se me nublaban los sentidos, tan llenos de ella.
El pelo le olía a canela. Las manos eran delicadas como la porcelana y suaves como el algodón. Al besarlas, como algodón de azúcar, de color rosa. Su piel estaba ligeramente bronceada y un grupito de pecas jugaba alrededor de su nariz, como virutillas de chocolate. Cuando sus pestañas rozaban mis mejillas al acercarse, intencionadamente, no podía reprimir los escalofríos. Y su voz cálida susurrándome palabras lentas al oído. Muy, muy lentas. Me hacía enloquecer.
Y luego, sus labios. Probar sus labios fue confirmar su dulzura. No hay sabor creado por el hombre que se asemeje al de sus labios. Los probé una y otra vez. Acaricié el contorno el aquella azucarada diosa. Parecía mentira que una dama tan dulce pudiera susurrarme aquellas palabras tan saladas, que aumentaban mi sed de ella.
-¿Quieres pasar la noche conmigo? -preguntó.
-No sé, bonita, ten cerca el número de la ambulancia, puede que me dé una subida de azúcar. Eso sí, creo que nunca llegaré a empacharme de ti.
Me sonrió. Incluso su sonrisa parecía hecha de pequeños montoncitos ordenados de granitos blancos de azúcar. Muy, muy blancos.
Qué ganas tengo de comerte... y qué ganas tengo de hacer que se derrita toda tu dulzura.
El pelo le olía a canela. Las manos eran delicadas como la porcelana y suaves como el algodón. Al besarlas, como algodón de azúcar, de color rosa. Su piel estaba ligeramente bronceada y un grupito de pecas jugaba alrededor de su nariz, como virutillas de chocolate. Cuando sus pestañas rozaban mis mejillas al acercarse, intencionadamente, no podía reprimir los escalofríos. Y su voz cálida susurrándome palabras lentas al oído. Muy, muy lentas. Me hacía enloquecer.
Y luego, sus labios. Probar sus labios fue confirmar su dulzura. No hay sabor creado por el hombre que se asemeje al de sus labios. Los probé una y otra vez. Acaricié el contorno el aquella azucarada diosa. Parecía mentira que una dama tan dulce pudiera susurrarme aquellas palabras tan saladas, que aumentaban mi sed de ella.
-¿Quieres pasar la noche conmigo? -preguntó.
-No sé, bonita, ten cerca el número de la ambulancia, puede que me dé una subida de azúcar. Eso sí, creo que nunca llegaré a empacharme de ti.
Me sonrió. Incluso su sonrisa parecía hecha de pequeños montoncitos ordenados de granitos blancos de azúcar. Muy, muy blancos.
Qué ganas tengo de comerte... y qué ganas tengo de hacer que se derrita toda tu dulzura.
sábado, 4 de diciembre de 2010
Heartless.
Susana era ludópata. Susana era una ludópata aunque no hubiera pisado un Casino en su vida. No, a ella no le gustaba ese tipo de máquinas tragaperras, a ella le gustaba jugar con riesgo. A ella le gustaba jugar con hombres, apostar su corazón cada noche. Y siempre ganaba.
Podría parecer rutina, pero era tan satisfactoria que no se hacía pesada, no había necesidad de innovar. Susana salía cada sábado con un vestido distinto, unas veces ajustado a su estrecha figura, otras, con falda de vuelo. Pasaba la noche de garito en garito, bailando, mirando, eligiendo, atrapando. Hacía una especie de casting entre los chicos que la seguían discretamente y la observaban desde la barra. Y, decidida, se acercaba a su juguete y lo guiaba con movimientos ensayados hasta su propio Casino, un colchón en medio de la habitación casi vacía de un apartamento alquilado.
Entonces, Susana agitaba los dados. ¿Qué se apostaba? El corazón. Si saliera el 18, su corazón quedaría en manos del hombre que estuviera en su cama aquella noche. Los dados chocaban dentro del cubilete mientras se desnudaban. Clack, clack, clack. Labios y piel confundiéndose. Clack, clack, clack. Sonrisa y miradas de complicidad. Clack, clack, clack. Caricias, besos y placer. Clack, clack, clack. Y, al despuntar el alba, Susana dejaba caer los dados.
Aún hoy, todavía no ha salido el número 18 y sale todos los sábados en busca de una nueva presa. Algunos dicen que el juego la ha consumido, otros, que Susana no tiene corazón. Lo que pasa es que ella sí les ha ganado la partida y les ha robado el suyo.
Podría parecer rutina, pero era tan satisfactoria que no se hacía pesada, no había necesidad de innovar. Susana salía cada sábado con un vestido distinto, unas veces ajustado a su estrecha figura, otras, con falda de vuelo. Pasaba la noche de garito en garito, bailando, mirando, eligiendo, atrapando. Hacía una especie de casting entre los chicos que la seguían discretamente y la observaban desde la barra. Y, decidida, se acercaba a su juguete y lo guiaba con movimientos ensayados hasta su propio Casino, un colchón en medio de la habitación casi vacía de un apartamento alquilado.
Entonces, Susana agitaba los dados. ¿Qué se apostaba? El corazón. Si saliera el 18, su corazón quedaría en manos del hombre que estuviera en su cama aquella noche. Los dados chocaban dentro del cubilete mientras se desnudaban. Clack, clack, clack. Labios y piel confundiéndose. Clack, clack, clack. Sonrisa y miradas de complicidad. Clack, clack, clack. Caricias, besos y placer. Clack, clack, clack. Y, al despuntar el alba, Susana dejaba caer los dados.
Aún hoy, todavía no ha salido el número 18 y sale todos los sábados en busca de una nueva presa. Algunos dicen que el juego la ha consumido, otros, que Susana no tiene corazón. Lo que pasa es que ella sí les ha ganado la partida y les ha robado el suyo.
Suzanne...
miércoles, 24 de noviembre de 2010
It was only a kiss.
Conocer la verdad no suele ser fácil, ni placentero. Para ti no habrá una excepción.
Al principio siempre quieres saber. Todo va bien. Sales al exterior despacio, curioso. Pero de repente la verdad se muestra ante ti, dolorosa como una luz intensa tras una eterna oscuridad, y quieres volver lo antes posible a tu situación anterior, a la ignorancia que te proporcionaba felicidad. Cual habitante de la caverna de Platón. Sin embargo, aunque pudieras volver, nada sería como antes.
Te vence por un momento la incredulidad y vuelves a mirar. Es ella, sin lugar a dudas. Ella en los brazos de otro, acariciada y besada por alguien que no eres tú. Te retuerces. ¿Por qué te está pasando todo esto? Te quedaste dormido, pensando que la tenías firmemente atada a ti. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que la abrazaste por última vez? ¿Y desde el último beso? Mucho.
Un beso. Fue sólo un beso. Lo vuestro empezó como un juego de besos. Quizás ha empezado también así con él. Al fin y al cabo, ¿qué es un beso? Puede serlo todo... o no significar nada. "Quizás fue sólo un simple beso, ¿cómo ha terminado así?", te preguntas. Incrédulo, no busques excusas.
No puedes moverte, así que miras, observas fijamente cada uno de sus movimientos, memorizándolos para tus pesadillas. Él fuma, el humo sale de su boca como volutas de un capitel jónico de una columna griega, quizás del Erecteion. ¿A qué viene esto ahora? El caso es que él fuma, y ella recoge su respiración en un beso. Cada vez más largo, cada vez más intenso, cada vez más doloroso.
Y cuando termina el cigarro la echa sobre la cama con fiereza y le quita el vestido. Sí, le quita el vestido. La deja medio desnuda encima de las sábanas en las que alguna vez estuvo contigo. No sería tan malo si ella no acariciara su pecho, su cuello, su pelo, y lo atrajera hacia sí para besarlo de nuevo.
¿Que te deje ir? No, todavía tienes que ver un poco más. Convencerte de lo que está pasando. Asegurarte de que no es una alucinación. Descubrir que, en parte, ha sido tu culpa también.
Sus cuerpos se unen, en una incesante ola de calor. ¿Lo sientes? Celos. Recorren cada milímetro de tu cuerpo, desde la raíz del cabello hasta las uñas de los pies. Tomando el control. ¿Tomando el control? No, porque hasta aquí ha llegado mi férrea obligación. Si quieres seguir mirando o no, es decisión tuya. Me miras sereno, con un dolor tan grande que consume hasta el corazón, das media vuelta y te marchas.
¿Estás de broma? No hay excusa posible. Eres un cobarde. Vamos, abre los ojos, soy Mr Brightside.
http://www.youtube.com/watch?v=gGdGFtwCNBE
Por supuesto, la inspiración no viene sola, sino de la mano de los grandes.
Al principio siempre quieres saber. Todo va bien. Sales al exterior despacio, curioso. Pero de repente la verdad se muestra ante ti, dolorosa como una luz intensa tras una eterna oscuridad, y quieres volver lo antes posible a tu situación anterior, a la ignorancia que te proporcionaba felicidad. Cual habitante de la caverna de Platón. Sin embargo, aunque pudieras volver, nada sería como antes.
Te vence por un momento la incredulidad y vuelves a mirar. Es ella, sin lugar a dudas. Ella en los brazos de otro, acariciada y besada por alguien que no eres tú. Te retuerces. ¿Por qué te está pasando todo esto? Te quedaste dormido, pensando que la tenías firmemente atada a ti. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que la abrazaste por última vez? ¿Y desde el último beso? Mucho.
Un beso. Fue sólo un beso. Lo vuestro empezó como un juego de besos. Quizás ha empezado también así con él. Al fin y al cabo, ¿qué es un beso? Puede serlo todo... o no significar nada. "Quizás fue sólo un simple beso, ¿cómo ha terminado así?", te preguntas. Incrédulo, no busques excusas.
No puedes moverte, así que miras, observas fijamente cada uno de sus movimientos, memorizándolos para tus pesadillas. Él fuma, el humo sale de su boca como volutas de un capitel jónico de una columna griega, quizás del Erecteion. ¿A qué viene esto ahora? El caso es que él fuma, y ella recoge su respiración en un beso. Cada vez más largo, cada vez más intenso, cada vez más doloroso.
Y cuando termina el cigarro la echa sobre la cama con fiereza y le quita el vestido. Sí, le quita el vestido. La deja medio desnuda encima de las sábanas en las que alguna vez estuvo contigo. No sería tan malo si ella no acariciara su pecho, su cuello, su pelo, y lo atrajera hacia sí para besarlo de nuevo.
¿Que te deje ir? No, todavía tienes que ver un poco más. Convencerte de lo que está pasando. Asegurarte de que no es una alucinación. Descubrir que, en parte, ha sido tu culpa también.
Sus cuerpos se unen, en una incesante ola de calor. ¿Lo sientes? Celos. Recorren cada milímetro de tu cuerpo, desde la raíz del cabello hasta las uñas de los pies. Tomando el control. ¿Tomando el control? No, porque hasta aquí ha llegado mi férrea obligación. Si quieres seguir mirando o no, es decisión tuya. Me miras sereno, con un dolor tan grande que consume hasta el corazón, das media vuelta y te marchas.
¿Estás de broma? No hay excusa posible. Eres un cobarde. Vamos, abre los ojos, soy Mr Brightside.
http://www.youtube.com/watch?v=gGdGFtwCNBE
Por supuesto, la inspiración no viene sola, sino de la mano de los grandes.
lunes, 22 de noviembre de 2010
En algún rincón de sus sábanas...
-¿Quieres casarte conmigo?
La calidez de su aliento y el suave movimiento de sus labios al hablar me dejaron anodada. Apenas nos separaban unos centímetros y podía sentir en mi propio pecho los latidos de su corazón. Acelerados. ¿Por qué tantos nervios? Espera, ¿qué era lo que me había dicho? Vaya, parecería una tonta. Bien.
-¿Qu... qué? -tartamudeé inocentemente.
-Me preguntaba, arrodillado ante ti y con este humilde anillo en mi manos, si querrías casarte conmigo.
No me había dado cuenta del detalle del anillo. Miré a nuestro alrededor. Había un cuarteto de cuerda no muy lejos de nosotros, interpretando un bonito vals. La gente se daba la vuelta, curiosa. Todo estaba perfectamente acordado para que fuera la pedida de mano ideal. Y la novia no había sido capaz de mirar más allá de los ojos del amado. Definitivamente, era poco observadora. Irremediablemente, esto no era más que un síntoma del enamoramiento.
-¿Y bien? -su voz me sacó de mis pensamientos -. ¿Quieres casarte conmigo?
Era la tercera vez que hacía la misma pregunta. La desesperación se abría paso en sus ojos y el cuerpo le temblaba. Si él hubiera sabido una mínima parte de todo lo que yo sentía, si me hubiera escuchado cuando hablaba por las noches en sueños, si hubiera leído entre las líneas de mis libros... no me lo habría pedido.
El miedo, siempre el miedo. Aunque me sentía absolutamente unida a él en todos los sentidos, me asaltó el pánico al compromiso, a una unión para toda la vida. Lo quería precisamente porque nunca me había obligado a hacer nada, ni siquiera me había pedido nunca una cita formal. Y el matrimonio, así de sopetón, me quedaba muy grande. Había sospechado desde el principio que él era demasiado bueno para mí, pero ahora sabía con certeza que nunca podría hacerle feliz, que yo no era la mujer de su vida.
Me armé de valor. De un valor moribundo y podre. De un valor manchado por la mentira.
-Te amo. Te amo como nunca amaré a nadie en la vida. Pero sabes que no puedo casarme contigo.
Deposité un suave beso de despedida en sus labios, que todavía tenían forma de "O" cuando me fui. Vagué por las calles buscándome a mí misma, y no me encontré. Me pregunté si la vida de verdad daba segundas oportunidades, porque había dejado plantado al hombre perfecto a la primera de cambio. Sí, la vida da segundas oportunidades, y muchas veces hasta a quien no se las merece. Pero, ¿yo? Yo ya había tenido más de cinco o seis oportunidades, esta vez todo había ido demasiado lejos.
Recogí mis cosas, pero no desaparecí de su vida. Dejé escondido en algún rincón de sus sábanas o de su armario, o incluso del último cajón de su mesilla, la mejor parte de mí.
Todavía, alguna noche de invierno, pienso en él.
La calidez de su aliento y el suave movimiento de sus labios al hablar me dejaron anodada. Apenas nos separaban unos centímetros y podía sentir en mi propio pecho los latidos de su corazón. Acelerados. ¿Por qué tantos nervios? Espera, ¿qué era lo que me había dicho? Vaya, parecería una tonta. Bien.
-¿Qu... qué? -tartamudeé inocentemente.
-Me preguntaba, arrodillado ante ti y con este humilde anillo en mi manos, si querrías casarte conmigo.
No me había dado cuenta del detalle del anillo. Miré a nuestro alrededor. Había un cuarteto de cuerda no muy lejos de nosotros, interpretando un bonito vals. La gente se daba la vuelta, curiosa. Todo estaba perfectamente acordado para que fuera la pedida de mano ideal. Y la novia no había sido capaz de mirar más allá de los ojos del amado. Definitivamente, era poco observadora. Irremediablemente, esto no era más que un síntoma del enamoramiento.
-¿Y bien? -su voz me sacó de mis pensamientos -. ¿Quieres casarte conmigo?
Era la tercera vez que hacía la misma pregunta. La desesperación se abría paso en sus ojos y el cuerpo le temblaba. Si él hubiera sabido una mínima parte de todo lo que yo sentía, si me hubiera escuchado cuando hablaba por las noches en sueños, si hubiera leído entre las líneas de mis libros... no me lo habría pedido.
El miedo, siempre el miedo. Aunque me sentía absolutamente unida a él en todos los sentidos, me asaltó el pánico al compromiso, a una unión para toda la vida. Lo quería precisamente porque nunca me había obligado a hacer nada, ni siquiera me había pedido nunca una cita formal. Y el matrimonio, así de sopetón, me quedaba muy grande. Había sospechado desde el principio que él era demasiado bueno para mí, pero ahora sabía con certeza que nunca podría hacerle feliz, que yo no era la mujer de su vida.
Me armé de valor. De un valor moribundo y podre. De un valor manchado por la mentira.
-Te amo. Te amo como nunca amaré a nadie en la vida. Pero sabes que no puedo casarme contigo.
Deposité un suave beso de despedida en sus labios, que todavía tenían forma de "O" cuando me fui. Vagué por las calles buscándome a mí misma, y no me encontré. Me pregunté si la vida de verdad daba segundas oportunidades, porque había dejado plantado al hombre perfecto a la primera de cambio. Sí, la vida da segundas oportunidades, y muchas veces hasta a quien no se las merece. Pero, ¿yo? Yo ya había tenido más de cinco o seis oportunidades, esta vez todo había ido demasiado lejos.
Recogí mis cosas, pero no desaparecí de su vida. Dejé escondido en algún rincón de sus sábanas o de su armario, o incluso del último cajón de su mesilla, la mejor parte de mí.
Todavía, alguna noche de invierno, pienso en él.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Te echo de menos.
Después de un duro día de trabajo, al anochecer, ella siempre me visitaba. No supe nunca si se trataba de un sueño o una alucinación. Tampoco quise saberlo.
Con las últimas luces del crepúsculo, aparecía envuelta en exuberantes vestidos de gasa transparente. Se lanzaba a mis brazos con desesperación contenida y encendía mi pasión al tiempo que se apagaba el día. Rápido, me deshacía de aquellas telas. Caminaba por los senderos de su piel en busca de nuevos reinos. Hábilmente, la despojaba de sus medias y de su ropa interior, siempre de encaje, apoderándome de todos los rincones de su cuerpo.
Algunos, la compararían con una gata, algo que quizás no se alejara demasiado de la realidad. A mí me gustaba compararla al mar, tan mansa y dulce en calma. Y, al mismo tiempo, tan cruel y peligrosa en la tormenta. Pero bella de ambas formas. Sus movimientos me fatigaban y sus ojos me atravesaban el alma, haciendo que mi deseo por tenerla fuera igual de intenso que el de alejarla de mí.
Mi musa, tan suave, tan áspera. Mi musa, tan placentera, tan dañina. Mi musa, tan amada, tan odiada. Pero mía de todas maneras.
Navegaba entre el sonido de sus gemidos sin timón, pero con un rumbo fijo. Podía pasar horas buscando el destino sin querer encontrarlo, deseando quedarme allí con ella, perdido en las oleadas de su calor. Y, mientras despuntaban las luces del alba, ella siempre depositaba millones de besos sobre mis labios, agrietados por el salado sabor de su piel, hasta que me dormía.
Cuando despertaba, pocas horas después, se había ido. Sin dejarme siquiera su olor para mis fantasías, para mis recuerdos. Siempre tenía la duda de si volvería cada noche, esos pequeños nervios en el estómago al llegar a casa, al llegar el anochecer.
Ella siempre volvía. Hasta hoy. ¿Dónde estás pequeña musa? No has venido y te echo de menos.
Con las últimas luces del crepúsculo, aparecía envuelta en exuberantes vestidos de gasa transparente. Se lanzaba a mis brazos con desesperación contenida y encendía mi pasión al tiempo que se apagaba el día. Rápido, me deshacía de aquellas telas. Caminaba por los senderos de su piel en busca de nuevos reinos. Hábilmente, la despojaba de sus medias y de su ropa interior, siempre de encaje, apoderándome de todos los rincones de su cuerpo.
Algunos, la compararían con una gata, algo que quizás no se alejara demasiado de la realidad. A mí me gustaba compararla al mar, tan mansa y dulce en calma. Y, al mismo tiempo, tan cruel y peligrosa en la tormenta. Pero bella de ambas formas. Sus movimientos me fatigaban y sus ojos me atravesaban el alma, haciendo que mi deseo por tenerla fuera igual de intenso que el de alejarla de mí.
Mi musa, tan suave, tan áspera. Mi musa, tan placentera, tan dañina. Mi musa, tan amada, tan odiada. Pero mía de todas maneras.
Navegaba entre el sonido de sus gemidos sin timón, pero con un rumbo fijo. Podía pasar horas buscando el destino sin querer encontrarlo, deseando quedarme allí con ella, perdido en las oleadas de su calor. Y, mientras despuntaban las luces del alba, ella siempre depositaba millones de besos sobre mis labios, agrietados por el salado sabor de su piel, hasta que me dormía.
Cuando despertaba, pocas horas después, se había ido. Sin dejarme siquiera su olor para mis fantasías, para mis recuerdos. Siempre tenía la duda de si volvería cada noche, esos pequeños nervios en el estómago al llegar a casa, al llegar el anochecer.
Ella siempre volvía. Hasta hoy. ¿Dónde estás pequeña musa? No has venido y te echo de menos.
sábado, 20 de noviembre de 2010
"Quiéreme si te atreves".
-¿Capaz o incapaz? -me susurró al oído.
Dudé durante unos segundos. Me estaba retando, como siempre. Aquel maldito juego me mataba y me revivía al mismo tiempo. Era una adicción: insana, pero necesaria.
-Capaz -le sonreí.
Me acerqué lentamente, notando el temblor de mi cuerpo. Acaricié su mejilla con mi fría mano. Ví el brillo de sus ojos justo antes de cerrar los míos. Y junté mis labios a los suyos, como siempre habíamos querido. Como siempre, con la excusa del juego, habíamos evitado hacer.
Me perdí en aquel beso como se pierde un náufrago tras una tormenta en alta mar. Pero, al revés que el que busca tierra, yo no quería encontrar la realidad, deseaba quedarme allí, nadando en aquella sensación, ahogándome en su dulce aroma.
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