La claridad perezosa de la madrugada se asomó con cuidado a través de las cortinas y me despertó suavemente con caricias en los párpados. Giré la cabeza y la encontré a mi lado, quieta. Miraba al techo con la respiración contenida.
-¿Sueñas despierta? -le pregunté.
Dirigió su rostro hacia mí, rápida, y me observó durante unos segundos con los ojos muy abiertos. Luego, volvió a la posición inicial y cerró los ojos. Noté cómo el aire llenaba sus pulmones lentamente, y suspiró. Me habría gustado estar dentro de su cabeza, nadar con ella en la tormenta de sus pensamientos. Acerqué despacio mi mano a la suya y la apreté débilmente. Estaba fría, fría como el interior de una catedral antigua. Esperé un momento, regulando la temperatura de nuestra piel.
-No tengo frío -dijo, haciendo caso omiso a mi pregunta.
Levanté una ceja y paseé mi mirada por su cuerpo desnudo. Deslicé mis dedos por su vientre, por su pecho, por su cuello, casi sin rozarla. Y aún así, pude notar cómo su piel ardía. Me sentí extraño, como si durante las horas que había dormido nuestras vidas se hubieran separado y la hubiera perdido por completo. Llegué a sus labios y los recorrí mientras un escalofrío me envolvía. El silencio parecía gravitar sobre nuestras almas, asesinando nuestras palabras. Me temblaron las manos unos segundos. Y ella lo notó.
-A veces me pregunto si lo que vivimos no será un sueño. Y me da miedo dormirme un día a tu lado y despertar en otra vida, en otro mundo, sin tus preguntas absurdas.
-Te perseguiría hasta en esa otra vida con mis estupideces, lo sabes.
-Pero, ¿y si no te acordaras? ¿Y si ni yo misma me acordara? ¿Y si llegáramos a ser felices en ese otro mundo sin saber de nuestra mutua existencia?
Callé. Seguí acariciando sus pómulos, bajé por la barbilla de nuevo a su cuello, a su pecho, a su vientre, y me mantuve allí, me deslicé cerca de su ombligo, de los huesos firmes de su cadera. La idea de no acordarme jamás de ella me provocaba un miedo terrible en forma de arcadas. Pero si no la recordara, esa sensación desaparecería con su imagen. ¿Qué es de la vida sin los recuerdos? ¿Qué somos nosotros mismos sin recuerdos? Intenté decir algo, pero el sonido murió antes de llegar a mis labios. Ella lo hizo por mí.
-¿Sabes? Creo que hasta en otra vida habría algo, un presentimiento, una sombra, un hueco en mi alma marcado por tu recuerdo inexistente pero real. Y quizás eso me llevaría, sin pretenderlo, hasta ti.
-¿Y si yo fuera feliz? -dije entrecortadamente-. ¿Qué harías?
Silencio de nuevo. Pasaron unos minutos eternos. Y cuando creí que ya no respondería, lo hizo.
-Al principio me consumiría la rabia y el dolor, como a todo ser humano. ¿Para qué negarlo? Pero si de verdad fueras feliz sin mí, o por lo menos sin mí como lo que soy ahora, no cometería la estupidez de estropear tu vida con mis sombras de recuerdos. Me mantendría cerca tuya, cuidando de ti sin que lo supieras. Intentaría ser feliz sólo porque tú lo eres. Y si no lo consiguiera, si el dolor de no tenerte a mi lado fuera demasiado fuerte y me consumiera, me alejaría. Me alejaría todo lo que pudiera y nunca, nunca, dejaría que supieras nada.
Abrió los ojos y me miró. Me hundí un momento en el azabache de sus iris. Y cuando notó que ya había vuelto al mundo real, sonrió con malicia.
-Pero ambos sabemos que no podrías vivir sin mí.
Sonreí y, desprevenido, sujeté sus caderas a duras penas cuando de un sólo movimiento me aprisionó bajo su cuerpo. Eran sus cambios imprevisibles de mujer salvaje. Todos mis sentidos se volcaron en su piel.
Más tarde, cuando la luz del sol ya cubría la habitación entera sin timidez, observé su cuerpo tranquilo mientras dormía de lado. La cara relajada contra la almohada, frente a mí, y los labios todavía entreabiertos por el sabor del último beso. Me levanté con cuidado de no despertarla y escribí una nota.
Tranquila, todavía me acuerdo de ti.
La doblé y la puse en su mano, fría a pesar de todo. Separé un mechón que caía sobre su mejilla.
-A mí me da miedo que sea en esta vida donde nos olvidemos el uno del otro -susurré-. Por eso, sigue soñando, ya sea despierta o dormida.
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jueves, 8 de marzo de 2012
domingo, 22 de enero de 2012
Nebulosa.
Las notas de un piano desconocido envuelven mis pensamientos. Y tú giras en el centro de todos ellos, como la estrella recién nacida en una nebulosa lejana. Los acontecimientos y las opiniones se suceden sin mucho sentido. La sociedad se corrompe, se pudre. La mierda ya no salpica, se hunde entre el fango que nos cubre y nos asfixia. Perdona que sea tan brusco. Hablaba sobre ti, sobre tu manera única de mantenerte firme después de tantos terremotos.
Me gustaría reconocer de una vez lo cobarde que soy y poder esconderme en tu cuerpo antibalas. Pareces el único puerto seguro al que anclarme en días de tormenta. Y, al mismo tiempo, te conviertes en esa mar furiosa que trata de arrastrarme hacia sus profundidades. Pero justo en ese último segundo de vida, en esa burbuja de aire que se escapa de mis pulmones, me devuelves a esa playa compuesta por granos de ánimo, que no de arena.
Silencio. Despierto. Las notas comienzan de nuevo, esta vez más cercanas, más reales. Me doy la vuelta, todavía aturdido, y abro los ojos despacio. Allí estás, sentada al piano, desnuda, perfecta. Me sonríes y me muero de celos por cómo acaricias las teclas. Puede que lo único que valga la pena en este puto mundo sean tus miradas. No voy a filosofar ahora, ni a convertirme en poeta. Pero observo cada milímetro de tu piel y, dios mío, no sabes las ganas que tengo de hacerte el amor entre las sombras.
Me gustaría reconocer de una vez lo cobarde que soy y poder esconderme en tu cuerpo antibalas. Pareces el único puerto seguro al que anclarme en días de tormenta. Y, al mismo tiempo, te conviertes en esa mar furiosa que trata de arrastrarme hacia sus profundidades. Pero justo en ese último segundo de vida, en esa burbuja de aire que se escapa de mis pulmones, me devuelves a esa playa compuesta por granos de ánimo, que no de arena.
Silencio. Despierto. Las notas comienzan de nuevo, esta vez más cercanas, más reales. Me doy la vuelta, todavía aturdido, y abro los ojos despacio. Allí estás, sentada al piano, desnuda, perfecta. Me sonríes y me muero de celos por cómo acaricias las teclas. Puede que lo único que valga la pena en este puto mundo sean tus miradas. No voy a filosofar ahora, ni a convertirme en poeta. Pero observo cada milímetro de tu piel y, dios mío, no sabes las ganas que tengo de hacerte el amor entre las sombras.
lunes, 16 de enero de 2012
Tus pupilas marinas.
Quiero ser el puto humo de tu cigarrillo, convertirme en lo único capaz de matarte lentamente y así hacerte eterno. Voy a desnudarme de cicatrices para entregarte un corazón completo. ¿Y si me encierro en los milímetros que separan tus labios? ¿Y si me ahogo en tus pupilas marinas? ¿Me querrás entonces?
¿Y si dejo la poesía, la mala vida? ¿Y si dejo de inventarme amores imposibles? ¿Me querrás entonces?
domingo, 25 de diciembre de 2011
Cósimo y Viola.
-¿Por qué me haces sufrir?
-Porque te amo.
Ahora era él quien se enfadaba.
-¡No, no me amas! Quien ama quiere la felicidad, no el dolor.
-Quien ama quiere sólo el amor, aun a costa del dolor.
-Me haces sufrir adrede, entonces.
-Sí, para ver si me amas.
La filosofía del barón se negaba a ir más allá.
-El dolor es un estado negativo del alma.
-El amor lo es todo.
-Contra el dolor ha de lucharse siempre.
-El amor no se niega a nada.
-Hay cosas que no admitiré nunca.
-Sí que las admites, porque me amas y sufres.
___________________________________________________________
Cósimo clavó los ojos en ella. Y ella:
-Tú no crees que el amor sea entrega absoluta, renuncia a uno mismo.
Podría decir algo Cósimo, cualquier cosa para ir hacia ella, podía decirle: "Dime lo que quieres que haga, estoy dispuesto..." y habría sido de nuevo la felicidad para él, la felicidad juntos, sin sombras. Pero dijo:
-No puede haber amor si uno no es uno mismo con todas sus fuerzas.
Viola tuvo un gesto de contrariedad, que era también un gesto de cansancio. Y sin embargo, aún habría podido comprenderlo, como en realidad lo comprendía; más aún, tenía en la punta de la lengua las palabras para decirle: "Tú eres como yo te quiero" y subir inmediatamente con él... Se mordió el labio. Dijo:___________________________________________________________
Cósimo clavó los ojos en ella. Y ella:
-Tú no crees que el amor sea entrega absoluta, renuncia a uno mismo.
Podría decir algo Cósimo, cualquier cosa para ir hacia ella, podía decirle: "Dime lo que quieres que haga, estoy dispuesto..." y habría sido de nuevo la felicidad para él, la felicidad juntos, sin sombras. Pero dijo:
-No puede haber amor si uno no es uno mismo con todas sus fuerzas.
-Pues entonces sé tú mismo solo.
viernes, 9 de diciembre de 2011
El hielo también quema.
En mi corazón siempre es invierno. Así que, si vas a quedarte mucho tiempo ahí dentro, te aconsejo que lleves algo cómodo y un par de mantas. Verás qué bonito es el paso de los copos de nieve entre los ventrículos y las aurículas. Si alguna vez te atreves a viajar en arterias, abróchate el cinturón. Y no olvides llegar al corazón antes del anochecer, si te quedas en el cerebro no me dejarás dormir.
En mi corazón siempre es invierno. A veces, al pobre le cuesta bombear. La capa de hielo que se forma a su alrededor lo asfixia. Se ha acostumbrado a la claustrofobia. Ya casi no le dan espasmos cuando te ve. El muy cabrón antes siempre se golpeaba contra el hielo y acababa lleno de moratones. Se ha domesticado. O quizás ha aprendido del dolor.
En mi corazón siempre es invierno. Si vienes para quedarte, cuidado con romper algo. El problema es que nunca cobro fianza, y así me va. Lo único que puedo decirte es que tengo mis propias armas. Piensa antes de jugar con fuego, el hielo también quema.
lunes, 8 de agosto de 2011
Dejarse llevar suena demasiado bien.
Se arrastra hacia el dormitorio. Las llaves y el bolso han quedado olvidados en el suelo. Se deja caer en el colchón y permite que las lágrimas bañen la almohada. Debería salir de allí, huir de aquella ciudad. Pero aunque reuniera el valor suficiente para marcharse, no soportaría el miedo a llegar. Se quedaría en el viaje, atrapada para siempre en el asiento mullido del avión, mirando por la ventanilla ovalada hacia el infinito de las nubes. ¿Cómo saber dónde vas a acabar si ni siquiera sabes por dónde empezar?
Los ojos se le empequeñecen en las lagunas de sus ojos. Sí, quizás debería irse, dejar atrás el aburrido trabajo mal pagado y las noches en bares de mala muerte. Quizás debería cambiar de cerveza, a la negra, para no acordarse más de su pelo. Pero igual cambia de guatemala a guatepeor, y no es plan. Mejor dejarlo estar, seguir con la rutina. Quizás tampoco vive tan mal. Quizás todo mejore poco a poco. Quizás...
Se le cierran los párpados entre el sí y el no. Positivo es su grupo sanguíneo. Algo irónico dada su negativa forma de pensar. No se ha quitado la ropa, pero, ¿qué más da?, nadie la va a acompañar esta noche. Y sueña con despertar en otro tiempo, en otra ciudad, en otra vida. ¿Dónde está la frontera entre ficción y realidad? ¿Quién dijo que soñar era gratis? Porque a ella le cobran en especias cada sueño, con dolor de corazón.
Dejarse llevar suena demasiado bien. Echar a suertes el siguiente paso. No se puede jugar al azar con la vida, es muy sabia, y demasiado puta. Así que ella seguirá recordando al amor que nunca existió, incapaz de moverse por si aparece en su busca. Y se consumirá como el cigarrillo en sus labios aquel amanecer en el que, después de hacerle mil promesas seguidas de mil amores, se marchó.
jueves, 7 de julio de 2011
Una locura última del corazón.
Florentino Ariza, endurecido de tanto sufrir, asistía a los preparativos del viaje como hubiera asistido un muerto a los aprestos de sus honras fúnebres. No le dijo a nadie que se iba, no se despidió de nadie, con el hermetismo férreo con que sólo le reveló a la madre el secreto de su pasión reprimida, pero la víspera del viaje cometió a conciencia una locura última del corazón que bien pudo costarle la vida. Se puso a la media noche su traje de domingo, y tocó a solas bajo el balcón de Fermina Daza el valse de amor que había compuesto para ella, que sólo ellos dos conocían, y que fue durante tres años el emblema de su complicidad contrariada. Lo tocó murmurando la letra, con el violín bañado en lágrimas, y con una inspiración tan intensa que a los primeros compases empezaron a ladrar los perros de las calle, y luego los de la ciudad, pero después se fueron callando poco a poco por el hechizo de la música, y el valse terminó con un silencio sobrenatural. El balcón no se abrió, ni nadie se asomó a la calle, ni siquiera el sereno que casi siempre acudía con su candil tratando de medrar con las migajas de las serenatas. El acto fue un conjuro de alivio para Florentino Ariza, pues cuando guardó el violín en el estuche y se alejó por las calles muertas sin mirar hacia atrás, no sentía ya que se iba la mañana siguiente, sino que se había ido desde hacía muchos años con la disposición irrevocable de no volver jamás.
Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera.
Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera.
martes, 7 de junio de 2011
¿Qué es el amor?
Una vez me preguntaste qué era el amor. No supe contestarte. ¿Cómo definir algo con tantas facetas, todas tan distintas e iguales al mismo tiempo? ¿Cómo definir esa palabra, cómo resumir todo lo que significa en un par de líneas? ¿Cómo saber exactamente qué es el amor, si cada vez se nos muestra de una forma diferente?
Entre Romanticismo, Realismo y Poesía Pura esta tarde, he tenido un flashback mirando las preciosas cortinas de mi habitación. Atentos al dato: ni siquiera estaba mirando por la ventana, simplemente los cuadros de mis cortinas. Y casi he oído aquella pregunta que susurraste cerca de mi oreja, provocándome un escalofrío, seguido de un pánico terrible y un fuerte dolor en algún lugar remoto de mi pecho. Te tomé por loco y dejé que el silencio te respondiera con su habitual frialdad. Pero, en realidad, no era una pregunta tan descabellada.
¿Qué es el amor? ¿Es un sentimiento, una sensación, un pensamiento? Desde luego, no es una mentira. No hay falsedad en la adrenalina que recorre nuestras venas cuando estamos enamorados. Tampoco en el accelerando de nuestro corazón cuando vemos a esa persona. Ni en la aguda punzada que se nos clava sin piedad cuando la perdemos.
Dicen que el amor y la locura van de la mano, así que niego también que el amor pueda ser un pensamiento. El amor puede acarrear un incesante trabajo del cerebro sobre el objeto de nuestro amor, que es diferente. Y aquí es donde llega mi tema preferido: la lucha interna entre razón y corazón. Pueden hacerse apuestas sobre quién ganará, pero nunca podremos tener un porcentaje medianamente certero que nos asegure un mínimo de fiabilidad, pues ambos son tan poderosos que manipulan a su antojo nuestras acciones, en igualdad de condiciones. Y hasta la persona más responsable y prudente puede llegar a hacer grandes locuras por amor. Grandes, enormes, gigantes. Universales.
El amor es una sensación que te revuelve las entrañas, tanto para bien como para mal. La primera fase suele ser común a todo tipo de amores: los nervios, la idealización del ser amado, la adorable "enfermedad", los desórdenes alimenticios y el insomnio. El acercamiento, las conversaciones que quedan grabadas a presión en nuestra memoria, la contemplación. Esa mezcla entre felicidad y amargura constante.
¿Y si no es recíproco? He de reconocerlo, creo que no hay sonido más devastador que el de un corazón rompiéndose en un billón de piececitas diminutas que se clavan en lo más hondo del alma y la hacen sangrar; y aún así, es hermoso. Lo siento si suena un pelín macabro. Tras el rechazo, la vida carece de sentido. ¿Para qué? ¿Qué finalidad tiene seguir si no es con él/ella? Y todo parece sumirse en un agujero negro, un pozo en el que caemos durante un tiempo indefinido que se nos antoja eterno. Pero tocamos fondo, se produce el efecto rebote y tenemos que salir de nuevo.
Hablemos de un amor correspondido. De repente, tras una temporada en el limbo a medio camino entre la plenitud y el infierno, se nos abren las puertas del cielo. Subimos a lo más alto. Sentimos la satisfacción de estar junto a él/ella y disfrutamos de cada momento como si fuera el último. No tiene porqué convertirse en rutina, aunque es difícil evitarla. Sorprendernos con algo nuevo, amarnos de forma distinta cada día. Probar nuevos temas, nuevas experiencias. Viajar, convivir. Crisis, reconciliación.
Doy por supuesto en el anterior párrafo que ese amor correspondido es un amor de "fácil acceso", es decir, sin complicaciones. Pero, ¿y si no es así? Color, edad, distancia, religión... y miles de motivos más pueden hacer que ese amor correspondido acabe apagándose a la fuerza. O que quede aprisionado en algún rincón de nuestro corazón, esperando inútilmente su oportunidad. Podemos hacer como si no existiera esa llama en nuestro interior, aunque nos queme cada uno de los 21 gramos que dicen que pesa el alma. Y puede que lo consigamos. Pero, lo más probable es que estalle o se apague (el estallido suele conllevar su posterior extinción). ¿Qué puedo decirte que no sepas ya? Seguramente tú sabes más de esto que yo.
Me hiciste aquella pregunta, "¿qué es el amor?", y me quedé en blanco. Quizás es demasiado tarde para responderte. Quizás no leas esto nunca. Quizás me equivoque y el amor sea algo completamente diferente... Pero hoy, entre mis temas de Literatura Universal, sentía la asfixiante necesidad de responderte. Ojalá hubiera tenido las agallas suficientes en aquel momento para decirte todo esto, ojalá tú me hubieras abrazado fuerte mientras estallaban nuestros corazones y se incendiaban a la vez nuestras almas. Ojalá se hubieran extinguido después sin dejar huella alguna del fogonazo. Y no esta sensación amarga cuando desentierro lo que queda de ti.
Entre Romanticismo, Realismo y Poesía Pura esta tarde, he tenido un flashback mirando las preciosas cortinas de mi habitación. Atentos al dato: ni siquiera estaba mirando por la ventana, simplemente los cuadros de mis cortinas. Y casi he oído aquella pregunta que susurraste cerca de mi oreja, provocándome un escalofrío, seguido de un pánico terrible y un fuerte dolor en algún lugar remoto de mi pecho. Te tomé por loco y dejé que el silencio te respondiera con su habitual frialdad. Pero, en realidad, no era una pregunta tan descabellada.
¿Qué es el amor? ¿Es un sentimiento, una sensación, un pensamiento? Desde luego, no es una mentira. No hay falsedad en la adrenalina que recorre nuestras venas cuando estamos enamorados. Tampoco en el accelerando de nuestro corazón cuando vemos a esa persona. Ni en la aguda punzada que se nos clava sin piedad cuando la perdemos.
Dicen que el amor y la locura van de la mano, así que niego también que el amor pueda ser un pensamiento. El amor puede acarrear un incesante trabajo del cerebro sobre el objeto de nuestro amor, que es diferente. Y aquí es donde llega mi tema preferido: la lucha interna entre razón y corazón. Pueden hacerse apuestas sobre quién ganará, pero nunca podremos tener un porcentaje medianamente certero que nos asegure un mínimo de fiabilidad, pues ambos son tan poderosos que manipulan a su antojo nuestras acciones, en igualdad de condiciones. Y hasta la persona más responsable y prudente puede llegar a hacer grandes locuras por amor. Grandes, enormes, gigantes. Universales.
El amor es una sensación que te revuelve las entrañas, tanto para bien como para mal. La primera fase suele ser común a todo tipo de amores: los nervios, la idealización del ser amado, la adorable "enfermedad", los desórdenes alimenticios y el insomnio. El acercamiento, las conversaciones que quedan grabadas a presión en nuestra memoria, la contemplación. Esa mezcla entre felicidad y amargura constante.
¿Y si no es recíproco? He de reconocerlo, creo que no hay sonido más devastador que el de un corazón rompiéndose en un billón de piececitas diminutas que se clavan en lo más hondo del alma y la hacen sangrar; y aún así, es hermoso. Lo siento si suena un pelín macabro. Tras el rechazo, la vida carece de sentido. ¿Para qué? ¿Qué finalidad tiene seguir si no es con él/ella? Y todo parece sumirse en un agujero negro, un pozo en el que caemos durante un tiempo indefinido que se nos antoja eterno. Pero tocamos fondo, se produce el efecto rebote y tenemos que salir de nuevo.
Hablemos de un amor correspondido. De repente, tras una temporada en el limbo a medio camino entre la plenitud y el infierno, se nos abren las puertas del cielo. Subimos a lo más alto. Sentimos la satisfacción de estar junto a él/ella y disfrutamos de cada momento como si fuera el último. No tiene porqué convertirse en rutina, aunque es difícil evitarla. Sorprendernos con algo nuevo, amarnos de forma distinta cada día. Probar nuevos temas, nuevas experiencias. Viajar, convivir. Crisis, reconciliación.
Doy por supuesto en el anterior párrafo que ese amor correspondido es un amor de "fácil acceso", es decir, sin complicaciones. Pero, ¿y si no es así? Color, edad, distancia, religión... y miles de motivos más pueden hacer que ese amor correspondido acabe apagándose a la fuerza. O que quede aprisionado en algún rincón de nuestro corazón, esperando inútilmente su oportunidad. Podemos hacer como si no existiera esa llama en nuestro interior, aunque nos queme cada uno de los 21 gramos que dicen que pesa el alma. Y puede que lo consigamos. Pero, lo más probable es que estalle o se apague (el estallido suele conllevar su posterior extinción). ¿Qué puedo decirte que no sepas ya? Seguramente tú sabes más de esto que yo.
Me hiciste aquella pregunta, "¿qué es el amor?", y me quedé en blanco. Quizás es demasiado tarde para responderte. Quizás no leas esto nunca. Quizás me equivoque y el amor sea algo completamente diferente... Pero hoy, entre mis temas de Literatura Universal, sentía la asfixiante necesidad de responderte. Ojalá hubiera tenido las agallas suficientes en aquel momento para decirte todo esto, ojalá tú me hubieras abrazado fuerte mientras estallaban nuestros corazones y se incendiaban a la vez nuestras almas. Ojalá se hubieran extinguido después sin dejar huella alguna del fogonazo. Y no esta sensación amarga cuando desentierro lo que queda de ti.
No queda ni una mirada.
lunes, 28 de marzo de 2011
Por siempre jamás.
Jaime Bernabé se acercó a la entrada y traspasó las puertas automáticas que se abrieron para él con un molesto chirrido grave. El olor a desinfectante y plástico se introdujo en sus fosas nasales sin remedio, arrugó la nariz y caminó lentamente hacia el ascensor. Odiaba los hospitales.
Las puertas del ascensor se abrieron por fin y entró. Pulsó el botón de la sexta planta. Las puertas se cerraron y comenzó a subir. Paró en el tercer piso. Se subieron dos enfermeras y un hombre de barba blanca.
-Buenos días, doctor -dijeron al unísono las chicas de bata blanca.
-Buenos días -respondió él.
El hombre de barba blanca miraba sus zapatos, distraído. Pronunció un débil "Hola" que nadie llegó a oír. Las enfermeras cuchichearon en voz baja sobre algo que el doctor Bernabé tampoco llegó a escuchar, aunque lo intentó. La edad había hecho estragos en su oído. El ascensor paró en el quinto piso y todos bajaron, dejando solo de nuevo al anciano doctor. Era una rutina casi diaria. Siempre se encontraba con las mismas enfermeras cotillas. Siempre se encontraba con aquel hombre de barba blanca callado y pensativo.
El ascensor llegó al sexto piso y dejó a Jaime Bernabé enfrentándose al largo pasillo azulado. El doctor traspasó las puertas rojas. En un pequeño cartel a la izquierda se leía "Habitaciones 784 a 856". Caminó por el pasillo con pasos inseguros. Tuvo que parar un par de veces para apoyarse en la pared. Sudaba. Le temblaba todo el cuerpo. Algunos médicos con informes en las manos y auxiliares con carritos llenos de jeringuillas, vendas, brebajes y demás porquerías pasaron a su lado. Lo saludaron solemnemente. Y él les devolvió el saludo, intentando mantener la compostura.
Llegó por fin a la habitación 823. Colocó la mano sobre la manilla y se dió cuenta de que el parkinson se había acentuado en las últimas semanas. Apartó aquel pensamiento de su mente y abrió la puerta. Oyó la máquina antes de verla. Un irritante "pi, pi, pi, pi..." que, en contra de toda lógica, nadie deseaba ligar en una sola nota. Cerró la puerta con cuidado. Se quitó la chaqueta y la dejó en el sillón. Luego, se acercó a la cama. Las sábanas blancas cubrían el menudo cuerpo de Maika Soria.
-Hola, pequeña -dijo Jaime Bernabé.
Ella le sonrió débilmente. Tenía un fino tubo en las fosas nasales que le proporcionaba oxígeno. El anciano echó un vistazo a los brazos de su esposa. Tenía tres vías en el derecho y dos múltiples en el izquierdo. Daba grima ver cómo las agujas se clavaban sin compasión en la piel arrugada y llena de manchas de la que seguía siendo la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra, aún con sus ochenta y dos años. Jaime Bernabé le acarició las yemas de los dedos.
-¿Te han hecho mucho daño mientras no estaba? -ella negó con la cabeza, casi imperceptiblemente-. Eso está bien.
Se quedó callado un buen rato, sin apartar los ojos de su esposa, ni ella de él. El silencio sólo era interrumpido por los carritos que pasaban a todo correr por el pasillo o por los gritos del hombre de la habitación de enfrente, que llevaba allí más de seis meses, pidiendo auxilio y diciendo estar secuestrado. Entonces, Maika Soria apartó la mirada cuando él se dispuso a comprobar los niveles de sueros y medicamentos que le inyectaban en vena. Por la ventana se veían las primaverales hojas verdes de un árbol, suavemente balanceadas por la brisa. Maika entrecerró los ojos cuando el sol la descubrió.
Estaba pálida y huesuda. Y no había nada que salvar dentro de ella. No entendía por qué los médicos se empeñaban en dejarla allí ingresada. Ni por qué su marido no hacía nada por impedirlo. Jaime Bernabé había ejercido durante cuarenta años como médico en aquel hospital, toda la plantilla lo conocía, todos habrían hecho lo que él les hubiera pedido. Todavía no entendía por qué él no acababa con aquella historia. Jaime Bernabé leyó en los ojos de su mujer aquella pregunta no formulada.
-No quería que te fueras. Todavía no.
Ella asintió y se empezaron a formar lágrimas en sus hundidos ojos verdes. Había hablado en pasado. Por fin la iba a dejar marchar, como ella le había pedido si sucedía lo peor. Jaime Bernabé se enjuagó las lágrimas y le dijo:
-Pero, ya es hora de que nos vayamos juntos, aquí no hay nada que hacer, ¿no?
Una lágrima comenzó a rodar por la mejilla de su esposa que, incapaz de moverse, dejó que llegara hasta su barbilla y se perdiera en su cuello. Jaime Bernabé se acercó a ella y le quitó el tubo que le proporcionaba oxígeno. La besó en la frente.
-Te prometo que nos veremos en un par de minutos.
Ella alzó un poco la cabeza, apenas un par de milímetros, pero él supo interpretar el gesto y se acercó suavemente a sus labios. Fue un roce ligero de dos labios arrugados, agrietados y ancianos, pero fue un beso cálido, único.
-Te... a... amo -dijo ella entrecortadamente.
Jaime Bernabé desconectó la irritante máquina y sacó lentamente una jeringuilla de su bolsillo. Se levantó la manga de la camisa y encontró la vena sin dificultad. Se inyectó el pequeño tubo de aire y la dejó a un lado. Ninguno de los dos comenzó a boquear o a convulsionarse. Esperaron tranquilos el momento de irse. Jaime Bernabé paró su reloj de bolsillo, lo puso en las manos de Maika Soria y las cubrió con las suyas. Se miraron un último segundo antes de cerrar los ojos y se quedaron allí, congelados en el tiempo y el espacio, por siempre jamás.
Las puertas del ascensor se abrieron por fin y entró. Pulsó el botón de la sexta planta. Las puertas se cerraron y comenzó a subir. Paró en el tercer piso. Se subieron dos enfermeras y un hombre de barba blanca.
-Buenos días, doctor -dijeron al unísono las chicas de bata blanca.
-Buenos días -respondió él.
El hombre de barba blanca miraba sus zapatos, distraído. Pronunció un débil "Hola" que nadie llegó a oír. Las enfermeras cuchichearon en voz baja sobre algo que el doctor Bernabé tampoco llegó a escuchar, aunque lo intentó. La edad había hecho estragos en su oído. El ascensor paró en el quinto piso y todos bajaron, dejando solo de nuevo al anciano doctor. Era una rutina casi diaria. Siempre se encontraba con las mismas enfermeras cotillas. Siempre se encontraba con aquel hombre de barba blanca callado y pensativo.
El ascensor llegó al sexto piso y dejó a Jaime Bernabé enfrentándose al largo pasillo azulado. El doctor traspasó las puertas rojas. En un pequeño cartel a la izquierda se leía "Habitaciones 784 a 856". Caminó por el pasillo con pasos inseguros. Tuvo que parar un par de veces para apoyarse en la pared. Sudaba. Le temblaba todo el cuerpo. Algunos médicos con informes en las manos y auxiliares con carritos llenos de jeringuillas, vendas, brebajes y demás porquerías pasaron a su lado. Lo saludaron solemnemente. Y él les devolvió el saludo, intentando mantener la compostura.
Llegó por fin a la habitación 823. Colocó la mano sobre la manilla y se dió cuenta de que el parkinson se había acentuado en las últimas semanas. Apartó aquel pensamiento de su mente y abrió la puerta. Oyó la máquina antes de verla. Un irritante "pi, pi, pi, pi..." que, en contra de toda lógica, nadie deseaba ligar en una sola nota. Cerró la puerta con cuidado. Se quitó la chaqueta y la dejó en el sillón. Luego, se acercó a la cama. Las sábanas blancas cubrían el menudo cuerpo de Maika Soria.
-Hola, pequeña -dijo Jaime Bernabé.
Ella le sonrió débilmente. Tenía un fino tubo en las fosas nasales que le proporcionaba oxígeno. El anciano echó un vistazo a los brazos de su esposa. Tenía tres vías en el derecho y dos múltiples en el izquierdo. Daba grima ver cómo las agujas se clavaban sin compasión en la piel arrugada y llena de manchas de la que seguía siendo la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra, aún con sus ochenta y dos años. Jaime Bernabé le acarició las yemas de los dedos.
-¿Te han hecho mucho daño mientras no estaba? -ella negó con la cabeza, casi imperceptiblemente-. Eso está bien.
Se quedó callado un buen rato, sin apartar los ojos de su esposa, ni ella de él. El silencio sólo era interrumpido por los carritos que pasaban a todo correr por el pasillo o por los gritos del hombre de la habitación de enfrente, que llevaba allí más de seis meses, pidiendo auxilio y diciendo estar secuestrado. Entonces, Maika Soria apartó la mirada cuando él se dispuso a comprobar los niveles de sueros y medicamentos que le inyectaban en vena. Por la ventana se veían las primaverales hojas verdes de un árbol, suavemente balanceadas por la brisa. Maika entrecerró los ojos cuando el sol la descubrió.
Estaba pálida y huesuda. Y no había nada que salvar dentro de ella. No entendía por qué los médicos se empeñaban en dejarla allí ingresada. Ni por qué su marido no hacía nada por impedirlo. Jaime Bernabé había ejercido durante cuarenta años como médico en aquel hospital, toda la plantilla lo conocía, todos habrían hecho lo que él les hubiera pedido. Todavía no entendía por qué él no acababa con aquella historia. Jaime Bernabé leyó en los ojos de su mujer aquella pregunta no formulada.
-No quería que te fueras. Todavía no.
Ella asintió y se empezaron a formar lágrimas en sus hundidos ojos verdes. Había hablado en pasado. Por fin la iba a dejar marchar, como ella le había pedido si sucedía lo peor. Jaime Bernabé se enjuagó las lágrimas y le dijo:
-Pero, ya es hora de que nos vayamos juntos, aquí no hay nada que hacer, ¿no?
Una lágrima comenzó a rodar por la mejilla de su esposa que, incapaz de moverse, dejó que llegara hasta su barbilla y se perdiera en su cuello. Jaime Bernabé se acercó a ella y le quitó el tubo que le proporcionaba oxígeno. La besó en la frente.
-Te prometo que nos veremos en un par de minutos.
Ella alzó un poco la cabeza, apenas un par de milímetros, pero él supo interpretar el gesto y se acercó suavemente a sus labios. Fue un roce ligero de dos labios arrugados, agrietados y ancianos, pero fue un beso cálido, único.
-Te... a... amo -dijo ella entrecortadamente.
Jaime Bernabé desconectó la irritante máquina y sacó lentamente una jeringuilla de su bolsillo. Se levantó la manga de la camisa y encontró la vena sin dificultad. Se inyectó el pequeño tubo de aire y la dejó a un lado. Ninguno de los dos comenzó a boquear o a convulsionarse. Esperaron tranquilos el momento de irse. Jaime Bernabé paró su reloj de bolsillo, lo puso en las manos de Maika Soria y las cubrió con las suyas. Se miraron un último segundo antes de cerrar los ojos y se quedaron allí, congelados en el tiempo y el espacio, por siempre jamás.
sábado, 20 de noviembre de 2010
Dos sombras bajo la luz del amor.
El mundo en el que vivimos es un pequeño espacio intermedio entre el Cielo y el Infierno. Un espacio temporal del que Dios y Satán se reparten las almas una vez muertos sus cuerpos y las llevan a sus eternos reinos. Al principio, el juego era sencillo, un simple pasatiempo. Sin embargo, con la terrible evolución del hombre, el mundo se ha convertido en algo más que un simple tablero. Emociones, sentimientos, tragedias, risas, llantos, alegrías, logros... El tablero se ha llenado de comodines.
Todo ha cambiado.
La noche ya no es un problema para las almas con insomnio. Luces naranjas hacen desaparecer la oscuridad. Pero no sólo eso, los propios seres humanos tienen luz. Lo he visto.
Imagina una callejuela estrecha de una ciudad cualquiera. La típica calle larga sin salida por la que sólo caben un par de personas. Un traseúnte no se habría fijado al pasar por la entrada. Yo dejé caer mi cigarrillo, elevándose el humo, consumiéndose hasta apagarse. Había varias farolas de luz naranja, lúgubre. Si fuera por ellas, tropezaría seguro. Y entre el color, jugaban dos pequeñas sombras. Me acerqué despacio, intentando no ser visto, y observé. Dos pequeñas sombras cogidas de la mano corrían y paraban, iban de un lado a otro, saltaban, se soltaban.
Dos sombras bajo luz naranja. Las farolas, cansadas, se apagaron. Dos sombras bajo la luz de la luna.
Se alejó una de ellas hasta pegarse a la pared, arrastrando la inercia a su pareja hacia ella. Pude sentir el calor de sus manos al acariciarse, los pequeños escalofríos que recorrían sus espaldas, las miradas fijas el uno en el otro. Y entre toda esa marea de sensaciones, algo atrajo a las dos sombras y las fundió en una desde sus labios. De repente, todo se llenó de luz. Cerré los ojos con fuerza durante unos segundos y me costó acostumbrarme al resplandor. Ya no estaba la luz de la luna. Ya no había luz naranja. Era una luz transparente, radiante, hermosa.
Me pregunté si Dios envidiaría esa luz, comparándola con la de su áurea corona. Me pregunté si Satán envidiaría esa luz, comparándola con la de su ardiente fuego. Sí, desde luego que la envidiarían.
"¿Qué tipo de luz era aquella?" Esa cuestión me acompañó durante largas noches en vela. Hasta que la experimenté. Era una luz muy especial, difícil de encontrar. Era la luz del amor.
Y desde que existe esa luz, en el juego hay otro contrincante con ventaja. Uno que hace que las almas deseen el mundo temporal más que el inmortal. Uno que hace que la vida merezca la pena.
Dos sombras bajo la luz del amor.
Todo ha cambiado.
La noche ya no es un problema para las almas con insomnio. Luces naranjas hacen desaparecer la oscuridad. Pero no sólo eso, los propios seres humanos tienen luz. Lo he visto.
Imagina una callejuela estrecha de una ciudad cualquiera. La típica calle larga sin salida por la que sólo caben un par de personas. Un traseúnte no se habría fijado al pasar por la entrada. Yo dejé caer mi cigarrillo, elevándose el humo, consumiéndose hasta apagarse. Había varias farolas de luz naranja, lúgubre. Si fuera por ellas, tropezaría seguro. Y entre el color, jugaban dos pequeñas sombras. Me acerqué despacio, intentando no ser visto, y observé. Dos pequeñas sombras cogidas de la mano corrían y paraban, iban de un lado a otro, saltaban, se soltaban.
Dos sombras bajo luz naranja. Las farolas, cansadas, se apagaron. Dos sombras bajo la luz de la luna.
Se alejó una de ellas hasta pegarse a la pared, arrastrando la inercia a su pareja hacia ella. Pude sentir el calor de sus manos al acariciarse, los pequeños escalofríos que recorrían sus espaldas, las miradas fijas el uno en el otro. Y entre toda esa marea de sensaciones, algo atrajo a las dos sombras y las fundió en una desde sus labios. De repente, todo se llenó de luz. Cerré los ojos con fuerza durante unos segundos y me costó acostumbrarme al resplandor. Ya no estaba la luz de la luna. Ya no había luz naranja. Era una luz transparente, radiante, hermosa.
Me pregunté si Dios envidiaría esa luz, comparándola con la de su áurea corona. Me pregunté si Satán envidiaría esa luz, comparándola con la de su ardiente fuego. Sí, desde luego que la envidiarían.
"¿Qué tipo de luz era aquella?" Esa cuestión me acompañó durante largas noches en vela. Hasta que la experimenté. Era una luz muy especial, difícil de encontrar. Era la luz del amor.
Y desde que existe esa luz, en el juego hay otro contrincante con ventaja. Uno que hace que las almas deseen el mundo temporal más que el inmortal. Uno que hace que la vida merezca la pena.
Dos sombras bajo la luz del amor.
"Quiéreme si te atreves".
-¿Capaz o incapaz? -me susurró al oído.
Dudé durante unos segundos. Me estaba retando, como siempre. Aquel maldito juego me mataba y me revivía al mismo tiempo. Era una adicción: insana, pero necesaria.
-Capaz -le sonreí.
Me acerqué lentamente, notando el temblor de mi cuerpo. Acaricié su mejilla con mi fría mano. Ví el brillo de sus ojos justo antes de cerrar los míos. Y junté mis labios a los suyos, como siempre habíamos querido. Como siempre, con la excusa del juego, habíamos evitado hacer.
Me perdí en aquel beso como se pierde un náufrago tras una tormenta en alta mar. Pero, al revés que el que busca tierra, yo no quería encontrar la realidad, deseaba quedarme allí, nadando en aquella sensación, ahogándome en su dulce aroma.
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