viernes, 21 de marzo de 2014

¿Día de la poesía?

Dicen los eruditos que hoy, veintiuno de Marzo, es el día de la poesía. Algunos andan proclamando por ahí que, en ocasiones, la belleza reside en las palabras. No se dan cuenta de que la poesía se esconde en las esquinas, en la lluvia, en las alas que le dí al Hombre Pájaro, en el olor a libro viejo, en los labios de mi amor, en las manos de los desconocidos.

No voy a permitirme llenar el suelo de tinta como tantas otras veces, así que os dejo un poema que descubrí escondido en la puerta de uno de esos autobuses desde los que contemplo amaneceres y puestas de sol, y que me encantó por su sencillez, por lo mucho que me identifico con él en este momento.

Este poema no dice nada. 
No encuentro sus palabras. 
Es tan pequeño, tan sencillo, tan humilde, tan callado. 
No es para vosotros. 
Es mío solamente. 
Están en él mi padre, mi madre, mi otro hermano. 
Es un nudo de sangre caliente y apretado. 
—No se sabrá nunca 
lo que va por dentro de la sangre, 
son ríos de otra cosa-.
Este poema no admite palabras. 
No puede leerse. 
Es tan hondo. 
Dejadlo. 

María Cegarra.

martes, 17 de diciembre de 2013

La mujer de negro.

Camino con mi gabardina negra y un maletín en la mano. Soy Nadie en esta ciudad de todos. Me invade el impulso irracional de entrar en cualquier bar para olvidar mi realidad. Me imagino sentado en el rincón del fondo con un whisky, esperando a la mujer de negro. Nadie se fija en mí, soy invisible bajo las luces navideñas y las carcajadas de los adolescentes. La mujer de negro me obsesiona, la mujer de negro es una constante en mi vida. Quiero esperar a la mujer de negro. Quiero hablar a la mujer de negro y que ella me mire desde su vestido ajustado y sus ojos azabache. Quiero llevarme a la mujer de negro, encerrarla para mí. Observarla, admirarla, desnudarla, follarla. Quiero unirme a la mujer de negro. Quiero ser la mujer de negro.

En lugar de eso, me dirijo hacia el último portal de esa última calle oscura del típico barrio a las afueras de la ciudad. El piso me recibe con un aliento frío. Dejo el maletín en el recibidor y la gabardina en una silla. Me siento en el sofá y cierro los ojos. La mujer de negro aparece tras mis párpados y me reprocha no pensar en ella cada segundo. Quiero matar a la mujer de negro. Y desaparecer con ella.

martes, 3 de diciembre de 2013

03:22 a.m.

Anoche, el universo se resumió en tu suave respiración a las tres y veintidós de la madrugada. Todos los recuerdos, todas las metáforas, toda la piel, en tus labios entreabiertos y la elevación intermitente de tu pecho. Te observé en la penumbra y acordes de los Foo Fighters me llenaron la memoria - breathe out, so I can breathe you in, hold you in. Me acurruqué en tu hombro desnudo, con la esperanza inútil de aparecer en tus sueños. Apenas unas horas antes había sido yo quien se había dormido mientras Márquez se diluía en tu voz con palabras de amor. Y caí de nuevo en el vacío, con tu respiración marcando el tempo. Me han despertado tus caricias en la espalda, y todo esto pasa por mis pensamientos mientras la idea de hacernos el amor por la mañana, como el café, toma forma en tus ojos.

jueves, 24 de octubre de 2013

Desgarrando, sangrando, muriendo.

Vi cómo la poesía se le escapaba de los labios en un aliento espeso. Seguí el hilo de sus palabras hasta que se adentraron en el laberinto, y me solté.

Entré en tus pensamientos como un huracán, despojándote de secretos. Me poseyeron versos infinitos mientras revolvía el cuarto. Encontré el impoluto papel sobre el que descansan tus sueños, y me desnudé ante él al tiempo que lo rasgaba con las tintas de mis fracasos. Acaricié, mordí, arañé y herí, porque así es como se hacen los poemas: desgarrando, sangrando, muriendo. Y luego me fundí. Me fundí y quedé inmóvil mientras tus ambiciones, revueltas, se posaban en mis mejillas, sobre mi vientre, entre mis piernas. Durante un momento me sentí dueña de todos tus anhelos, de todo tu futuro, y soporté el impulso de echar a correr de nuevo, dejando caer tus esperanzas en cualquier otro rincón, lejos de mí. Me quedé quieta, muy quieta, y podría haberme quedado allí durante años, viendo cómo tus logros, hechos realidad, abandonaban mi piel hasta quedar en la más absoluta soledad.

Luego, como una Ariadna arrepentida, desperté de mi ensoñación y recogí el hilo. Los versos, el ritmo, todo había cambiado. Pero mis pensamientos habían pasado inadvertidos a aquella mirada cristalina. Seguí los versos del residente en la tierra a través de aquel aliento espeso, inmóvil en aquella silla azul, suspirando por echar a correr de veras y ser el motor de tus éxitos. Desgarrándome, sangrando y muriendo... en tu poema.


martes, 8 de octubre de 2013

X. Los verdaderos poemas son incendios.

Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.
Un poema es una cosa que será.
Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.
Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.

Fragmento de Altazor, de Vicente Huidobro.


Se me acumulan los días en el calendario.
Mentiría si dijera que ni uno de ellos te pertenece.
Mis otoños orbitan alrededor de tus ojos.
Ya no sé qué escribir, ni a quién.
Quiero gritar versos sin sentido,
que sólo entendamos
nosotros tú y yo.

Esconderme en el borde de tu sonrisa
y caer como Altazor,
hasta el origen de todo amor conocido
para renacer con pureza paradisíaca
en tus brazos.

A veces me permito creer
que somos únicos,
       que nadie ha amado así jamás,
              que debería convertirnos en literatura.
Pero, ¿acaso no hay mejores historias ya escritas, hitos y mitos?,
¿cómo describirte sin quedar atrapada en los tópicos?,
¿y cómo poner un punto y final sin saber que la vida real nos dará a bitter end?

Deja que me esconda
tras estos balbuceos incomprensibles.
Nada.
       No hay nada.
              Las llamas consumen todo alrededor.
              Y desde aquí,
       desde mi paracaídas,
desde el infinito,
nada interesa a mis ojos más
que el recuerdo de tus labios.

Sueño contigo,
y lo único que me queda al despertar es
un sudor frío en la frente
y la maldita desorientación.

Tantas noches,
            tantas camas,
                       tantos anhelos.

Ojalá estuvieras allí
para abrazarte fuerte,
para esconderme en tu hombro.
Quiero abrirme el pecho y llenarme de ti.
Todo tú en este vacío insondable,
todo tú en esta tonta melancolía de martes.