domingo, 11 de diciembre de 2011

La ardilla roja.

La quiero desde mis entrañas. La necesito igual que a mi hígado, a mi cerebro, a mis ojos. Sin ella se me rompen los huesos, se me derriten los pulmones y no puedo respirar... Me hace falta para vivir.

Ella no está bien, me necesita. Yo soy su ángel.

La ardilla roja, dirigida por Julio Medem.

viernes, 9 de diciembre de 2011

El hielo también quema.

En mi corazón siempre es invierno. Así que, si vas a quedarte mucho tiempo ahí dentro, te aconsejo que lleves algo cómodo y un par de mantas. Verás qué bonito es el paso de los copos de nieve entre los ventrículos y las aurículas. Si alguna vez te atreves a viajar en arterias, abróchate el cinturón. Y no olvides llegar al corazón antes del anochecer, si te quedas en el cerebro no me dejarás dormir.

En mi corazón siempre es invierno. A veces, al pobre le cuesta bombear. La capa de hielo que se forma a su alrededor lo asfixia. Se ha acostumbrado a la claustrofobia. Ya casi no le dan espasmos cuando te ve. El muy cabrón antes siempre se golpeaba contra el hielo y acababa lleno de moratones. Se ha domesticado. O quizás ha aprendido del dolor.

En mi corazón siempre es invierno. Si vienes para quedarte, cuidado con romper algo. El problema es que nunca cobro fianza, y así me va. Lo único que puedo decirte es que tengo mis propias armas. Piensa antes de jugar con fuego, el hielo también quema.




martes, 6 de diciembre de 2011

La main sur le coeur.

Alguien me enseñó una vez que soñar despierto es la mejor forma de mantener el equilibrio. El término medio de Aristóteles. Pero, ¿son los sueños tan dulces como los pintan? Responded vosotros mismos. ¿Quién no ha soñado con alcanzar la meta? ¿Quién no ha caído en el camino? ¿A quién no se le ha roto el corazón cuando se ha visto derrotado?

Los sueños son crueles. Nos manejan a su antojo. Alimentan nuestras esperanzas. Nos quitan todo. Nos colman de recuerdos que muchas veces superan la realidad. Nos someten a la locura. Nos obsesionan y nos calman. Nos arrullan entre sus brazos infinitos. Nos tiran, nos ponen de nuevo en pie. Nos alojan en el hostal Felicidad, para dejarnos después en la calle Amargura. Dejan que seamos indigentes en los pasadizos de sus laberintos. Nos matan. Pero también nos dan la vida.

Alguien me enseñó una vez que volar no es imposible. Me mostró sus alas grises, hechas de aquel material tan fino y suave. El entrelazado de plumas invisibles que componían sus sueños. Y me ayudó a alzar el vuelo. Cada noche salgo en busca de nuevas ilusiones, me siento en los tejados y contemplo las estrellas. Los mortales no advierten mi presencia, están demasiado ocupados haciéndose la guerra. La luna me sonríe desde su posición privilegiada. Y sólo quiero que aparezca el hombre pájaro.

Alguien me enseñó una vez que es absurdo el miedo a las alturas. Que en pleno vuelo no podemos mirar atrás. Que los sueños nos mantienen en el aire, pero somos nosotros los que decidimos el rumbo, o nos dejamos caer.

Hablo de sueños y de hombres pájaro. Dicen que es imposible. Y puede que lo sea. Pero alguien me dijo una vez que las mejores historias eran las de cosas imposibles, incluido el amor.


Mantén el vuelo. Yo puedo ver tus alas. Y son hermosas.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Envíame una armada de corazones de acero.


La necesito.
Necesito su agradable frialdad. Su indiferencia. Su buen criterio.
Necesito que enfríen el revoltijo de lava que se está apoderando de nuestras almas.
Que me encierren. Que me ahoguen. Que me maten.
Que luchen por mí.

Envíame una armada de corazones de acero.


Foto a una de las maravillosas frases que se esconden entre las páginas de La mecánica del corazón, de Mathias Malzieu.

domingo, 20 de noviembre de 2011

El prisionero del cielo.

Siempre he sabido que algún día volvería a estas calles para contar la historia del hombre que perdió el alma y el nombre entre las sombras de aquella Barcelona sumergida en el turbio sueño de un tiempo de cenizas y silencio. Son páginas escritas con fuego al amparo de la ciudad de los malditos, palabras grabadas en la memoria de aquel que regresó de entre los muertos con una promesa clavada en el corazón y el precio de una maldición. El telón se alza, el público se silencia y, antes de que la sombra que habita sobre su destino descienda de la tramoya, un reparto de espíritus blancos entre en escena con una comedia en los labios y esa bendita inocencia de quien, creyendo que el tercer acto es el último, nos viene a narrar un cuento de Navidad sin saber que, al pasar la última página, la tinta de su aliento lo arrastrará lenta e inexorablemente al corazón de las tinieblas.


Julián Carax, El prisionero del cielo. (Editions de la Lumière, París, 1992).


Ésa es la primera página de El prisionero del cielo, de Carlos Ruiz Zafón. Pronto lo tendré entre mis manos, y no podré soltarlo. Hasta entonces, me conformo con eso, y estos tres capítulos.
http://www.antena3.com/especiales/ruiz-zafon-prisionero-cielo/capitulos-prisionero-cielo-ruiz-zafon_2011111100048.html

Disfrutadlo.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Accelerando.

Quiero ser el vaho que se escapa de tu boca en cada una de tus palabras. La brisa que se cuela bajo tu ropa y acaricia tu piel. El rojizo atardecer en contraste con el verde de tus ojos. La nube que se derrama en lluvia sobre ti en los días de invierno. El sol de tus noches más frías. El frío cristal empañado sobre el que dibujas corazones. Las lágrimas que habitan en tus ojos, se deslizan por tu rostro y mueren en tus labios.

Quiero ser la melodía de tu risa. La banda sonora de tus días más alegres. La canción que tarareas antes de caer dormido. El himno de tu valor. Y tu escondite cuando huyes. El mar que hunde tu navío. La madera a la que te abrazas. La isla desierta que te salva la vida.

Quiero ser la causante de tus temblores. Y los escalofríos que suben por tu espalda.

Quiero ser tu sombra. Tu calor. Tus latidos. Tu rebeldía. Tus sentidos. Tu piel. Tus manos. Tu boca. Tu saliva. Tus arrebatos. Tu risa. Tus segundos. Tu deseo febril. Tu placer. Tus pulsaciones. Tus gemidos. Tu orgasmo. Tus caricias. Tus párpados. Tu sueño.

Quiero ser la tenue luz que cubre tu silueta desnuda en las noches de luna llena.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Words don't come easy.

Los días de viento me hacen recordar que todavía vivimos en la realidad. Que tus secretos han cambiado de dueña. Que ahora soy yo la que teme encontrarse contigo. Esos días me quedo en casa, bajo las mantas, arropada por un calor que no consigue calmar mis temblores. El corazón late despacio y duele. Los sentimientos se congelan, se caen, se rompen.

Perdona si mis sueños nunca estuvieron muy cuerdos. Ya han empezado con el tratamiento. El doctor me ha dicho que con un par de sesiones se tranquilizarán. Aunque siempre puedo acudir a la lobotomía y borrarlos para siempre. Uy, qué brutalidad.

Nunca te pedí permiso. Y en el momento en que dijiste no, me fui. Para siempre. Para siempre es lo que decías después de ocho letras. Ahora pienso que nunca lo creíste de verdad. Y no te culpo. Ese nosotros era tan invisible, tan intangible, tan efímero.

El viento me trae el recuerdo de tus promesas rotas. Las arroja hacia mí, me golpea con ellas. Y masacrada por el bombardeo, me arrastro hacia un rincón. El rincón del castigo. Por recordarte. Por dolerme. Pero, me evaporo y escapo de la jaula en la que me encierra mi propia mente. Y siempre le acabo echando la culpa a los días de viento.

¿Puedes decirme si el viento se llevó mis palabras aquella noche? ¿Puedes decirme si también te arrebató mis cartas de las manos y las arrojó al mar? ¿Puedes decirme si es perfectamente normal o si ahora soy yo la lunática? Mientras, se me cae pedazos en forma de hoja, del árbol de mi alma.