lunes, 9 de enero de 2012

Detalles.

Lo único destacable de él es que tenía agujeros en sus graciosos calcetines a rayas. ¿Qué más? Nada más. Vestía como alguien normal, hablaba con un acento normal, se comportaba como un humano normal. Lo que hace a alguien especial son esas pequeñas cosas que se nos quedan grabadas en la memoria.

Lo que lo hacía especial eran sus agujeros en los calcetines. Y lo mucho que le gustaba ponérselos. A Marta le gustaba el azúcar con café. Carlos pisaba sólo las líneas blancas en los pasos de cebra. Violeta cogía el cuchillo como un bolígrafo. Nerea torcía la boca cuando estaba nerviosa o su mente viajaba entre pensamientos a toda velocidad. Pablo coleccionaba llaves extraviadas. Laura siempre salía con coloretes de los exámenes. Mónica movía las aletas de la nariz cuando estaba a punto de llorar. Esteban nunca llevaba paraguas, le gustaba demasiado la lluvia. Daniel olía la comida antes de metérsela en la boca, puro instinto. Victoria estiraba las mangas de los jerseys con su timidez.

¿Qué importa su nombre, en realidad? ¿Qué importa su aspecto? Puedo decirte que era profesor, estudiante de Bellas Artes o un ejecutivo anciano. ¿De eso depende tu opinión? No, claro que no. Lo bonito es dejar volar a tu imaginación.

A mí me gusta guardar hasta el envoltorio de los regalos y llevarme todo a casa. Luego ya lo tiraré. ¿Y tú?


Son los detalles los que nos hacen visibles, no la normalidad.

miércoles, 4 de enero de 2012

Ojos de hierba.

¿Sabes? A veces pienso que Alma es un poco salvaje. Aunque me gusta verla así, con sus instintos animales y su elegancia felina. Tiene las manos más dulces que he visto en mi vida, y también las más frías. Y, sin embargo, se le derriten los labios en cada sonrisa.

Está tan llena de sentimientos que a veces da miedo hasta mirarla, por si le nace alguno más y explota. Tiene esa pureza extraña de quien no ha sido decepcionado todavía y, al mismo tiempo, un corazón lleno de heridas a medio cicatrizar. De vez en cuando se le abre alguna, con una canción o una foto. A veces, una simple palabra basta. Veo cómo intenta curarse, cómo trata de que no se desate el caos ahí dentro. Y me siento impotente, inútil, por no poder ayudarla.

Alma vive en una nube. Alto, muy alto. Y lejos, muy lejos. Cuando se aburre de la soledad, viene a por mí. Cuando subo nunca miro abajo, tengo un miedo espantoso a las alturas. Sólo la observo a ella y me pregunto si seré su único acompañante. Me sorprendo a mí mismo cubierto de celos, de rabia. Alma dirige sus grandes ojos hacia mí y me dice lo de siempre:

-Déjate de palabrerías, que eso le corresponde a la Razón, y aquí sólo estoy yo. Ella no existe.

Es entonces cuando mi mente queda en blanco. La aprisiono contra la mullida nube, su cara a unos centímetros de la mía, nuestros cuerpos tan cerca. Tengo ganas de preguntarle quiénes son, dónde viven e ir a estrangularlos con mis propias manos cuando baje. Pero todo se desvanece y sólo queda ella. No hay palabras, ni amantes, ni celos. Sólo queda Alma y su interior lleno de sentimientos.

Ella me los quita todos. Y así, vacío, sólo soy capaz de mirarla y crear uno nuevo. Uno que ella no conoce y que a mí me mata. Tengo miedo de que lo descubra en el anhelo de sus labios, de su piel. La acaricio suavemente y me alejo. Nos quedamos quietos. Yo con el único sentimiento bueno que he sido capaz de crear y Alma allí, con sus ojos de hierba, intentando robármelo.

Alma no sabe que si consigue averiguar qué sentimiento escondo, no podrá resistirse a quitármelo. Y, entonces, todo será silencio.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Cósimo y Viola.

-¿Por qué me haces sufrir?
-Porque te amo.

Ahora era él quien se enfadaba.

-¡No, no me amas! Quien ama quiere la felicidad, no el dolor.
-Quien ama quiere sólo el amor, aun a costa del dolor.
-Me haces sufrir adrede, entonces.
-Sí, para ver si me amas.

La filosofía del barón se negaba a ir más allá.

-El dolor es un estado negativo del alma.
-El amor lo es todo.
-Contra el dolor ha de lucharse siempre.
-El amor no se niega a nada.
-Hay cosas que no admitiré nunca.
-Sí que las admites, porque me amas y sufres.

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Cósimo clavó los ojos en ella. Y ella:

-Tú no crees que el amor sea entrega absoluta, renuncia a uno mismo.

Podría decir algo Cósimo, cualquier cosa para ir hacia ella, podía decirle: "Dime lo que quieres que haga, estoy dispuesto..." y habría sido de nuevo la felicidad para él, la felicidad juntos, sin sombras. Pero dijo:

-No puede haber amor si uno no es uno mismo con todas sus fuerzas.

Viola tuvo un gesto de contrariedad, que era también un gesto de cansancio. Y sin embargo, aún habría podido comprenderlo, como en realidad lo comprendía; más aún, tenía en la punta de la lengua las palabras para decirle: "Tú eres como yo te quiero" y subir inmediatamente con él... Se mordió el labio. Dijo:

-Pues entonces sé tú mismo solo.

"Pero entonces ser yo mismo ya no tiene sentido", pensó.



El Barón Rampante, Italo Calvino.


Eres un hombre que ha vivido en los árboles sólo por mí, para aprender a amarme...

viernes, 16 de diciembre de 2011

Orquesta.


Mi orquesta. Este año. Quizás no somos tantos y no sonamos tan tan bien, pero tocamos con más ganas que nunca. Y por si os había quedado alguna duda de lo que es disfrutar de la música, aquí tenéis el mejor ejemplo que podían daros:


¿Qué más se puede decir? ¡Escuchadlo cuántas veces queráis! Cien, mil, cien mil millones...

[Me encanta ese director. Su cara, sus gestos... en serio, fijaos].

domingo, 11 de diciembre de 2011

La ardilla roja.

La quiero desde mis entrañas. La necesito igual que a mi hígado, a mi cerebro, a mis ojos. Sin ella se me rompen los huesos, se me derriten los pulmones y no puedo respirar... Me hace falta para vivir.

Ella no está bien, me necesita. Yo soy su ángel.

La ardilla roja, dirigida por Julio Medem.

viernes, 9 de diciembre de 2011

El hielo también quema.

En mi corazón siempre es invierno. Así que, si vas a quedarte mucho tiempo ahí dentro, te aconsejo que lleves algo cómodo y un par de mantas. Verás qué bonito es el paso de los copos de nieve entre los ventrículos y las aurículas. Si alguna vez te atreves a viajar en arterias, abróchate el cinturón. Y no olvides llegar al corazón antes del anochecer, si te quedas en el cerebro no me dejarás dormir.

En mi corazón siempre es invierno. A veces, al pobre le cuesta bombear. La capa de hielo que se forma a su alrededor lo asfixia. Se ha acostumbrado a la claustrofobia. Ya casi no le dan espasmos cuando te ve. El muy cabrón antes siempre se golpeaba contra el hielo y acababa lleno de moratones. Se ha domesticado. O quizás ha aprendido del dolor.

En mi corazón siempre es invierno. Si vienes para quedarte, cuidado con romper algo. El problema es que nunca cobro fianza, y así me va. Lo único que puedo decirte es que tengo mis propias armas. Piensa antes de jugar con fuego, el hielo también quema.




martes, 6 de diciembre de 2011

La main sur le coeur.

Alguien me enseñó una vez que soñar despierto es la mejor forma de mantener el equilibrio. El término medio de Aristóteles. Pero, ¿son los sueños tan dulces como los pintan? Responded vosotros mismos. ¿Quién no ha soñado con alcanzar la meta? ¿Quién no ha caído en el camino? ¿A quién no se le ha roto el corazón cuando se ha visto derrotado?

Los sueños son crueles. Nos manejan a su antojo. Alimentan nuestras esperanzas. Nos quitan todo. Nos colman de recuerdos que muchas veces superan la realidad. Nos someten a la locura. Nos obsesionan y nos calman. Nos arrullan entre sus brazos infinitos. Nos tiran, nos ponen de nuevo en pie. Nos alojan en el hostal Felicidad, para dejarnos después en la calle Amargura. Dejan que seamos indigentes en los pasadizos de sus laberintos. Nos matan. Pero también nos dan la vida.

Alguien me enseñó una vez que volar no es imposible. Me mostró sus alas grises, hechas de aquel material tan fino y suave. El entrelazado de plumas invisibles que componían sus sueños. Y me ayudó a alzar el vuelo. Cada noche salgo en busca de nuevas ilusiones, me siento en los tejados y contemplo las estrellas. Los mortales no advierten mi presencia, están demasiado ocupados haciéndose la guerra. La luna me sonríe desde su posición privilegiada. Y sólo quiero que aparezca el hombre pájaro.

Alguien me enseñó una vez que es absurdo el miedo a las alturas. Que en pleno vuelo no podemos mirar atrás. Que los sueños nos mantienen en el aire, pero somos nosotros los que decidimos el rumbo, o nos dejamos caer.

Hablo de sueños y de hombres pájaro. Dicen que es imposible. Y puede que lo sea. Pero alguien me dijo una vez que las mejores historias eran las de cosas imposibles, incluido el amor.


Mantén el vuelo. Yo puedo ver tus alas. Y son hermosas.