miércoles, 9 de febrero de 2011

Hoy tengo ganas de ti.

Hoy tengo ganas de ti. Y no quiero que suene ñoño, ni pasteloso. No. Hoy tengo ganas de ti.

No sólo de oír tu voz, de poder verte, de estar cerca de ti. No. Hoy tengo ganas de que seas entero para mí. Desde los pies hasta el último pelo de la cabeza. Aquí conmigo. Tengo ganas de morderte los labios y que te quejes. De llamarte tonto y te hagas el enfadado. De acercarme lentamente para pedirte perdón con un suave beso que encienda cada célula de tu cuerpo. De desnudarnos poco a poco para encender hasta la última zona inflamable de tu alma. Y que arda para mí.

Hoy tengo ganas de ti. Y no quiero que suene porno, ni lujurioso. No. Hoy tengo ganas de ti.

No sólo de abrazarte, de acariciarte, de besarte. No. Hoy tengo ganas de portarme mal contigo. De probar tus cosquillas y tus zonas débiles. De tentarte. De rozar tu piel con mis labios hasta que tu sabor los impregne. De excitarte hasta la locura. De jugar toda la noche contigo, y la siguiente, y la siguiente... Tengo ganas de verte cerrar los ojos cuando no puedas más conmigo. De oír escaparse de tu boca pequeños suspiros que nadie más oiga. Hoy tengo ganas de bajarte al infierno para después elevarte al cielo. Y que el placer sea nuestro aliado más fiel.

Hoy tengo ganas de ti. Y quiero tenerte en mi cama, no sólo en mi mente. Sí. Hoy tengo ganas de ti.

Pintura de Luis Royo, para interesados.

martes, 1 de febrero de 2011

¿Será un ángel camuflado?

Aunque describiera cada una de sus curvas milímetro a milímetro, nunca llegarás a imaginar lo bien que le sientan esos vaqueros. Se ajustan a sus piernas perfectamente, desde los tobillos a las caderas, desde las caderas a los tobillos. Los bolsillos de atrás son bajos y hacen más deseable el contorno de su cuerpo allá donde termina la espalda. Y la desgastada tela se abre en pequeños agujeros que descubren una piel blanca y suave.

Lleva puesta una camisa morada, con escote de pico, abotonada hasta la altura del ombligo. Debajo asoma una diminuta camiseta de licra de color rosa pálido que se pega completamente a su cintura. Un fino cordón rodea sus caderas por encima de la camisa, ajustándola. Las mangas acaban en el codo, dejando al descubierto la mitad de sus delicados brazos. Lleva un reloj plateado, de esfera rectangular, y un par de pulseras de colores. Tiene las uñas pintadas de color morado, conjuntando con su ropa.

Camina firme sobre unos tacones grises no muy altos, lo que hace aún su cuerpo más esbelto. Sostiene una chaqueta de cuero gris en la mano y mira ansiosa el reloj. No puedo creer que haya encontrado a la mujer perfecta en aquella cutre parada de bus. Sea como sea, tengo que conseguir una cita, su número, su nombre.

-No pasará hasta y media -miento-. Así que podrías sentarte, va para largo.

-Oh, no, gracias, estoy esperando a alguien.

Me mira y me sonríe, un poco nerviosa. Dios, es preciosa. Sus ojos son de color azul celeste, aunque no me creáis, lo son. Y acaban en una nariz pequeña y respingona, a conjunto con una sonrisa blanca y perfecta, enmarcada en unos finos labios perfilados. La brisa le revuelve el pelo castaño y juega con sus rizos.

-Parece que se ha retrasado, ¿no? -quiero meterme donde no me llaman, hacer que se moleste o que entablemos una conversación sobre nuestras vidas privadas, invitarla a un café como compensación...

-Eso parece. Llevo una hora esperando, debería irme, pero...

-Pero algo te retiene. Sientes que puede llegar de un momento a otro -digo mientras me siento en la parada. Doy un par de palmaditas al sitio que queda libre a mi lado-. Podrías sentarte, con lo bonita que eres, seguro que te ve, no puedes pasar desapercibida.

Me mira un poco desconfiada, pero asiente y se sienta a mi lado. Baja un poco la cabeza y evita que nuestras miradas se crucen. Lleva un sencillo maquillaje plateado en los párpados.

-Le agradezco a quien sea que te ha dejado plantada el haberlo hecho. No sé cómo he podido ser feliz sin haberte visto antes.

-Eh... gracias -¿tierra trágame? Eso parece estar pensando.

-No eres de por aquí, ¿verdad?

-No, vivo bastante lejos.

-No me lo digas. Mmmm... ¿país extranjero?

-Exacto -sonríe complacida.

-Mmmm... ¿Rusia? No, mucho frío. Mmmm... ¿Estados Unidos? No, demasiado lejos. Mmmm...

-A la tercera va la vencida, vamos.

-Mmmm... ¿Alemania?

-¡¡Bingo!! Eh, eres bueno, ahora no querrás que te pague o algo así, ¿no?

-No, no, de momento no cobro por mis servicios. Aunque podrías decirme tu nombre.

-Ya sabía yo... ¿Cuál prefieres, el bonito o el verdadero?

-No sé, el que más te guste.

-Me llamo Charlotte. ¿Y tú?

-Alberto. Es algo más tradicional que el tuyo -ella sonríe. Joder, me ha mentido. Fuck-. ¿Sabes? Creo que acabo de tener una revelación.

-¿Cómo? ¿Una visión?

-Sí, sí, eso. He visto dos cafés esperándonos en ese Starbucks. ¿Qué te parece si no los hacemos esperar y vamos dentro?

-Vaya ocurrencias tienes y qué forma de ligar tan rara, teniendo "visiones". Aceptaría encantada, pero quizás llegue la persona a la que...

-Vamos, Charlotte, él no va a llegar. Quizás el destino quiso que no viniera y que me encontraras a mí en su lugar. ¿Qué pierdes por un café?

-Supongo que nada. Ni siquiera dinero: invitas tú.

-Hecho.

Y nos adentramos en esa cafetería que huele a nuevas historias y experiencias. Sus ojos color azul celeste brillan como ningunos. Y el capuccino me sabe a gloria. ¿Será un ángel camuflado?

Qué bonita es...

lunes, 31 de enero de 2011

Te mueres por mí.

-No entiendo nada -dice.

Ella lo mira fijamente con cara de póker. O eso intenta. Tampoco esperaba que lo entendiera, no ha dicho una palabra. Pero sabe a qué se refiere.

-¿Qué pasa?

Sus ojos la miran. No él, sólo sus ojos. Concebir eso es más fácil. Porque ÉL nunca la miraría. Así que, la miran sus ojos y se siente intimidada. Aparta la vista.

-¿Qué quieres entender? -susurra.

-Quiero saber porqué me evitas, porqué ya no me sonríes, porqué hay silencios... tan incómodos, tan feos.

-Tú empezaste los silencios, ¿recuerdas?

-Duelen. No sabía que dolieran tanto...

Sus labios se cierran. El movimiento relajado de su respiración en el tórax se agita levemente y comienza un accelerando apresurado. Ella no quiere mirarle. Sabe que si lo hace... si lo hace...

-Dime algo, por favor -insiste él.

-Algo.

Qué borde. Ella se da la vuelta y lo mira. Durante un segundo parece que vuelve a haber la complicidad de antes, pero se torna frío de nuevo. Por dónde empezar, esa es la cuestión. Las palabras, las imágenes, los sentimientos comienzan a agolparse bajo su piel, haciendo que tiemble.

-Por favor... -susurra él. Y es el último ruego el que la impulsa a hablar.

-¿Quieres saber qué pasa? Que odio el efecto que provocas en mí. Odio sentirme vulnerable ante ti. Odio que no te des ni cuenta de ello. Paso las horas esperando un gesto por tu parte y no encuentro más que silencio. ¿No lo entiendes? Yo menos. Te dedico tiempo, alegría, ganas. Porque me gusta, me apetece, me siento bien haciéndolo. Pero, ¿qué pasa después? Nada. ¿Cómo quieres que me comporte igual que siempre, si pasas a mi lado y ni me rozas? ¿Qué quieres que diga, si eres tú el que no me dirige una mirada cuando hay más gente delante?

-Pero quedamos en que sería así...

-Sí, pero me he dado cuenta de que no lo soporto. Tengo una alarma que pita a todo volumen cuando estás cerca. Se me acelera el pulso, mis manos se quedan frías, comienzo a temblar... Y tú no pareces darte cuenta.

-Me doy cuenta de todo... Y yo me pongo igual, pero hay que mantener el tipo, hacer como si no pasara nada.

-Pues estoy harta. Y no... es imposible seguir así. Para mí es imposible...

-Perdóname, yo...

-¡No me pidas que te perdone! No lo hagas. No lo hagas nunca.

Él la mira, incrédulo. La está mirando. A ELLA. De pies a cabeza, atravesando su piel, descuartizando su alma en pequeños trocitos para intentar comprenderla. Dios mío, ¿qué está pasando? La necesita. No puede decirle, no, no puede decirle que todo... Suspira y cierra los ojos.

-¿Sabes qué es lo que más odio? -pregunta ella, sin esperar respuesta-. Lo que más odio es que me pedirás perdón y yo te perdonaré, haré como si no hubiera pasado nada, olvidaré lo que sea que haya ocurrido y volveré a ser la misma de antes. Y tú volverás a hacer lo mismo. Y yo te volveré a perdonar... -las lágrimas asoman a sus ojos, nublando su vista.

-Mírame -dice él mientras coge su barbilla y la gira-. Te quiero.

-Que me quieras es malo. Que yo te quiera, aún peor. Querernos es una putada.

-La soportaremos juntos. Porque, aunque no lo notes, cada instante estoy pendiente de ti. Si paso a tu lado y no te rozo, es porque me ha faltado el valor. Si hay más gente y no te hablo, es porque me gusta observarte callado. Si no te sonrío es porque espero tu gesto primero y me preocupo al no verlo. Si no te miro... si no te miro es porque tengo unas ganas tremendas de besarte y sé que no puedo hacerlo.

-Piuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuf... Ahora es cuando yo te digo: "perdonado". Y todos contentos. Tú, yo, y el que lea esto cuando escribamos nuestro libro.

-No bonita. Si de verdad me perdonas harás algo que agradará más a todos.

-Pegarte. Eso sería bueno. Pegarte un buen bofetón e irme de rositas, tan campante.

-Serías incapaz.

-Te odio, me conoces demasiado.

Él la coge por las muñecas y se acerca lentamente hasta que sus narices se rozan.

-En realidad me quieres, preciosa, aunque te cueste reconocerlo.

-Tampoco podría. Está prohibido... ¿no? -dice ella mientras se acerca embelesada a sus labios.

-Eso es lo que lo hace tan jodidamente bueno...

-Te mueres por mí.

-Y tú por mí, pero shhh... no podemos saberlo.

Sonríen como tontos y se produce el sonido suave y quedo de los labios al unirse.

viernes, 28 de enero de 2011

Genio.


Después de haberlo escuchado, vienes y me dices que ese genio no está haciéndole el amor a su violín. Sobre todo en la primera parte. Los cambios de posición arrastrando la yema de los dedos sobre la cuerda, haciendo glissando, no queriendo perder ni un segundo el contacto. El arco rozando cada cuerda con tanta delicadeza como si fuera de cristal, pero con firmeza a la vez, consiguiendo un sonido limpio en las notas más agudas. Los movimientos expertos, seguros, pero también suaves, amables. Su expresión, la forma en que mira el instrumento aunque conozca a la perfección cada curva. Los cambios de tempo, los golpes de arco, los piano aflautados y los forte espléndidos...

Puede que suene pervertido, pero a mí me ha parecido que ese genio único en el mundo le estaba haciendo el amor a su violín. Y me encanta. Me encanta, sobre todo, la forma en que lo hace gemir.

Madame...

-Vamos, estamos en París, hemos visitado la Torre Eiffel, Notre Dame, la Saint Chapelle, el Museo del Louvre... Hemos paseado en barco por el río Sena y hemos sacado miles de fotos. ¿Qué falta?

-De momento, creo que todavía faltan tres cosas.

-¡¿Tres cosas?!

-Sí. La primera es pasear por Montmartre. ¿Sabes dónde está Montmartre? El barrio de Montmartre está al otro lado del río Sena. Es una colina y desde abajo sólo puedes divisar miles de laberintos de casas que parecen perderse en el infinito. Pero lo más característico de Montmartre es la cúpula de la Basílica del Sagrado Corazón. Es... indescriptible. Subes entre esas empinadas y estrechas calles, mientras tus ojos se distraen en los miles de pintores que venden sus lienzos en plena calle, gente que posa para ellos, músicos y, por supuesto, detrás de alguna ventana, algún escritor observa a la persona cuya imagen utilizará para su próxima novela. Y, cuando empiezas a creer que nunca llegarás a la cima, sales a un gran campo verde, con unas escaleras que bien podrían ser las del cielo, en cuyo final se sitúa la Basílica. Y después de subir todas escaleras, entras en ella y descubres su sencillez y hermosura, algo indescriptible te recorre por dentro...

-Iremos a Montmartre. ¿Cuáles son las otras dos cosas?

-La segunda es sacarnos una foto dándonos un beso con la torre Eiffel de fondo, un paraguas que no consiga taparnos y la lluvia mojándonos. ¿Qué te parece?

-Eso me gusta...

-Lo tercero, es algo que puedes hacer ahora mismo.

-¿Qué?

-Podrías invitarme a entrar en la habitación, tomar esa botella que te han dejado en la nevera en finas copas de cristal, y deshacer las sábanas juntos.

-No hace falta que lo diga usted dos veces. Madame, est-ce que tu veux m'accompagner se soir?

Ella no responde. Sonríe complacida y la puerta de la habitación se cierra.



Paris ! Paris ! Paris !

martes, 25 de enero de 2011

Green.

Ya no queda nada. Perdí aquellos ojos color caramelo como se pierde el sol en el horizonte, escondiéndose lentamente hasta desaparecer por completo. Me ha pillado desprevenido. Como si se hubiera escondido en un día nublado y no hubiera notado su ausencia hasta la noche. ¿Dónde está la luz y el calor? Se han ido con ella. Y ahora, ¿qué hago yo? Podría levantarme de este taburete e ir a buscarla. Quizás hablando, haciéndole entender que la quiero de verdad, demostrándoselo... consiga recuperarla. Qué bobadas. Ella ya tendrá a miles de hombres mejores que yo a sus pies. Sería una pérdida de tiempo.

Quizás haya cogido el primer vuelo a Berlín, siempre quiso viajar allí, y siempre le gustaron los aviones. O quizás haya vuelto a aquella casa alquilada de Madrid. No, ella no puede vivir sin mar. No sé, ¿Finisterre quizás? Siempre le habían fascinado las historias que se cuentan sobre el fin del mundo...

Da igual dónde esté, nunca la encontraré. Me quedo aquí sentado, en la barra de este puto bar donde cuatro gatos sin dueño nos apostamos dinero y alcohol sin saber por qué.

Es extraño, escogí esta cerveza por el color, verde esperanza, y cuanto más bebo, menos esperanza de encontrarla me queda...

...y más me hundo en el culo de la botella. ¡Ponme otra ronda, guapa!

lunes, 24 de enero de 2011

Pianissimo, pianissimo.

¿Conoces esa sensación? Ese pequeño granito de arena que parece una montaña cuya cima es imposible de alcanzar. Ese charquito que parece un océano entero, imposible de atraverar. Esas diminutas cosas que somos perfectamente capaces de superar, pero que nos parecen increíblemente difíciles. Y dan vueltas en nuestra mente una y otra vez, incansables.

Algo parecido a aquel pianissimo que sonó como la erupción del volcán Krakatoa de 1883 en mi mente.
El ruido más fuerte jamás escuchado.