miércoles, 22 de febrero de 2012

Taquicardia.

Te levantas con esa sensación extraña de taquicardia leve. No recuerdas qué has soñado, pero has debido de dar mil vueltas esta noche porque la cama está hecha un desastre. Durante la mañana se desata un terrible dolor en tu cabeza. Cierras los ojos, respiras hondo, tragas la pastilla y continúas con la esperanza de que desaparezca. Corres de aquí para allá, sin tiempo. Vuelves a casa, comes poco y como un autómata. Vuelves a salir, cargado con tus nosécuántos libros. Buscas el sol, para sentir cómo algo acaricia tu piel unos segundos. Subes al bus. Suspiras. Bajas del bus. En clase, los profesores no hacen más que repetir cosas que ya se han dado los días anteriores. Te desesperas, miras el reloj, miras a tus compañeros. Intentas concentrarte. Vaya puta mierda. Dibujas cuadrados en tu libreta. Uno, dos... treinta y cinco, treinta y seis... De repente, la gente empieza a recoger. ¿Ha terminado ya? Siguiente. Se repite la situación. Siguiente. Se repite la situación. Siguiente... Cuando te das cuenta, ya estás sentada de nuevo en ese autobús incómodo al lado de un chico sin rostro. Tenías pensado leer, pero no quieres molestarle encendiendo la luz del techo. Te enchufas los auriculares y viajas en tu mundo paralelo, sin parpadear. Bajas del bus. Caminas hacia casa con las manos en los bolsillos del chaquetón. Subes las escaleras como si cada pie te pesara una tonelada. Acaricias al perro, que es el único que te recibe con alegría. Tiras la mochila. Te pones el pijama. Cenas un yogur de limón. Te sientas en la cama, enciendes el ordenador y abres la carpeta. Empiezas a pasar apuntes a limpio. La espalda te da pinchazos y cruje cada vez que te mueves. Los párpados se cierran sin querer. Las letras se te juntan... En un momento de lucidez, apagas el ordenador y dejas todo en el escritorio. Te metes como puedes entre las sábanas y caes en coma profundo durante cinco o seis horas.

A la mañana siguiente, te levantas con esa sensación extraña de taquicardia leve. No recuerdas qué has soñado, pero has debido de dar mil vueltas esta noche porque la cama está hecha un desastre...

Y sucede que una noche llegas a casa y decides no hacer nada, sólo mirar a la pared. ¿Qué estás haciendo con tu vida? ¿Qué ha pasado últimamente en el mundo real? ¿Cuándo fue la última vez que miraste a los ojos a alguien y supiste su verdad?

Odio las despedidas. ODIO LAS DESPEDIDAS. Y no, ni lo sueñes, no me pienso despedir de ti.

3 comentarios:

  1. A veces quizás necesitemos vivir un poco sin vivir, para descansar, para quitar tensión... pero nunca adaptándonos a esa comodidad y olvidando que existe otra cosa.
    PD. me gusta tu manera de trasladar a uno al interior de la historia.

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  2. la rutina no da cabida a decir adiós.

    simplemente a pronto nos veremos

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  3. Una despedida es muy importante. Posiblemente, sea lo que más recuerde esa persona durante un tiempo. Es la oportunidad de dejar bien unas cosas que siempre fueron mal, de perdonar lo que nunca se perdono, de amar (por última vez)
    Las despedidas son algo entrañable, más, si las ves a través de algún océano irisado y cristalino.

    Lo esencial, es invisible a los ojos.

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