sábado, 11 de febrero de 2012

Sigue sin llover.

La luna se alza sobre el mar como una media sonrisa torcida. Hace un viento espantoso y entre su pelo vislumbro unos labios agrietados. Las olas chocan furiosas contra las rocas, pequeñas gotas escalan hasta sus pies descalzos. Tengo miedo. Parece tan frágil allí sentada, con el infierno a sus pies. Y al mismo tiempo tan segura de que nada malo puede ocurrir. Da igual, todo son ilusiones mías. Soy un cobarde que la observa entre las sombras y reinventa su forma de ser a mi manera, tal y como yo la quiero. Como si no la conociera ya. Como si no me hubiera ganado la partida. Como si no tuviera que cuidarme de su personalidad de fuego.

Y, en mi imaginación, me acerco despacio. Me siento a su lado. No nos miramos. Sólo se escucha el rugido del mar y nuestra respiración. Sólo huele a su perfume mezclado con sal. Me tiembla la voz cuando le digo:

-He vuelto a soñar con tus ojos de azabache.

Como cada noche desde que te fuiste, añadiría. Te he escrito un poema, pero no querrás leerlo, ni escucharlo. En realidad ni estás allí. He vivido de tu recuerdo desde aquel Abril. Te reinvento cada noche en aquel acantilado, simplemente porque se parece a ti. Y me quedo solo con el mar revuelto y la luna que, a lo lejos, parece un velerito navegando en calma. Es Abril de nuevo, y sigue sin llover aquí.

3 comentarios:

  1. Aunque iguales, el azabache lo prefiero al negro.
    Es una de las palabras que más me gustan.

    ¿Cuál es su fallo?

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