lunes, 29 de febrero de 2016

Viceversa

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño placentero, se encontró sobre su nido convertido en un monstruoso humano. Estaba tumbado sobre sus músculos doloridos sostenidos por una especie de vara flexible. Al levantar un poco la cabeza, vio dos piernas cubiertas de vello que terminaban en diez pequeños bultos con costras ennegrecidas.

“¿Qué me ha ocurrido?”, pensó. No era una pesadilla. Su nido. Su nido de cucaracha había sido destrozado por esa enorme masa deforme en la que se había convertido. Se levantó con cuidado y  un ruido desagradable (croach-croach) lo atrajo a la realidad: había aplastado a su familia. Gritó con todas sus fuerzas, un ruido sobrenatural salió de su garganta. A continuación, una luz cegadora se encendió en aquel sótano oscuro e inhóspito que había sido su hogar durante tantos y tantos años. La figura de aquella asesina que los había perseguido toda su vida abrió la puerta.


En colaboración con una bella filóloga, Toñi.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Hoy quemé tu carta. La única carta que me escribiste. Y yo te he estado escribiendo, sin que tú lo sepas, día a día. A veces con amor, a veces con desolación, otras con rencor. Tu carta la conozco de memoria: catorce líneas, ochenta y ocho palabras, diecinueve comas, once puntos seguidos, diecisiete acentos ortográficos y ni una sola verdad.

José Emilio Pacheco.

sábado, 24 de octubre de 2015

No demasiado.

Te recuerdo como un huracán.

Vuelve el otoño y con él ese deseo lacerante de tu mirada. Te sorprenderá saber que ya casi nunca tengo las manos frías. La sangre ha vuelto a su cauce y ya no se me para el corazón cada mañana a las 8:50 a. m. Te gustará saber que el silencio ya no me hace sentir incómoda, que ya no me descubro echándote de menos. No demasiado.

Me alejé de tu sonrisa afilada, aunque daría lo que fuera por uno de tus cuentos de buenas noches. Permití que guiaras mis manos sobre el papel, que fueras el motor de todos mis relatos. Y ahora ya ni siquiera le tengo miedo a la página en blanco. Ahora me río de la página en blanco, bailo sobre ella, me desnudo y no siento vergüenza. No demasiada.

Ya no hay tinta en mis dedos. Ahora levanto la cabeza y ya no me preocupa en exceso pasar desapercibida. Doblo las esquinas de la página en blanco y hago barcos de papel con ella. Luego les pongo tu nombre y los echo a navegar por los ríos de la memoria. A veces chocan y se hunden. Y no me siento culpable. No demasiado.

Quise escribirte y describirte. Saber todos tus secretos, y ser el más importante de ellos. Ahora no eres más que una suave brisa que remueve mis entrañas cuando alguien pasa por mi lado y lleva tu colonia. Ya no me dueles. No demasiado.

jueves, 27 de agosto de 2015

viernes, 21 de noviembre de 2014

Pavana para una dama egipcia.

Yo sé que un día aquí sobre la tierra
     no estaré nunca más. Habré partido
     como los viejos árboles del bosque
     cuando los llama el viento. Y esto que escribo
     no me lo dicta apenas una idea
     pues ya se ha hecho sangre de mis venas.
También sin meditar suelen los árboles
     tener claro su fin. Como toda materia
     guarda memoria de su nada póstuma.
     No es preciso pensar para decirse
     —cada quien a sí mismo— adiós por dentro.
     Con ver las hojas en otoño basta;
     con ver la tierra allá a lo lejos, roja,
     flotando en el abismo, sin nosotros,
     se aprende casi todo...

Yo sé que un día con tus egipcios ojos
     me buscarás sin verme aquí en la tierra,
     y no estaré ya más.
     Y no es la mente quien me lo dice ahora,
     sino tu cuerpo donde puedo leerlo;
     aquí en tus brazos, tus senos, tu perfume,
     porque lo eterno vive de lo efímero
     como en nosotros el dios que nos custodia
     con tanto enigma en su perfil de pájaro
     y su vuelo que siempre está a la puerta.
Eugenio Montejo.