Entró dando un portazo y comenzó a desnudarse. Alcancé a ver la tormenta en sus ojos antes de que cayera sobre mí. Me empapó el alma con su aroma y se apoderó de mi piel. Noté su aliento en cada poro cuando me dijo:
"Vamos a respirarnos mutuamente, mi amor, como si fuéramos ráfagas.
Revolvámonos el cabello y las entrañas. Entrelacémonos en un huracán."
¿Cómo negarme?
domingo, 24 de febrero de 2013
martes, 19 de febrero de 2013
VI. Etérea
Por un momento creí que moriríamos allí, tan quietos.
Me volví etérea mientras te imaginaba junto a mi piel.
Aparecieron los suspiros, como sogas en mi garganta,
y se atrevieron a apagarme la voz.
Volaron las cenizas del recuerdo en forma de huracanes,
arrancaron en jirones las cicatrices del corazón.
¿En qué instante decidimos quedarnos tan al descubierto,
enredándonos en cruces de miradas?
¿Cómo acabó tu olor lloviéndome despacio el alma por dentro?
Se acercaron nuestros rostros, y nuestros ojos, y nuestros labios;
huyeron nuestros miedos, nuestros errores; paramos el tiempo
y nos rehicimos con las manos.
jueves, 7 de febrero de 2013
Qué sé yo, me retumba el corazón, como batallando.
Me enseñaron que los poemas se escriben desde nuestras entrañas, con la vana esperanza de anidar en las de otros y, con un poco de suerte, en las tuyas. Pero es que nunca me salen bien y acabo prosificando este dolor de cabeza como mejor puedo. Qué sé yo, me retumba el corazón, como batallando. Y se me desmayan los párpados.
Qué fríos pueden llegar a ser los días de viento en los que los órganos me picotean por dentro. Parecen gorriones revoloteando, nerviosos, pugnando por escapar. Y yo los retengo como puedo, ato más fuerte el nudo que nos une y evito que vuelen hacia ti. Para no asustarte con tanta sangre, con tanta víscera, con tanto querer.
Pero es que, uf, me gusta tanto cuando me desnudas despacito el cerebro. Así, con palabras dulces y un punteo suave. Sólo un momento, para que no me empache. ¿Y mis murallas? Qué desarmada me siento. Qué vulnerable. Y qué feliz. Todo en un mismo instante. Cuánto miedo y cuánta euforia. ¿Cuántos besos? ¡A saber!
[Qué día tan bonito... Y qué ganas de ti.]
Qué fríos pueden llegar a ser los días de viento en los que los órganos me picotean por dentro. Parecen gorriones revoloteando, nerviosos, pugnando por escapar. Y yo los retengo como puedo, ato más fuerte el nudo que nos une y evito que vuelen hacia ti. Para no asustarte con tanta sangre, con tanta víscera, con tanto querer.
Pero es que, uf, me gusta tanto cuando me desnudas despacito el cerebro. Así, con palabras dulces y un punteo suave. Sólo un momento, para que no me empache. ¿Y mis murallas? Qué desarmada me siento. Qué vulnerable. Y qué feliz. Todo en un mismo instante. Cuánto miedo y cuánta euforia. ¿Cuántos besos? ¡A saber!
Dibujo de Benjamin Lacombe.
[Qué día tan bonito... Y qué ganas de ti.]
lunes, 4 de febrero de 2013
No se me importa un pito que las mujeres...
No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.
Oliverio Girondo.
[Descubrí este poema y a su autor a partir de la película El lado oscuro del corazón, totalmente recomendada].
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.
Oliverio Girondo.
[Descubrí este poema y a su autor a partir de la película El lado oscuro del corazón, totalmente recomendada].
jueves, 17 de enero de 2013
Abrasa y hiela.
Amor mi sprona in un tempo et affrena,
assecura et spaventa, arde et agghiaccia,
gradisce et sdegna, a sé mi chiama et scaccia,
or mi tene in speranza et or in pena, [...]
Cancionero, Petrarca.
Amor me aguija a un tiempo y me refrena,
me asusta y me sosiega, abrasa y hiela,
me echa y llama, desdeña y amartela,
me da esperanza un tiempo y otro pena, [...]
Creé esta entrada el 18 de Octubre de 2011. No sé porqué no la publiqué. Hoy, justo hoy, he decidido hacer limpieza entre los cientos de borradores del blog. Y, vaya, hoy le encuentro sentido, ¡quince meses después! No está mal.
Yo es que me perdería en el hielo de tus manos, hasta que abrasaran. Y más, mucho más. Yo me fundiría en tu piel hasta llegarte al alma. Y más, mucho más. Yo me escondería allí, bien adentro entre los pulmones, controlando tu respiración, dándoles cuerda a Sístole y Diástole (los inseparables), y a sus miles de historias. Y más, mucho más...
assecura et spaventa, arde et agghiaccia,
gradisce et sdegna, a sé mi chiama et scaccia,
or mi tene in speranza et or in pena, [...]
Cancionero, Petrarca.
Amor me aguija a un tiempo y me refrena,
me asusta y me sosiega, abrasa y hiela,
me echa y llama, desdeña y amartela,
me da esperanza un tiempo y otro pena, [...]
Creé esta entrada el 18 de Octubre de 2011. No sé porqué no la publiqué. Hoy, justo hoy, he decidido hacer limpieza entre los cientos de borradores del blog. Y, vaya, hoy le encuentro sentido, ¡quince meses después! No está mal.
Yo es que me perdería en el hielo de tus manos, hasta que abrasaran. Y más, mucho más. Yo me fundiría en tu piel hasta llegarte al alma. Y más, mucho más. Yo me escondería allí, bien adentro entre los pulmones, controlando tu respiración, dándoles cuerda a Sístole y Diástole (los inseparables), y a sus miles de historias. Y más, mucho más...
martes, 15 de enero de 2013
¿Qué es un escritor?
¿Qué es el amor? ¿Qué es el alma?
¿Qué son tus labios? La nada. El todo.
Sólo cuando yo los miro. Sólo cuando tú me besas.
A ella le gustaba andar descalza, sentir las cosquillas del frío en la planta de los pies, y observar con detenimiento la tinta clavada en la piel. Se paseaba desnuda del baño a la habitación para vestirse tras la ducha. Tendía cada prenda de la colada con pinzas del mismo color para contrarrestar el caos de su memoria. Guardaba carpetas llenas de fotos en el ordenador y las abría cada cierto tiempo con la esperanza de sentir aquella calidez remota.
Su comida preferida era el helado, de cualquier sabor menos el de pistacho. Era pura contradicción. Era azúcar con café. Y chocolate. Se dejaba la puerta de la desconfianza abierta, porque sabía que nadie iba a reparar en aquel callejón. Ponía la música fuerte a todas horas. En su lista de reproducción era capaz de saltar y gritar con Extremoduro y, al momento, concentrarse en un capricho de Paganini. Ésos no eran más que destellos de su naturaleza feroz.
Se revolvía en los días de viento, y callaba una sonrisa torcida en los de lluvia. Su lema era ése que reza "Vísteme despacio, que tengo prisa". Y se lo aplicaba en casi todos los ámbitos de la vida. Consideraba a la mujer de cada espejo una nueva desconocida, para no aburrirse, para soportarse, para odiarse sin tapujos y amarse sin narcisismo. Me mentía descabelladamente con su dulce voz, y acabábamos vendiendo el alma al diablo por una noche más.
Y yo, yo la miraba caminar desnuda entre las horas, paseándose entre los minutos que nos separaban. Tenía los labios cortados, de hierro. Pero a mí lo que me encendía era su mirada, sus ojos negros directos y suplicantes, sus iris fundidos en las pupilas justo un segundo antes del orgasmo.
Te voy a decir lo que es un escritor. Tú, cuando escribes, ¿sientes que le das vida a esos personajes de tu mente?, ¿sientes que tú eres el protagonista que dispara y mata con un revólver en primera persona?, ¿sientes que tú eres quien ve toda la escena y conoce los secretos de cada rincón en la tercera? Bien. No dejes de sentirte así. Y escribe.
A la mierda eso de "escritor es quien tiene publicado, al menos, un libro". Vamos, no me jodan.
¿Qué son tus labios? La nada. El todo.
Sólo cuando yo los miro. Sólo cuando tú me besas.
A ella le gustaba andar descalza, sentir las cosquillas del frío en la planta de los pies, y observar con detenimiento la tinta clavada en la piel. Se paseaba desnuda del baño a la habitación para vestirse tras la ducha. Tendía cada prenda de la colada con pinzas del mismo color para contrarrestar el caos de su memoria. Guardaba carpetas llenas de fotos en el ordenador y las abría cada cierto tiempo con la esperanza de sentir aquella calidez remota.
Su comida preferida era el helado, de cualquier sabor menos el de pistacho. Era pura contradicción. Era azúcar con café. Y chocolate. Se dejaba la puerta de la desconfianza abierta, porque sabía que nadie iba a reparar en aquel callejón. Ponía la música fuerte a todas horas. En su lista de reproducción era capaz de saltar y gritar con Extremoduro y, al momento, concentrarse en un capricho de Paganini. Ésos no eran más que destellos de su naturaleza feroz.
Se revolvía en los días de viento, y callaba una sonrisa torcida en los de lluvia. Su lema era ése que reza "Vísteme despacio, que tengo prisa". Y se lo aplicaba en casi todos los ámbitos de la vida. Consideraba a la mujer de cada espejo una nueva desconocida, para no aburrirse, para soportarse, para odiarse sin tapujos y amarse sin narcisismo. Me mentía descabelladamente con su dulce voz, y acabábamos vendiendo el alma al diablo por una noche más.
Y yo, yo la miraba caminar desnuda entre las horas, paseándose entre los minutos que nos separaban. Tenía los labios cortados, de hierro. Pero a mí lo que me encendía era su mirada, sus ojos negros directos y suplicantes, sus iris fundidos en las pupilas justo un segundo antes del orgasmo.
Bienvenido a la realidad. Ella no existe. Chas.
A la mierda eso de "escritor es quien tiene publicado, al menos, un libro". Vamos, no me jodan.
lunes, 7 de enero de 2013
A contratiempo.
Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta para ignorarla
y para que ningún malvado pueda dañarnos,
cuando se entere del total de nuestros besos.
"Poema V", Catulo (fragmento).
Deja que empiece el año en tus labios, que cree mi refugio en su calidez.
Voy a intercalarme a contratiempo en tu respiración.
Deja que rehaga mi ser a partir de la vida que habita entre tus labios.
En los párpados nace la noche, y la curiosidad en las manos.
Deja que pare el mundo, que sólo existan susurros.
Voy a hacerme pequeña en tus pupilas.
Haz de la piel unos labios, y de esos labios, corazón.
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