Siempre he sabido que algún día volvería a estas calles para contar la historia del hombre que perdió el alma y el nombre entre las sombras de aquella Barcelona sumergida en el turbio sueño de un tiempo de cenizas y silencio. Son páginas escritas con fuego al amparo de la ciudad de los malditos, palabras grabadas en la memoria de aquel que regresó de entre los muertos con una promesa clavada en el corazón y el precio de una maldición. El telón se alza, el público se silencia y, antes de que la sombra que habita sobre su destino descienda de la tramoya, un reparto de espíritus blancos entre en escena con una comedia en los labios y esa bendita inocencia de quien, creyendo que el tercer acto es el último, nos viene a narrar un cuento de Navidad sin saber que, al pasar la última página, la tinta de su aliento lo arrastrará lenta e inexorablemente al corazón de las tinieblas.
Julián Carax, El prisionero del cielo. (Editions de la Lumière, París, 1992).
Quiero ser el vaho que se escapa de tu boca en cada una de tus palabras. La brisa que se cuela bajo tu ropa y acaricia tu piel. El rojizo atardecer en contraste con el verde de tus ojos. La nube que se derrama en lluvia sobre ti en los días de invierno. El sol de tus noches más frías. El frío cristal empañado sobre el que dibujas corazones. Las lágrimas que habitan en tus ojos, se deslizan por tu rostro y mueren en tus labios.
Quiero ser la melodía de tu risa. La banda sonora de tus días más alegres. La canción que tarareas antes de caer dormido. El himno de tu valor. Y tu escondite cuando huyes. El mar que hunde tu navío. La madera a la que te abrazas. La isla desierta que te salva la vida.
Quiero ser la causante de tus temblores. Y los escalofríos que suben por tu espalda.
Quiero ser tu sombra. Tu calor. Tus latidos. Tu rebeldía. Tus sentidos. Tu piel. Tus manos. Tu boca. Tu saliva. Tus arrebatos. Tu risa. Tus segundos. Tu deseo febril. Tu placer. Tus pulsaciones. Tus gemidos. Tu orgasmo. Tus caricias. Tus párpados. Tu sueño.
Quiero ser la tenue luz que cubre tu silueta desnuda en las noches de luna llena.
Los días de viento me hacen recordar que todavía vivimos en la realidad. Que tus secretos han cambiado de dueña. Que ahora soy yo la que teme encontrarse contigo. Esos días me quedo en casa, bajo las mantas, arropada por un calor que no consigue calmar mis temblores. El corazón late despacio y duele. Los sentimientos se congelan, se caen, se rompen.
Perdona si mis sueños nunca estuvieron muy cuerdos. Ya han empezado con el tratamiento. El doctor me ha dicho que con un par de sesiones se tranquilizarán. Aunque siempre puedo acudir a la lobotomía y borrarlos para siempre. Uy, qué brutalidad.
Nunca te pedí permiso. Y en el momento en que dijiste no, me fui. Para siempre. Para siempre es lo que decías después de ocho letras. Ahora pienso que nunca lo creíste de verdad. Y no te culpo. Ese nosotros era tan invisible, tan intangible, tan efímero.
El viento me trae el recuerdo de tus promesas rotas. Las arroja hacia mí, me golpea con ellas. Y masacrada por el bombardeo, me arrastro hacia un rincón. El rincón del castigo. Por recordarte. Por dolerme. Pero, me evaporo y escapo de la jaula en la que me encierra mi propia mente. Y siempre le acabo echando la culpa a los días de viento.
¿Puedes decirme si el viento se llevó mis palabras aquella noche? ¿Puedes decirme si también te arrebató mis cartas de las manos y las arrojó al mar? ¿Puedes decirme si es perfectamente normal o si ahora soy yo la lunática? Mientras, se me cae pedazos en forma de hoja, del árbol de mi alma.
Me despido de mi compañera y le deseo un buen fin de semana. Subo al autobús atropelladamente, sin mirar por dónde voy. Tropiezo y casi caigo de bruces. Sonrío al conductor y le enseño el carnet. Ni me mira. Continúo por el pasillo. Se me engancha la cartera con los reposabrazos. Maldita bandolera, ¿en qué momento tuve la brillante idea de comprar una? La sostengo como puedo y busco un asiento libre, cerca de la puerta central. No sé qué fiesta es hoy, pero hay poca gente. Me siento y dejo la puta mochila en el asiento de al lado. There's plenty of space, así que no creo que a nadie le importe caminar hacia el siguiente asiento.
Busco los cascos y los enchufo en mis oídos. Echo el respaldo hacia atrás. Cierro los ojos. Respiro hondo. Y, por un segundo, se me agolpan océanos en los ojos. Los retengo. En un momento de locura, imagino qué pensaría la gente si saliera corriendo por el pasillo. Gritando como una lunática. Como lo que soy, en realidad. Es complicado.
Miro por la ventana. Dejamos atrás la ciudad, rápido. La noche se abalanza a gran velocidad sobre los árboles que adornan los laterales de la carretera. El caos inunda mi mente. No debería estar aquí. Hace frío. Tengo miles de cosas que hacer. Necesito un respiro. ¿Qué he hecho esta semana con mi vida? ¿En qué universo paralelo he estado? ¿Dónde he...? Put your hands in the air, and wave them like you give a fuck. Perdón, ¿por dónde iba? Ah, sí, no, bueno, no sé. Da igual. Bah. ¿Sabes lo que daría ahora mismo por...? Imagen. Dolor.
Ojalá pudiera guardar en una bolsita cada una de tus sonrisas. Sería de terciopelo o algún otro tipo de material suave, para que no se desgastaran con el roce. En estos momentos, cuando siento que nada puede hacer que todo vaya mejor, la abriría y sacaría una. Y me la comería. Oh, no sé si eso suena un poco raro. Me río. Qué absurdo.
Cierro los ojos. Hace frío. Caigo dormida. Quizás sólo ha sido el delirio anterior al sueño. La música sigue sonando, aunque no le presto atención. Es la banda sonora de la locura. Siempre me acompaña. Despierto. Abro los ojos. ¿Dónde estoy? Me asomo al cristal. Cientos de puntitos naranjas irrumpen en la oscuridad a lo lejos. No sé durante cuanto tiempo los observo. Parpadeo. Me escuecen los ojos. Y mientras nos acercamos al destino, comienza la canción perfecta. La canto interiormente, pues no creo que ahora me saliera la voz.
So, so you think you can tell heaven from hell, blue skies from pain...
Dioooooooooooooooooos. Me comporto como una autómata y no siento. No siento, ni padezco. Ni penas, ni alegrías. Día tras día el cielo se oscurece alrededor. Pero, ¿qué más da? Nadie lo nota. Cuando llegue la oscuridad total, espero que sepas cómo encender la luz. Hace mucho tiempo que perdí el sentido de la orientación y ya no recuerdo dónde estaba el interruptor. O quizás lo que he perdido sea poco a poco la memoria. El día en que no me acuerde de ti, ¿qué harás? ¿Qué haremos?
Did they get you to trade your heroes for ghosts?
No sé nada de fantasmas. Ni de héroes.
El autobús para. ¿Ya hemos llegado? Me levanto a toda prisa. Cojo la bandolera y me la cuelgo al hombro. Me tira del pelo. Lo aparto. Bajo los escalones. Salgo al exterior. Hace más frío todavía. Camino rápido hacia casa. No he dado ni diez pasos cuando empieza a chispear. Cuatro más y comienza el chaparrón. Paro. Levanto las manos, con la palma hacia arriba. Alzo la cara y dejo que la lluvia me empape la cara. Cierro los ojos y sonrío. Dejo que mis océanos se confundan con las gotas. Me deshago de la sensación de opresión. Soy libre.
Llego a casa calada. No importa. ¿Hola? No hay nadie. Dejo la mochila sobre la silla del escritorio y veo el post-it de mi madre. No volverán hasta más tarde. Mejor. Me dejo caer sobre la cama. La lluvia me cae todavía en finos hilos sobre el alma, y moja las sábanas. La tranquilidad me absorbe. Y en un último pensamiento, no del todo coherente quizás, me digo que...
How I wish you were here.
Y, de repente, ya no hace frío.
lunes, 17 de octubre de 2011
No sabíamos que el amor es como la poesía, y que todos los amantes, incluidos los más mediocres, se imaginan ser los primeros.
Siete de la mañana. Situación: punto desconocido en medio del océano, me encuentro perdido. El sol acaba de salir por decir algo, hoy el día ha amanecido cerrado en una espesa niebla, debido a la cual no veo tierra.
Salgo a cubierta, respiro una bocanada del gélido aire…pienso en ti, hablo solo, sólo tú recorres mi mente en este momento.
Creo que ha sido esta situación quien me ha recordado tu existencia, y es que, la brisa trae un olor tan agradable como tu perfume, esa misma brisa cuyo sonido acaba de recordarme la maravillosa sensación de ser despertado por la suavidad de tu respiración cuando dormíamos juntos.
¿Aunque sabes qué? Creo que tú te pareces más a mi barco, efectivamente, al igual que él eres mi único apoyo desde hace mucho tiempo y a la vez te encuentras firmemente anclada en mi corazón. Como ya he dicho todo lo que no seas tú ha desaparecido de mi mente tal y como la tierra desapareció tras esa espesa niebla.
No sé hace cuantos días que partí de puerto, pero cada día te necesito más, eres como mi balsa, eres mi salvavidas.
Han pasado treinta minutos, va siendo hora de continuar nuestro viaje. El mar zarandea con fuerza el casco de mi pequeño gran barco, tal y como la vida nos empuja a ambos irremediablemente hacia nuestro destino. No pasa nada, mientras mi barco flote, ambos seguiremos disfrutando de surcar cada una de las olas que vengan, sea cual sea nuestro destino.
Recuerda que tú eres el barco que me mantiene a flote en la tempestad de mi vida.