No tengo miedo. No tengo miedo de nada. Cuanto más sufro, más amo. El peligro solo aumentará mi amor, lo agudizará, lo condimentará. Seré el único ángel que necesitas. Dejarás ésta vida aún más bella que como entraste en ella. El cielo te tomará de vuelta, te mirará y dirá: solo una cosa puede completar un alma y esa cosa es el amor.
El lector, de Stephen Daldry, basada en la novela de Bernhard Schlink.
domingo, 11 de marzo de 2012
jueves, 8 de marzo de 2012
Sus preguntas absurdas.
La claridad perezosa de la madrugada se asomó con cuidado a través de las cortinas y me despertó suavemente con caricias en los párpados. Giré la cabeza y la encontré a mi lado, quieta. Miraba al techo con la respiración contenida.
-¿Sueñas despierta? -le pregunté.
Dirigió su rostro hacia mí, rápida, y me observó durante unos segundos con los ojos muy abiertos. Luego, volvió a la posición inicial y cerró los ojos. Noté cómo el aire llenaba sus pulmones lentamente, y suspiró. Me habría gustado estar dentro de su cabeza, nadar con ella en la tormenta de sus pensamientos. Acerqué despacio mi mano a la suya y la apreté débilmente. Estaba fría, fría como el interior de una catedral antigua. Esperé un momento, regulando la temperatura de nuestra piel.
-No tengo frío -dijo, haciendo caso omiso a mi pregunta.
Levanté una ceja y paseé mi mirada por su cuerpo desnudo. Deslicé mis dedos por su vientre, por su pecho, por su cuello, casi sin rozarla. Y aún así, pude notar cómo su piel ardía. Me sentí extraño, como si durante las horas que había dormido nuestras vidas se hubieran separado y la hubiera perdido por completo. Llegué a sus labios y los recorrí mientras un escalofrío me envolvía. El silencio parecía gravitar sobre nuestras almas, asesinando nuestras palabras. Me temblaron las manos unos segundos. Y ella lo notó.
-A veces me pregunto si lo que vivimos no será un sueño. Y me da miedo dormirme un día a tu lado y despertar en otra vida, en otro mundo, sin tus preguntas absurdas.
-Te perseguiría hasta en esa otra vida con mis estupideces, lo sabes.
-Pero, ¿y si no te acordaras? ¿Y si ni yo misma me acordara? ¿Y si llegáramos a ser felices en ese otro mundo sin saber de nuestra mutua existencia?
Callé. Seguí acariciando sus pómulos, bajé por la barbilla de nuevo a su cuello, a su pecho, a su vientre, y me mantuve allí, me deslicé cerca de su ombligo, de los huesos firmes de su cadera. La idea de no acordarme jamás de ella me provocaba un miedo terrible en forma de arcadas. Pero si no la recordara, esa sensación desaparecería con su imagen. ¿Qué es de la vida sin los recuerdos? ¿Qué somos nosotros mismos sin recuerdos? Intenté decir algo, pero el sonido murió antes de llegar a mis labios. Ella lo hizo por mí.
-¿Sabes? Creo que hasta en otra vida habría algo, un presentimiento, una sombra, un hueco en mi alma marcado por tu recuerdo inexistente pero real. Y quizás eso me llevaría, sin pretenderlo, hasta ti.
-¿Y si yo fuera feliz? -dije entrecortadamente-. ¿Qué harías?
Silencio de nuevo. Pasaron unos minutos eternos. Y cuando creí que ya no respondería, lo hizo.
-Al principio me consumiría la rabia y el dolor, como a todo ser humano. ¿Para qué negarlo? Pero si de verdad fueras feliz sin mí, o por lo menos sin mí como lo que soy ahora, no cometería la estupidez de estropear tu vida con mis sombras de recuerdos. Me mantendría cerca tuya, cuidando de ti sin que lo supieras. Intentaría ser feliz sólo porque tú lo eres. Y si no lo consiguiera, si el dolor de no tenerte a mi lado fuera demasiado fuerte y me consumiera, me alejaría. Me alejaría todo lo que pudiera y nunca, nunca, dejaría que supieras nada.
Abrió los ojos y me miró. Me hundí un momento en el azabache de sus iris. Y cuando notó que ya había vuelto al mundo real, sonrió con malicia.
-Pero ambos sabemos que no podrías vivir sin mí.
Sonreí y, desprevenido, sujeté sus caderas a duras penas cuando de un sólo movimiento me aprisionó bajo su cuerpo. Eran sus cambios imprevisibles de mujer salvaje. Todos mis sentidos se volcaron en su piel.
Más tarde, cuando la luz del sol ya cubría la habitación entera sin timidez, observé su cuerpo tranquilo mientras dormía de lado. La cara relajada contra la almohada, frente a mí, y los labios todavía entreabiertos por el sabor del último beso. Me levanté con cuidado de no despertarla y escribí una nota.
Tranquila, todavía me acuerdo de ti.
La doblé y la puse en su mano, fría a pesar de todo. Separé un mechón que caía sobre su mejilla.
-A mí me da miedo que sea en esta vida donde nos olvidemos el uno del otro -susurré-. Por eso, sigue soñando, ya sea despierta o dormida.
-¿Sueñas despierta? -le pregunté.
Dirigió su rostro hacia mí, rápida, y me observó durante unos segundos con los ojos muy abiertos. Luego, volvió a la posición inicial y cerró los ojos. Noté cómo el aire llenaba sus pulmones lentamente, y suspiró. Me habría gustado estar dentro de su cabeza, nadar con ella en la tormenta de sus pensamientos. Acerqué despacio mi mano a la suya y la apreté débilmente. Estaba fría, fría como el interior de una catedral antigua. Esperé un momento, regulando la temperatura de nuestra piel.
-No tengo frío -dijo, haciendo caso omiso a mi pregunta.
Levanté una ceja y paseé mi mirada por su cuerpo desnudo. Deslicé mis dedos por su vientre, por su pecho, por su cuello, casi sin rozarla. Y aún así, pude notar cómo su piel ardía. Me sentí extraño, como si durante las horas que había dormido nuestras vidas se hubieran separado y la hubiera perdido por completo. Llegué a sus labios y los recorrí mientras un escalofrío me envolvía. El silencio parecía gravitar sobre nuestras almas, asesinando nuestras palabras. Me temblaron las manos unos segundos. Y ella lo notó.
-A veces me pregunto si lo que vivimos no será un sueño. Y me da miedo dormirme un día a tu lado y despertar en otra vida, en otro mundo, sin tus preguntas absurdas.
-Te perseguiría hasta en esa otra vida con mis estupideces, lo sabes.
-Pero, ¿y si no te acordaras? ¿Y si ni yo misma me acordara? ¿Y si llegáramos a ser felices en ese otro mundo sin saber de nuestra mutua existencia?
Callé. Seguí acariciando sus pómulos, bajé por la barbilla de nuevo a su cuello, a su pecho, a su vientre, y me mantuve allí, me deslicé cerca de su ombligo, de los huesos firmes de su cadera. La idea de no acordarme jamás de ella me provocaba un miedo terrible en forma de arcadas. Pero si no la recordara, esa sensación desaparecería con su imagen. ¿Qué es de la vida sin los recuerdos? ¿Qué somos nosotros mismos sin recuerdos? Intenté decir algo, pero el sonido murió antes de llegar a mis labios. Ella lo hizo por mí.
-¿Sabes? Creo que hasta en otra vida habría algo, un presentimiento, una sombra, un hueco en mi alma marcado por tu recuerdo inexistente pero real. Y quizás eso me llevaría, sin pretenderlo, hasta ti.
-¿Y si yo fuera feliz? -dije entrecortadamente-. ¿Qué harías?
Silencio de nuevo. Pasaron unos minutos eternos. Y cuando creí que ya no respondería, lo hizo.
-Al principio me consumiría la rabia y el dolor, como a todo ser humano. ¿Para qué negarlo? Pero si de verdad fueras feliz sin mí, o por lo menos sin mí como lo que soy ahora, no cometería la estupidez de estropear tu vida con mis sombras de recuerdos. Me mantendría cerca tuya, cuidando de ti sin que lo supieras. Intentaría ser feliz sólo porque tú lo eres. Y si no lo consiguiera, si el dolor de no tenerte a mi lado fuera demasiado fuerte y me consumiera, me alejaría. Me alejaría todo lo que pudiera y nunca, nunca, dejaría que supieras nada.
Abrió los ojos y me miró. Me hundí un momento en el azabache de sus iris. Y cuando notó que ya había vuelto al mundo real, sonrió con malicia.
-Pero ambos sabemos que no podrías vivir sin mí.
Sonreí y, desprevenido, sujeté sus caderas a duras penas cuando de un sólo movimiento me aprisionó bajo su cuerpo. Eran sus cambios imprevisibles de mujer salvaje. Todos mis sentidos se volcaron en su piel.
Más tarde, cuando la luz del sol ya cubría la habitación entera sin timidez, observé su cuerpo tranquilo mientras dormía de lado. La cara relajada contra la almohada, frente a mí, y los labios todavía entreabiertos por el sabor del último beso. Me levanté con cuidado de no despertarla y escribí una nota.
Tranquila, todavía me acuerdo de ti.
La doblé y la puse en su mano, fría a pesar de todo. Separé un mechón que caía sobre su mejilla.
-A mí me da miedo que sea en esta vida donde nos olvidemos el uno del otro -susurré-. Por eso, sigue soñando, ya sea despierta o dormida.
lunes, 5 de marzo de 2012
Ven a por mí.
El ritmo acompasado de aquella canción.
Su mirada traviesa desde la lejanía.
La melena desafiando a la gravedad.
Las luces que juegan con su figura en la oscuridad.
Sus labios entregados a una media sonrisa.
Y sus caderas, sus caderas lentas y sus curvas de visibilidad reducida.
Sólo esperarla, sólo decirle: Ven a por mí.
Su mirada traviesa desde la lejanía.
La melena desafiando a la gravedad.
Las luces que juegan con su figura en la oscuridad.
Sus labios entregados a una media sonrisa.
Y sus caderas, sus caderas lentas y sus curvas de visibilidad reducida.
Sólo esperarla, sólo decirle: Ven a por mí.
sábado, 3 de marzo de 2012
El Coronel Chabert.
-¡Señor! -dijo la Condesa al Coronel con un sonido de voz que revelaba una de esas emociones excepcionales en la vida y durante las cuales todo en nosotros se agita.
En estos momentos, corazón, fibras, nervios, fisonomía, alma y cuerpo, todo, hasta los poros, se estremecen. La vida parece no ser ya nuestra; se sale de nuestro ser, se comunica como un contagio y se transmite con la mirada, con el acento de la voz, con el gesto, imponiendo nuestra voluntad a los demás. El veterano se estremeció al oír aquella primera palabra, aquel primer, aquel terrible <<¡Señor!>>. Pero es que también dicha palabra encerraba un reproche, un ruego, un perdón, una esperanza, una desesperación, una interrogación, una respuesta. Aquella palabra lo incluía todo. Era preciso ser muy buena actriz para comunicar tanta elocuencia y tanto sentimiento a un solo vocablo. Lo verdadero no es tan completo ni tan perfecto en expresión, porque no lo pone todo fuera y permite ver todo lo que existe dentro. El Coronel sintió mil remordimientos por sus sospechas, por sus exigencias y por su cólera, y bajó los ojos para no dejar adivinar su turbación.
-Señor -retomó la Condesa después de una pausa imperceptible-, le he reconocido a usted perfectamente.
-¡Rosine! -dijo el veterano-, esas palabras contienen el único bálsamo que puede hacerme olvidar todas mis desagracias.
El Coronel Chabert, Honoré de Balzac.
En estos momentos, corazón, fibras, nervios, fisonomía, alma y cuerpo, todo, hasta los poros, se estremecen. La vida parece no ser ya nuestra; se sale de nuestro ser, se comunica como un contagio y se transmite con la mirada, con el acento de la voz, con el gesto, imponiendo nuestra voluntad a los demás. El veterano se estremeció al oír aquella primera palabra, aquel primer, aquel terrible <<¡Señor!>>. Pero es que también dicha palabra encerraba un reproche, un ruego, un perdón, una esperanza, una desesperación, una interrogación, una respuesta. Aquella palabra lo incluía todo. Era preciso ser muy buena actriz para comunicar tanta elocuencia y tanto sentimiento a un solo vocablo. Lo verdadero no es tan completo ni tan perfecto en expresión, porque no lo pone todo fuera y permite ver todo lo que existe dentro. El Coronel sintió mil remordimientos por sus sospechas, por sus exigencias y por su cólera, y bajó los ojos para no dejar adivinar su turbación.
-Señor -retomó la Condesa después de una pausa imperceptible-, le he reconocido a usted perfectamente.
-¡Rosine! -dijo el veterano-, esas palabras contienen el único bálsamo que puede hacerme olvidar todas mis desagracias.
El Coronel Chabert, Honoré de Balzac.
jueves, 1 de marzo de 2012
Miss U.
Oyes desde la habitación cómo Ella murmura palabras dulces al teléfono. Te encierras en la pantalla del ordenador, pones música, intentas distraerte. Pero sigues oyéndola. Lo haces porque una parte de ti quiere saber cómo acaba esa conversación.
-Te extraño mucho...
De repente, el mundo se para. Ella sólo dice esas palabras cuando el universo se le está cayendo encima. Cuando el alma se le encoge de puro miedo. Silencio absoluto. Un suspiro.
-Cuídate mucho, mi vida. Un beso... Yo también.
Oyes el pitido del teléfono, el roce de las sábanas, cómo apaga la luz. Y luego ese sonido estridente en tus oídos. Algo te aprieta el corazón. No respiras. Te levantas con cuidado y cierras la puerta de la habitación intentando hacer el menor ruido posible. Sigues oyendo cómo el océano estalla en sus ojos. Subes el volumen de la música. Más. Mucho más.
Y te quedas dormido con los oídos doloridos, pensando que mañana, quizás, será un buen día.
-Te extraño mucho...
De repente, el mundo se para. Ella sólo dice esas palabras cuando el universo se le está cayendo encima. Cuando el alma se le encoge de puro miedo. Silencio absoluto. Un suspiro.
-Cuídate mucho, mi vida. Un beso... Yo también.
Oyes el pitido del teléfono, el roce de las sábanas, cómo apaga la luz. Y luego ese sonido estridente en tus oídos. Algo te aprieta el corazón. No respiras. Te levantas con cuidado y cierras la puerta de la habitación intentando hacer el menor ruido posible. Sigues oyendo cómo el océano estalla en sus ojos. Subes el volumen de la música. Más. Mucho más.
Y te quedas dormido con los oídos doloridos, pensando que mañana, quizás, será un buen día.
martes, 28 de febrero de 2012
Esta vez.
Me escuecen los ojos. Será porque llevo más de 18 horas despierta. Será porque no he parado de leer, tanto en pantallas como en papel. Será por la luz anaranjada de la lámpara. Será por el frío. Será por esa leve brisa que entra por la ventana que no me atrevo a cerrar. Será porque algo siempre tiene que doler.
Y esta vez no es el corazón.
Me escuecen los ojos. Me miran fijamente tus ojos de azabache desde el recuerdo. Y grito. Y me desgarro. Y se me rompe el alma contra las paredes de mi piel, llenas de pinchos cual armario de castigo. Todo ocurre dentro. Todo siempre ocurre dentro. No me muevo, no respiro. Sólo me escuecen los ojos, y nadie lo nota.
Y esta vez volveré a mentirte.
Me escuecen los ojos. Y, quizás en un parpadeo calmado, conseguiré acallar los últimos retazos de tus miradas. O no. Serás la cicatriz de mis sonrisas. No aparezcas más de madrugada, cubierto de sombras y lamentos, pidiendo auxilio desde la ventana. Eres todo azabache y todo alma.
Y esta vez vas a volverme loca.
Y esta vez no es el corazón.
Me escuecen los ojos. Me miran fijamente tus ojos de azabache desde el recuerdo. Y grito. Y me desgarro. Y se me rompe el alma contra las paredes de mi piel, llenas de pinchos cual armario de castigo. Todo ocurre dentro. Todo siempre ocurre dentro. No me muevo, no respiro. Sólo me escuecen los ojos, y nadie lo nota.
Y esta vez volveré a mentirte.
Me escuecen los ojos. Y, quizás en un parpadeo calmado, conseguiré acallar los últimos retazos de tus miradas. O no. Serás la cicatriz de mis sonrisas. No aparezcas más de madrugada, cubierto de sombras y lamentos, pidiendo auxilio desde la ventana. Eres todo azabache y todo alma.
Y esta vez vas a volverme loca.
jueves, 23 de febrero de 2012
Cobarde.
Demasiada gente en poco espacio. Nadie reconoce un rostro. Nunca paran más de dos segundos en una mirada. Soy el único espectador que, desde el otro lado de la calle, ve en tus ojos cómo estallas por dentro. Como si una bomba hiciera explotar esa figura de hielo que guardas en el interior de tu alma, y cada pequeño cristal helado se clavara en tu piel. Alguno llega incluso a rozarme, tu dolor impregna el aire. Me gustaría recorrer a grandes zancadas los metros que nos separan, borrarte con mis manos el océano que se derrama de tus ojos, abrazarte fuerte hasta que se fundiera el hielo. Sonreírte después, y perderme entre la multitud sabiendo que he conseguido hacerte olvidar todo por unos momentos. Y, sin embargo, no hago nada de eso. Temo que ya haya empezado a fundirse ese hielo clavado en tu piel y que, al entrar en contacto con la mía, se produzca un cortocircuito. Observo cómo recoges tu valor, cómo afrontas las heridas. No has reparado en mi cobarde presencia. Caminas despacio, como si transportaras una enorme carga. Poco a poco te yergues, sueltas las correas que la atan a ti y la dejas caer. Flotas. Despliegas unas fuertes alas y echas a volar. Todo ha pasado ya. Puedes caer y levantar el vuelo. Qué maravilloso verte surcar los cielos. Y qué pena no poder seguirte. Desvío mi mirada hacia el suelo y camino despacio, perdido entre hombres sin cara. Yo mismo soy un hombre sin cara, incapaz de cruzar los metros que nos separan y volar a tu lado.
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